Viernes, 29 de mayo de 2020

Refexión a las lecturas del domingo de pentecostésx  ofrecida por el sacerdote Don Juan Manuel Pérez Piñero bajo el epígrafe "ECOS DEL DÍA DEL SEÑOR"

Domingo de Pentecostés  A

 

Por fin hemos llegado a Pentecostés. De este modo, llega a su plenitud, a su punto culminante, el clima festivo y alegre que compartimos los cincuenta días de Pascua; el término pentecostés significa cincuenta; y de ahí, el nombre de la fiesta.

En medio de las circunstancias tan adversas de este año, lo hemos celebrado de la mejor manera que nos ha sido posible.

Dice el antiguo Catecismo: “¿Qué celebramos el Domingo de Pentecostés? “El Domingo de Pentecostés –dice- celebramos que Jesús ha enviado el Espíritu Santo sobre los apóstoles, y que continúa enviándolo sobre nosotros”.

¡Se trata de dos realidades distintas: la venida del Espíritu Santo sobre los apóstoles y la venida del Espíritu del Señor a cada cristiano!

Del Espíritu Santo ya decíamos algo el domingo 6º de Pascua, pero este domingo todo nos habla del Espíritu. La primera lectura nos narra el acontecimiento de Pentecostés: la casa, los discípulos, el viento recio, las lenguas de fuego, el asombro de todos, el hablar en lenguas, la explicación de  Pedro… ¡Es todo muy hermoso!

Ya Jesús les había advertido: “Recibiréis la fuerza del Espíritu Santo que vendrá sobre vosotros, y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaría y hasta el confín de la tierra”. (Hch 1, 8). Y se nos dice que el Libro de los Hechos es la narración del cumplimiento de estas palabras del Señor.

Pero los apóstoles no sólo recibieron el Espíritu Santo, sino también la misión de darlo a cada cristiano. ¡Y con cuánto interés procuraban hacerlo! (Hch 19, 1-8)

Cada uno necesita “su pentecostés”, que haga posible su existencia cristiana, en su ser y en su hacer; y nuestro pentecostés es el sacramento de la Confirmación. Los obispos, sucesores de los apóstoles, por la oración, la imposición de las manos y la unción con el santo crisma,  nos dan el Espíritu Paráclito:  Recibe, dice, por esta señal el don del Espíritu Santo”.

Y, además, para entender mejor todo esto, podríamos preguntarnos: ¿Y qué un ser humano sin espíritu? Un cadáver. Y se dice “expiró”, es decir, exhaló el espíritu. Pues eso es una persona sin Espíritu. Nos lo recuerda S. Pablo en la segunda lectura de hoy: “Nadie puede decir ni siquiera Jesús es Señor si no es bajo la acción del Espíritu Santo”.

El Evangelio nos presenta a Jesucristo transmitiendo a los discípulos el Don del Espíritu, al anochecer  del mismo día de la Resurrección. ¡Como si tuviera prisa el Señor en transmitirlo!  ¡Es el fruto más importante de la Pascua, fuente y garantía de todos los demás! ¡Y Jesucristo Resucitado se convierte así en el “Dador” del Espíritu! El Evangelio de la  Vigilia, nos dice: “Todavía  no se había dado el Espíritu, porque Jesús no había sido glorificado”.

Para eso nos hemos venido preparando estos días: para acoger una nueva efusión del Paráclito en nosotros mismos, en nuestras comunidades y en toda la Iglesia,  especialmente, renovando aquel Don del Espíritu, que recibimos  en la Confirmación.

Y todo, como decía antes, para ser, en todas partes, testigos y mensajeros de Cristo Resucitado. Por eso, nos viene bien celebrar hoy la Jornada de la Acción Católica y del Apostolado Seglar, adaptándonos a la situación en que nos encontramos.

Estos días son muy apropiados para hablar de estas cosas a algunos/as que no se han confirmado, invitándoles, por ejemplo, a alguna Celebración y animándoles a hacer todo los esfuerzos de preparación para recibir a Aquel que Jesucristo nos prometió y nos envió para que estuviera siempre con nosotros, siendo nuestra defensa, nuestro consuelo, un principio fundamental de vida, de alegría  y de entusiasmo para nosotros.    

                                                                                                                                                                                                                                                                    ¡FELIZ DÍA DEL SEÑOR!                      


