Viernes, 05 de junio de 2020

Reflexión a las lecturas de la Solemnidad de la Santísima Trinidad A ofrecida por el sacerdote Don Juan Manuel Pérez Piñero bajo el epígrafe "ECOS DEL DÍA DEL SEÑOR"

Domingo de la S.  Trinidad

 

                     En todos los tiempos, el hombre se ha esforzado por descubrir la existencia de Dios y relacionarse con Él. De este modo, ha buscado una respuesta al sufrimiento, al mal y a la muerte. Así se han formado lo que conocemos con el nombre de “religiones naturales”.

                     Pero también Dios ha querido encontrarse con el hombre, manifestarse a él, tratar de los temas fundamentales del hombre caído: su salvación, su anhelo de trascendencia, su relación con Él, su vida junto a Él para siempre. Son las llamadas "religiones reveladas" como el cristianismo. Éste nos enseña que Dios se ha ido revelando progresivamente al hombre a través de los acontecimientos  de la Historia de la Salvación, hasta que llega la plenitud de los tiempos,  y  Dios se acerca al hombre al máximo, en Jesús de Nazaret, el Hombre-Dios, que viene a salvarnos.

                     En medio de este proceso,  Dios se nos ha ido revelando como  comunidad perfectísima de vida y amor, como Padre, Hijo y Espíritu Santo. Es la Santísima Trinidad, cuya solemnidad celebramos este domingo, llenos de alegría, contemplando como un resumen de todo lo que hemos venido celebrando a lo largo del Año Litúrgico en el que van surgiendo, en medio de las distintas celebraciones, las tres Personas de la Santísima Trinidad, tal como acostumbramos a atribuir en la Iglesia la acción del Dios trino a cada una de las Personas divinas: Al Padre, la Creación y el designio de salvación después del pecado original, al Hijo la Redención, al Espíritu Santo, la obra dinámica de la Iglesia. Por todo ello, terminadas las fiestas pascuales, celebramos, llenos de admiración y de  gozo, esta solemnidad hermosa, en este año marcado por una epidemia terrible. En estas circunstancias dolorosas, hemos experimentado que nuestra vida, iluminada por la fe, tiene todavía muchas oscuridades y muchos interrogantes, pero sin Dios, sin fe, todo resulta pura tiniebla, un auténtico sinsentido. Si algo hemos constatado en este tiempo, es la necesidad radical que tenemos de Dios: de su presencia, de su ayuda, y, particularmente, de esa magnífica Cosmovisión que supone y encierra nuestra fe.

                     La Santísima Trinidad es, sin duda, el Misterio más grande que Jesucristo nos ha revelado acerca de Dios. Misterio quiere decir que, en parte, se nos ha manifestado y, en parte, permanece oculto. No podemos pretender una comprensión total de Dios.

                     En la Liturgia de la Palabra de hoy, Dios se nos manifiesta, en la primera lectura, como un ser “compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia y lealtad”; en la segunda, como Comunidad de Personas, que nos ofrecen gracia, amor y comunión; y en el Evangelio, Jesús le dice a Nicodemo: “Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único, para que no perezca ninguno de los que creen en Él, sino que tengan vida eterna. Porque Dios no mandó a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él”. De este modo, llega a su punto culminante, el mensaje de la primera lectura. Lógico es que el salmo responsorial sea un himno de alabanza y de acción de gracias: “A ti gloria y alabanza por los siglos”.

                     Y si todo esto es así, no podemos vivir como si Dios no existiera, sin relacionarnos con Él, sin entrar en comunicación y en comunión con Él. Más todavía, se nos invita, se nos urge a mejorar, a perfeccionar nuestra relación con el Dios uno y trino. Y muchas realidades se encargan de recordárnoslo con frecuencia, especialmente, “los testigos de Dios” en el mundo. Precisamente, en esta solemnidad, recordamos a los monjes y monjas de clausura, cuyos monasterios son como un faro de luz, que están siempre indicando, desde una vida de silencio, oración y trabajo, la existencia de Dios, su amor y su misericordia, su acción constante en la Iglesia y en el mundo. Es la Jornada “Pro Orantibus”.

                     En resumen, es importante, fundamental,  que Dios ocupe su lugar en nuestra vida y en el horizonte de la Historia humana, como quería, especialmente, el Papa Benedicto XVI. Y San Juan Pablo II escribía en una ocasión: “No vaya a ser que se repita el error de quien, queriendo construir un mundo sin Dios, sólo ha conseguido construir una sociedad contra hombre”.                                                                            

                                                                                                                      ¡FELIZ DÍA DEL SEÑOR!


Publicado por verdenaranja @ 12:02  | Espiritualidad
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