S?bado, 20 de junio de 2020

Reflexión a las lecturas del domingo trece del tiempo ordinario A ofrecida por el sacerdote Don Juan Manuel Pérez Piñero bajo el epígrafe "ECOS DEL DÍA DEL SEÑOR".

Domingo 12º del T. Ordinario A

 

En el Evangelio del domingo XI que este año no hemos leído por la Solemnidad del Corpus,  contemplamos cómo Jesucristo se compadecía de la gente, porque estaban extenuadas y abandonadas, como ovejas que no tienen pastor; pero no se queda en lamentaciones, sino que pasa a la acción: en primer lugar, manda rogar al Padre que envíe trabajadores a su mies; luego, elige a los doce apóstoles y los envía con poderes sobrenaturales y  con una serie de instrucciones, que ocupan todo el capítulo 10 y que se nos presentan, en parte, en varios domingos.

Ya sabemos que el Evangelio de Mateo se estructura en cinco discursos que recogen sus enseñanzas; nos encontramos en el segundo: el llamado Discurso de la Misión o Discurso Apostólico.

Probablemente los cristianos a los que se dirige San Mateo, están siendo perseguidos y les viene muy bien que el apóstol les recuerde estas enseñanzas del Señor para tiempos de persecución, que, son, casi siempre, los tiempos de la Iglesia peregrina. La Iglesia, en efecto, nos enseña el Vaticano II, “continúa su peregrinación en medio de las persecuciones del mundo y de los consuelos de Dios, anunciando la cruz y la muerte del Señor hasta que vuelva…” (L. G. 8) Y el problema está en que no seamos conscientes de esta situación, incluso que la neguemos;  y entonces nos acomodemos, y adoptemos unas formas de vida alejadas, e incluso, contrarias a las exigencias del Evangelio, para no afrontar la dificultad y el desprecio. Es el vino aguado, es la sal que se hace sosa, es el cristianismo “anestesiado” del que nos habla con frecuencia el Papa Francisco. En un viaje a Inglaterra el Papa Benedicto hablaba de la “persecución del ridículo”. Y qué importante y dañina es ese tipo de persecución. En nuestras parroquias lo hemos experimentado desde siempre, especialmente, en los hombres.

No podemos engañarnos; ya nos advierte Pablo que “todo el que quiera vivir piadosamente en Cristo Jesús, será perseguido”. (2Tim 3, 12); y el Señor nos enseña que los enemigos pueden estar hasta en la propia casa; pensemos, por ejemplo, en las enormes dificultades que encontramos en muchos padres a la hora de afrontar la educación cristiana de sus hijos; pensemos en las dificultades que experimentan los niños y los jóvenes muchas veces, cuando plantean a sus padres su deseo de entregar su vida al servicio de Dios y de la Iglesia. Cuánta oposición, cuánta dificultad surge tantas veces hasta el punto de abortar esa vocación, que es como una vida naciente, y muchas veces, por parte de personas que son practicantes.

Y en medio de la persecución surge siempre el fantasma del miedo; por eso en un texto tan corto como el de hoy, el Señor repite hasta tres veces “no tengáis miedo”.

Recuerdo, a este respecto, aquellas palabras del comienzo del Pontificado de San Juan Pablo II, que se han hecho tan famosas: “¡No tengáis miedo de acoger a Cristo y de aceptar su potestad!... ¡No temáis! ¡Abrid más todavía, abrid de par en par las puertas a Cristo! Abrid a su potestad salvadora los confines de los Estados, los sistemas económicos y los políticos, los extensos campos de la cultura, de la civilización y del desarrollo. ¡No tengáis miedo! Cristo conoce lo que hay dentro del hombre. ¡Sólo El lo conoce!”. Y bien conocía el nuevo Pontífice lo que era la persecución comunista, que subsiste en toda Europa, como nos explicó, en su día, el eminente cardenal Ratzinger.

Y el Señor nos señala con toda claridad al único enemigo que hemos de temer: al que puede llevar a la perdición alma y cuerpo.

Y como el profeta Jeremías que en medio de sus persecuciones (1ª lect.) se refugia en Dios, el Señor Jesús nos invita a confiar en el Padre celestial, que cuida de los pájaros del cielo y se preocupa hasta de los cabellos de nuestra cabeza.

 Termino haciendo propias las palabras que San Pablo, desde la cárcel de Roma, dirige a su discípulo Timoteo: “No te avergüences de dar la cara por nuestro Señor y por mí, su prisionero; antes bien, toma parte en  duros trabajos  del Evangelio, según la fuerza  que Dios te dé”.             (2 Tim 1, 8).

                                                                                                ¡FELIZ DÍA DEL SEÑOR!


Publicado por verdenaranja @ 11:26  | Espiritualidad
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