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DOMINGO DE PENTECOSTÉS   

MONICIONES

 

 

PRIMERA LECTURA

            Escuchemos ahora, con espíritu de fe y devoción, la narración de la Venida del Espíritu Santo, y el impacto que produce en Jerusalén.           

SALMO

            Uniéndonos a las palabras del salmo, pidamos al Señor que envíe sobre nosotros, sobre la Iglesia y sobre el mundo, el Espíritu Santo Defensor. ¡Todos sabemos bien cuánto le necesitamos! 

SEGUNDA LECTURA

            La segunda lectura nos presenta unas enseñanzas de S. Pablo sobre la acción del Espíritu del Señor en nosotros y en la Iglesia. Ésta tiene “variedad de ministerios, pero unidad de misión”: Anunciar la Buena Noticia del Evangelio a todos los pueblos de la tierra. 

SECUENCIA

            Leemos hoy, antes de escuchar el Evangelio, una antigua plegaria al Espíritu Santo, la Secuencia. Unámonos a ella de todo corazón, pidiéndole que venga a nosotros, nos renueve y nos acompañe. 

EVANGELIO

            En el Evangelio se nos presenta la primera aparición de Jesucristo a los discípulos, al atardecer  del mismo día de la Resurrección y cómo les da el Espíritu Santo, que es el fruto y el don más excelente de la Pascua.

            Aclamemos a Dios, nuestro Padre, que nos da su Espíritu Santo. 

COMUNION

            "Nadie puede decir Jesús es Señor si no es bajo la acción del Espíritu Santo", hemos escuchado en la segunda lectura. Realmente, sin Él no podemos ser ni hacer nada. Pidamos a Jesucristo que renueve en nuestro interior el don de su Espíritu, que recibimos, especialmente, el día de nuestra Confirmación, para que sostenga y acreciente nuestra fe en su presencia en la Eucaristía, nos impulse a recibirle con frecuencia y debidamente preparados, en la Comunión, y a dar el fruto que exige la recepción de este Sacramento.


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S?bado, 23 de mayo de 2020

Reflexión a las lecturas del domingo de la Ascensión del Señor A ofrecida por el sacerdote Don Juan Manuel Pérez Piñero bajo el epígrafe "ECOS DEL DÍA DEL SEÑOR"

La Ascensión del Señor

 

        ¡Volver a casa, llegar a casa! ¡Cuánto se desea, cuánto nos conforta,  cuánto nos alegra! Y decimos: ¡Por fin, en casa!

    He ahí la primera realidad que contemplamos al celebrar este domingo, trasladada del jueves, la Solemnidad de la Ascensión del Señor: El Hijo de Dios “que por nosotros los hombres y por nuestra salvación bajó del Cielo”, vuelve a su Casa, a la Casa del Padre, con un cuerpo semejante al nuestro, pero resucitado y glorioso. Y se sienta a la derecha de Dios Padre, es decir, en igualdad de grandeza y dignidad que el Padre. Ha terminado su tarea, ha cumplido perfectamente su misión, y ahora vuelve al Cielo como Vencedor sobre el pecado, el mal y la muerte. ¡Cuánto nos enseña todo esto!

        La Ascensión es el punto culminante de la victoria y exaltación de Cristo, que ha abierto de par en par las puertas del Cielo a todos los hombres. Y aguardamos y anhelamos su Vuelta gloriosa, como les advierten a los discípulos, aquellos dos hombres vestidos de blanco (1ª lect.).

        La Ascensión de Jesucristo marca así el comienzo de su ausencia visible y de su presencia invisible. Por eso puede tener un cierto matiz de pena y de tristeza, como decimos, por ejemplo, en el himno de Vísperas: “¿Y dejas, Pastor santo, tu grey en este valle hondo, oscuro, en soledad y llanto; y tú, rompiendo el puro aire, te vas al inmortal seguro?”.

