Viernes, 15 de mayo de 2020

Reflexión a las lecturas del domingo sexto de pascua A ofrecida por el sacerdote Don Juan Manuel Pérez Piñero bajo el epígrafe "ECOS DEL DÍA DEL SEÑOR"                        

Domingo 6º de Pascua A

 

La marcha de Jesús, como ya hemos comentado el domingo pasado, despierta en los discípulos una gran turbación. Jesús lo sabe y trata de “prepararles”, decíamos también. Lo ha hecho ya en algunas ocasiones; ahora, en la última Cena lo intensifica. Les dice: “En la Casa de mi Padre hay muchas estancias” y me voy a prepararos sitio” y también: “Volveré y os llevaré conmigo”. Y en el Evangelio de hoy les dice: “Yo le pediré al Padre que os dé otro Defensor que esté siempre con vosotros, el Espíritu de la Verdad”. ¡Qué título más hermoso! El Espíritu de la Verdad!

¡Por tanto, en la ausencia visible de Cristo, no van a quedar solos y desamparados, porque el Padre les va a enviar “otro Defensor”, que esté siempre con ellos, el Espíritu Santo. Es decir, se marcha Jesús, el Defensor por naturaleza de los suyos y viene otro Defensor, El Espíritu.

Ya sabemos que la presencia del Espíritu del Señor en la Iglesia es fundamental e imprescindible. Ya dice S. Pablo: “Nadie puede decir Jesús es Señor si no es bajo la acción del Espíritu Santo”.             (1 Co 12, 3). Por eso, Jesucristo ha querido garantizar su presencia y su acción, en cada cristiano, mediante la existencia de dos sacramentos: el Bautismo y, más especialmente, la Confirmación: “Recibe por esta señal el don del Espíritu Santo”, dice el obispo al administrar el Sacramento.

¡Qué importante es todo esto! Por eso, se observa con mucha preocupación en la Iglesia de nuestro tiempo, el desinterés que existe en gran número de cristianos por recibirlo. El no confirmado está en una situación tal, que no puede admitirse, ni siquiera, como padrino de Bautismo. “El que no tiene el Espíritu de Cristo no es de Cristo”, escribía S. Pablo. (Rom 8, 9). Y el problema se agrava muchísimo cuando observamos que nuestros adolescentes y jóvenes, y, en general, la muchedumbre de los no confirmados, no cuentan normalmente en su entorno con nadie que sea capaz de ayudarles a comprender la grandeza y la importancia del Sacramento y la obligación grave que tienen de recibirlo.

Precisamente, en la primera lectura de hoy, se nos presenta la primera Confirmación de la Historia. No puede hacerla el diácono Felipe. ¡Tiene que ser un apóstol! Por eso bajan, desde Jerusalén Pedro y Juan. Oran por ellos, les imponen las manos y reciben el Espíritu Santo. “Aún no había bajado sobre ninguno”, dice el texto. Sólo lo habían recibido, pero de forma inicial, en el Bautismo. Por tanto, se nos enseña con toda claridad, que recibir el Espíritu del Señor es confirmarse.

Ahora, cuando nos disponemos a terminar la celebración de la Pascua, con la Solemnidad de Pentecostés, es una ocasión privilegiada para repensar todas estas cosas. ¡A ello nos ayudan las lecturas de la celebración diaria de la Eucaristía de esta semana!

En resumen: “¡Me voy a prepararos sitio!” “¡Vendrá otro Defensor!” Estas dos realidades constituyen la respuesta de Jesucristo, a la tristeza y desolación de los discípulos.

Dice el Evangelio que el día de la Ascensión, volvieron a Jerusalén, no tristes, llorosos y decepcionados, sino “con gran alegría; y estaban siempre en el templo bendiciendo a Dios”.             (Lc 24, 52). ¡Es el resultado de “la gran catequesis” del Señor Jesús en la Última Cena!

¡En este contexto celebramos hoy en España, como cada año, “la Pascua del Enfermo!” Para el enfermo el Espíritu Santo es fortaleza  y consuelo; es gozo y esperanza ¡Es el  Espíritu que se infunde en la Santa Unción, “el sacramento de los enfermos”: “Por esta Santa Unción y por su bondadosa misericordia te ayude el Señor con la gracia del Espíritu Santo”, dice el sacerdote mientras unge la frente del enfermo. ¡Y cuántos se han visto confortados con este Sacramento en esta epidemia! ¡Y no hay mejor compañía para el enfermo que se siente sólo, como apunta el lema de la Campaña! Y es también el Espíritu del Señor, el Espíritu de la Verdad, el que anima y estimula los avances continuos de la medicina y de la ciencia en su lucha contra la enfermedad y la muerte! ¡Es, además, el Espíritu de la luz y de la fortaleza de los que trabajan y se esfuerzan, con el mejor ánimo, en el cuidado de los enfermos en los hospitales y en las casas! Y es, en fin, el Espíritu que hace presente a la Iglesia en los lugares donde se trabaja y se lucha intensamente por la salud integral de todos.

En este tiempo terrible de tantos contagios y tantas muertes, son muchos los cristianos, que han experimentado en su existencia la eficacia del Don del Espíritu, que el Señor Jesús nos ha dejado como el fruto mejor y mayor de su Pascua gloriosa.                                   

¡FELIZ DÍA DEL SEÑOR!                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                             


Publicado por verdenaranja @ 22:31  | Espiritualidad
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