        Es éste sólo un aspecto de esta Solemnidad que se celebra más bien, en un clima de alegría, como contemplamos en los discípulos al volver a Jerusalén “con gran alegría”.           (Lc 24,52). Y pocas oraciones, a lo largo del Año Litúrgico, tienen un carácter tan alegre y festivo como la oración colecta de la Misa de hoy: “Dios todopoderoso, concédenos exultar santamente de gozo y alegrarnos con religiosa acción de gracias, porque la Ascensión de Jesucristo, tu Hijo, es ya nuestra victoria…”. ¡Porque somos miembros de su Cuerpo! Por eso escribe San Pablo: “Dios, rico en misericordia, por el gran amor con que nos amó, estando nosotros muertos por los pecados, nos ha hecho vivir con Cristo –por pura gracia estáis salvados- nos ha resucitado con Cristo Jesús y nos ha sentado en el Cielo con Él”. (Ef 2, 4-6). 

          Por lo tanto, nuestro destino celestial no es algo que pertenece sólo al futuro, sino que, de algún modo, ha comenzado ya con Jesucristo y con los santos, especialmente, con la Virgen María, que está en el Cielo con su cuerpo ya glorificado. De esta manera, como dice el Vaticano II, la Iglesia “contempla en ella con gozo, como en una imagen purísima, aquello que ella misma, toda entera, ansía y espera ser” (S. C. 103).

          ¡Qué grande y qué hermoso es el destino que nos espera: el Cielo, la Casa del Padre, que es como el hogar de una familia muy numerosa y feliz, liberada por fin del sufrimiento y de la muerte, y colmada de paz  y alegría para siempre! Sólo el pecado grave, que rompe nuestra comunión con Cristo, puede torcer y hacer desgraciado nuestro futuro.

        Por todo ello, los cristianos no podemos vivir olvidados del Cielo. Sería absurdo. ¿Cómo vamos a olvidarnos de nuestra casa, cuando vamos de camino hacia ella?

          Y en el Evangelio de este día se subraya la Misión, el último encargo del Señor, y, por tanto, el más importante: “Id y haced discípulos de todos los pueblos bautizándoles y enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado”.

          Y aquí está la clave de nuestro ser o no ser cristianos de verdad. Es lamentable que muchos cristianos se hayan acostumbrado a pensar que se puede seguir a Jesucristo sin comprometerse en la Misión Apostólica. Ya dice el Vaticano II que son inútiles para la Iglesia y para sí mismos. (Ap. Act. 2).  Y el compromiso apostólico es la señal más patente del ejercicio del Mandamiento Nuevo, que es Señor nos encomendó en la última Cena. (Ap. Act. 3).

          Y para ello, nos ha enviado su Espíritu como la mejor garantía de que todo esto es posible. Es la Solemnidad que celebraremos,  llenos de alegría, el próximo domingo,  y con la que concluye el Tiempo Pascual.                                                       


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SOLEMNIDAD DE LA ASCENSIÓN

 MONICIONES 

 

 

PRIMERA LECTURA

            La Ascensión del Señor y la venida del Espíritu Santo constituyen el comienzo de la misión, que se confía a los apóstoles y a todos los cristianos. Es también el comienzo de una esperanza: "El Señor volverá".

            Escuchemos con atención. 

 

SEGUNDA LECTURA

            He aquí, en la segunda lectura,  una oración de San Pablo. El apóstol pide que tengamos una comprensión de la grandeza maravillosa, que nos espera en el Cielo. 

 

EVANGELIO

            Jesús, antes de subir al Cielo, envía solemnemente a los apóstoles a anunciar el Evangelio por toda la tierra, y les asegura su presencia y su ayuda constante. 

 

COMUNIÓN

            En la Comunión recibimos al mismo Cristo, que está en el Cielo, a la derecha del Padre. Por eso la Eucaristía es como un Cielo anticipado. En ella “pregustamos y tomamos parte” de los bienes de arriba, de nuestra Patria definitiva, y recibimos el alimento y la fuerza que necesitamos para no desfallecer por el camino. 


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Viernes, 15 de mayo de 2020

Reflexión a las lecturas del domingo sexto de pascua A ofrecida por el sacerdote Don Juan Manuel Pérez Piñero bajo el epígrafe "ECOS DEL DÍA DEL SEÑOR"                        

Domingo 6º de Pascua A

 

La marcha de Jesús, como ya hemos comentado el domingo pasado, despierta en los discípulos una gran turbación. Jesús lo sabe y trata de “prepararles”, decíamos también. Lo ha hecho ya en algunas ocasiones; ahora, en la última Cena lo intensifica. Les dice: “En la Casa de mi Padre hay muchas estancias” y me voy a prepararos sitio” y también: “Volveré y os llevaré conmigo”. Y en el Evangelio de hoy les dice: “Yo le pediré al Padre que os dé otro Defensor que esté siempre con vosotros, el Espíritu de la Verdad”. ¡Qué título más hermoso! El Espíritu de la Verdad!

¡Por tanto, en la ausencia visible de Cristo, no van a quedar solos y desamparados, porque el Padre les va a enviar “otro Defensor”, que esté siempre con ellos, el Espíritu Santo. Es decir, se marcha Jesús, el Defensor por naturaleza de los suyos y viene otro Defensor, El Espíritu.

Ya sabemos que la presencia del Espíritu del Señor en la Iglesia es fundamental e imprescindible. Ya dice S. Pablo: “Nadie puede decir Jesús es Señor si no es bajo la acción del Espíritu Santo”.             (1 Co 12, 3). Por eso, Jesucristo ha querido garantizar su presencia y su acción, en cada cristiano, mediante la existencia de dos sacramentos: el Bautismo y, más especialmente, la Confirmación: “Recibe por esta señal el don del Espíritu Santo”, dice el obispo al administrar el Sacramento.

¡Qué importante es todo esto! Por eso, se observa con mucha preocupación en la Iglesia de nuestro tiempo, el desinterés que existe en gran número de cristianos por recibirlo. El no confirmado está en una situación tal, que no puede admitirse, ni siquiera, como padrino de Bautismo. “El que no tiene el Espíritu de Cristo no es de Cristo”, escribía S. Pablo. (Rom 8, 9). Y el problema se agrava muchísimo cuando observamos que nuestros adolescentes y jóvenes, y, en general, la muchedumbre de los no confirmados, no cuentan normalmente en su entorno con nadie que sea capaz de ayudarles a comprender la grandeza y la importancia del Sacramento y la obligación grave que tienen de recibirlo.

Precisamente, en la primera lectura de hoy, se nos presenta la primera Confirmación de la Historia. No puede hacerla el diácono Felipe. ¡Tiene que ser un apóstol! Por eso bajan, desde Jerusalén Pedro y Juan. Oran por ellos, les imponen las manos y reciben el Espíritu Santo. “Aún no había bajado sobre ninguno”, dice el texto. Sólo lo habían recibido, pero de forma inicial, en el Bautismo. Por tanto, se nos enseña con toda claridad, que recibir el Espíritu del Señor es confirmarse.

Ahora, cuando nos disponemos a terminar la celebración de la Pascua, con la Solemnidad de Pentecostés, es una ocasión privilegiada para repensar todas estas cosas. ¡A ello nos ayudan las lecturas de la celebración diaria de la Eucaristía de esta semana!

En resumen: “¡Me voy a prepararos sitio!” “¡Vendrá otro Defensor!” Estas dos realidades constituyen la respuesta de Jesucristo, a la tristeza y desolación de los discípulos.

Dice el Evangelio que el día de la Ascensión, volvieron a Jerusalén, no tristes, llorosos y decepcionados, sino “con gran alegría; y estaban siempre en el templo bendiciendo a Dios”.             (Lc 24, 52). ¡Es el resultado de “la gran catequesis” del Señor Jesús en la Última Cena!

¡En este contexto celebramos hoy en España, como cada año, “la Pascua del Enfermo!” Para el enfermo el Espíritu Santo es fortaleza  y consuelo; es gozo y esperanza ¡Es el  Espíritu que se infunde en la Santa Unción, “el sacramento de los enfermos”: “Por esta Santa Unción y por su bondadosa misericordia te ayude el Señor con la gracia del Espíritu Santo”, dice el sacerdote mientras unge la frente del enfermo. ¡Y cuántos se han visto confortados con este Sacramento en esta epidemia! ¡Y no hay mejor compañía para el enfermo que se siente sólo, como apunta el lema de la Campaña! Y es también el Espíritu del Señor, el Espíritu de la Verdad, el que anima y estimula los avances continuos de la medicina y de la ciencia en su lucha contra la enfermedad y la muerte! ¡Es, además, el Espíritu de la luz y de la fortaleza de los que trabajan y se esfuerzan, con el mejor ánimo, en el cuidado de los enfermos en los hospitales y en las casas! Y es, en fin, el Espíritu que hace presente a la Iglesia en los lugares donde se trabaja y se lucha intensamente por la salud integral de todos.

En este tiempo terrible de tantos contagios y tantas muertes, son muchos los cristianos, que han experimentado en su existencia la eficacia del Don del Espíritu, que el Señor Jesús nos ha dejado como el fruto mejor y mayor de su Pascua gloriosa.                                   

¡FELIZ DÍA DEL SEÑOR!                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                             


Publicado por verdenaranja @ 22:31  | Espiritualidad
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DOMINGO VI DE PASCUA A 

 MONICIONES 

 

 

PRIMERA LECTURA

        Hoy, dentro del Tiempo de Pascua, es el Domingo de la expansión misionera de la Iglesia. En la primera lectura contemplamos cómo el diácono Felipe anuncia a Cristo a los samaritanos, y los apóstoles Pedro y Juan les dan el Espíritu Santo. Es la primera Celebración de la Confirmación que conocemos. Escuchemos.

 

SALMO RESPONSORIAL

        Como respuesta a la Palabra de Dios, que hemos escuchado, proclamamos, en el salmo  responsorial,  nuestro deseo de que toda la tierra, llena del Espíritu Santo, proclame las maravillas del Señor

 

SEGUNDA LECTURA

        S. Pedro se dirige a unos cristianos que sufren persecución, y les recuerda la muerte de Cristo y su resurrección por el poder del Espíritu Santo. Al mismo tiempo, les anima a dar razón de su esperanza.

 

EVANGELIO

        Jesús continúa confortando a los discípulos en la Última Cena. Este domingo escuchamos cómo dice a los discípulos que, en su ausencia visible, van a contar con la  presencia y la ayuda del Espíritu Santo. Él será su Defensor y estará siempre con ellos.

        Acojamos al Señor con la aclamación pascual del aleluya.

 

COMUNIÓN

        El Espíritu Santo es el que hace posible que descubramos la presencia de Jesucristo en la Eucaristía. "Nadie puede decir Jesús es Señor si no es bajo la acción del Espíritu Santo", nos enseña San Pablo.

        En esta Jornada de la Pascua del Enfermo, pidámosle que la gracia incomparable de la Comunión nos ayude a descubrir la presencia y la necesidad del Espíritu Santo en nuestra vida, especialmente, en los momentos de enfermedad o de dificultad.


Publicado por verdenaranja @ 22:27  | Liturgia
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Viernes, 01 de mayo de 2020

Reflexión a las lecturas del domingp cuarto de Pascau A ofrecida  por el sacerdote Don Juan Manuel Pérez Piñero bajo el epígrafe "ECOS DEL DIA DEL SEÑOR"                 

Domingo IV de Pascua A

 

“¡Ha resucitado el buen Pastor, que dio su vida por sus ovejas y se dignó morir por su rebaño! Aleluya”.

Esta es la exclamación que surge hoy de los labios y del corazón de toda la Iglesia, exultante de gozo, al llegar al Domingo del Buen Pastor.

Una de las imágenes más atrayentes de Jesucristo es ésta, que nos lo presenta como el Buen Pastor de su pueblo. Todos sabemos qué es un pastor y lo que hace un pastor: cuida de las ovejas; de todas y de cada una; las alimenta, las guía, las cura y las guarda en el aprisco. ¡De igual modo, cuida el Señor Resucitado de cada uno de nosotros! ¡Cuántas reflexiones podríamos hacer sobre todo ello!

El Evangelio de hoy nos dice que “las ovejas atienden a su voz, y Él va llamando por su nombre a sus ovejas y las saca fuera. Cuando las ha sacado todas, camina delante de ellas, y las ovejas lo siguen, porque conocen su voz”.

De esta forma, el Señor Jesús se asemeja al Padre, que, en el Antiguo Testamento, se presenta como el Pastor de su pueblo Israel.

En el salmo proclamamos, llenos de confianza y de alegría: “El Señor es mi Pastor, nada me falta; y en este tiempo de pandemia, podemos subrayar estas palabras del salmo: “Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo porque tú vas conmigo”. ¡Dichosos nosotros que tenemos un Pastor así!

Este domingo Jesús se presenta también como “la Puerta” del redil de las ovejas. Y dice: "Quien entre por mí  se salvará y podrá entrar  y salir, y encontrará pastos…”  “El que no entra por la puerta en el aprisco de las  ovejas, sino que salta por otra parte, ese es ladrón y bandido”. Y termina diciendo: “El ladrón no entra sino para robar y matar y hacer estragos; yo he venido para que tengan vida y la tengan abundante”.

Por tanto,  al presentarse como la Puerta, el Señor Resucitado señala el lugar único de acceso al Padre, a la salvación, a la vida, a la dicha temporal y eterna. Por eso, cuando el día de Pentecostés, la gente pregunta a Pedro y a los demás apóstoles qué tienen que hacer, Pedro les contesta: “Convertíos y bautizaos todos en nombre de Jesucristo…”

Y en este marco celebramos hoy, en toda la Iglesia, la Jornada  Mundial de  Oración  por las Vocaciones, que en España se une a la Jornada de las Vocaciones Nativas, que tiene  colecta para ese fin. Por esta última razón, se ha trasladado todo en nuestra Diócesis al próximo domingo, por ser éste el de la colecta de Cáritas.

Y esta Jornada de las Vocaciones quiere decir que Jesucristo, para continuar siendo el Buen Pastor de su pueblo, ha querido tener necesidad de nosotros, de todos y cada uno de nosotros. Así toda la Iglesia ha quedado asociada a este misterio de vida y salvación universal. La Iglesia es el Cuerpo de Cristo, Buen Pastor, que tiene el encargo sagrado de salir cada día por todas partes, a cuidar del rebaño adquirido por su Sangre preciosa.

Pero entre todos/as elige el Señor a niños y jóvenes para que entreguen toda su vida, todo su tiempo y toda su capacidad de amar al servicio de esta misión formidable. Para ello, hombres y mujeres se consagran, de un modo nuevo, al servicio del Reino de Dios; por eso hablamos de “vocaciones de especial consagración al servicio de la Iglesia”. Son los sacerdotes, los religiosos y religiosas, los misioneros y misioneras, los miembros de los Institutos Seculares, todos los que conocemos con el nombre de consagrados/as.

Y ya conocemos la  necesidad que tenemos de estos llamados/as y que la oración es necesaria, fundamental, como nos enseñó el Señor Jesús: “Rogad al Señor de la mies que envíe operarios a su mies” (Mt 9, 37-38).

Y además, ¡quiere el Padre del Cielo que colaboremos también con Él haciéndonos portavoces de su llamada!; y cada consagrado/a recuerda, con un inmenso cariño y gratitud, el nombre de personas acontecimientos y circunstancias, a través de las cuales resonó en su corazón la voz de Dios.

Por eso se suele decir que en esto como en todo, “donde se ora y se trabaja, hay vocaciones”.

 

                                                                                                                                             ¡FELIZ DÍA DEL SEÑOR!


Publicado por verdenaranja @ 14:10  | Espiritualidad
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 DOMINGO IV DE PASCUA A 

 MONICIONES

 

 PRIMERA LECTURA

      San Pedro nos presenta ahora  a Cristo constituido por el Padre Señor y Mesías por su Resurrección.  Ahora es necesario convertirse y bautizarse. Es lo que hacen unos tres mil oyentes. Escuchemos.    

 

SALMO

      En el salmo responsorial proclamamos al Señor como nuestro Pastor, el Pastor bueno de su pueblo. 

 

SEGUNDA LECTURA

      Cristo es el Buen Pastor. Él padeció por nosotros. Su entrega, paciencia y confianza en Aquel "que juzga justamente" es el ejemplo que tenemos que seguir los cristianos. 

 

TERCERA LECTURA

      Frente a la actitud de los fariseos, sacerdotes y escribas, Jesús se presenta como el verdadero y único Pastor. Y hoy se manifiesta también como Puerta del rebaño.

      Acojámosle ahora con gozo, con el canto del aleluya. 

 

COMUNIÓN

            En la Comunión recibimos a Jesucristo, el Pastor bueno de su pueblo, que se ha entregado a la muerte por nosotros y nos alimenta con su Cuerpo y con Sangre, como el verdadero Cordero de la Pascua nueva.

      Pidámosle que nos ayude en nuestra tarea de fomentar las vocaciones, con nuestra oración, con nuestra palabra, con nuestro ejemplo de vida.


Publicado por verdenaranja @ 14:07
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