Viernes, 26 de junio de 2020

Reflexión a las lecturas del domingo trece del Tiempo Ordinario A ofrecida por el sacerdote Don Juan Manuel Pérez Piñero bajo el epígrafe "ECOS DEL DÍA DEL SEÑOR"

Domingo 13º del T. Ordinario A

 

     Terminan hoy las instrucciones de Jesús a sus discípulos de estos últimos domingos, con una llamada radical a su seguimiento y con una identificación con sus enviados.

     Aprendemos aquí, en primer lugar, que hemos recibido nuestra vida para darla, no para quemarla en la hoguera  de nuestro egoísmo. Ya el Vaticano II nos enseña que el hombre no logrará jamás su plenitud si no entrega su vida al servicio de los demás. (G. et Sp, 24).

     El Evangelio de hoy nos enseña que la vida hay que entregarla en primer lugar, a Jesucristo, y por Él, a los hermanos. En caso contrario, “se pierde”: No agradamos al Señor ni somos dignos de Él y nuestra existencia es estéril. Es como el primer mandamiento aplicado a Jesucristo. Amarle más que a todas las personas y las cosas, estar dispuesto a dejarlo todo por Él; o, como decía San Benito, “no anteponer nada a Cristo”.

     El Señor no quiere organizar un conflicto en nuestra vida, sino establecer una jerarquía salvadora. Por este camino, se consigue cien veces más en esta vida, y la vida eterna. Ni un vaso de agua quedará sin recompensa. ¡No hay nadie en el mundo que “pague así”!

     Por eso, cuando, verano tras verano, contemplamos una respuesta muy pobre a las llamadas de Señor, al plan de Dios sobre nosotros, quiere decir que algo está marchando mal entre nosotros. Me refiero, entre otras cosas, al Cursillo de Selección del Seminario, que este año se suspende por razón de la epidemia.

     Hay que decirlo de una vez, con toda claridad y firmeza: cuando el Señor llama a un/a chico/a para una especial consagración al servicio de la Iglesia, le garantiza la felicidad del corazón, siempre que se entregue con generosidad a Él y a los hermanos, especialmente, a los más pobres y necesitados. Dicha y felicidad que, como nos enseñaban en el Seminario, es imperfecta en la tierra y perfecta en el Cielo. Por tanto,  no se puede presentar la vocación a la vida sacerdotal o consagrada como un camino de renuncias, porque no lo es; sencillamente, es lógico que si se si se quiere seguir un camino,  haya  que dejar otros. ¡Eso es evidente para cualquier caminante! ¡Y si no, preguntemos a los que viven así! Por eso, cuando un sacerdote o un consagrado o un cristiano normal no siente nada de paz y de alegría en su corazón, algo grave puede estar sucediendo ahí, porque ¡la Palabra del Señor no puede fallar nunca!  Recordemos la afirmación frecuente en San Pablo: “Sobreabundo de gozo en medio de mis tribulaciones” (2 Co 7, 4).

     Y el Señor se identifica con sus enviados. Por eso nos dice: “El que os recibe a vosotros, me recibe a mí, y el que me recibe, recibe al que me ha enviado”. Más, en concreto: “El que recibe a un profeta porque es profeta, tendrá recompensa de profeta; y el que recibe a un justo porque es justo, tendrá recompensa de justo. El que dé a beber, aunque no sea más que un vaso de agua fresca, a uno de estos  pequeños, sólo porque es mi discípulo, en verdad os digo que no perderá su  recompensa”. ¡Y ya sabemos que  Jesucristo tiene palabras muy duras para aquellos pueblos o personas que no acojan a sus enviados! ¡Y esto se ha cuidado siempre en la Iglesia, desde el principio! (1 Tes 5, 12-14). Por eso, resultan preocupantes ciertas “hierbas amargas”, que brotan con frecuencia en sentido contrario,  en muchos lugares. A veces son terribles persecuciones las que  sufren los enviados, con el uso, incluso, de los modernos medios de comunicación, y que pueden suponer una auténtica destrucción de la persona para siempre. ¡Hay parroquias, por ejemplo, donde todos los sacerdotes, que han pasado por allí, han tenido problemas con los mismos! Y no siempre los responsables diocesanos lo tienen en cuenta.    

     En la primera lectura constatamos cómo ya en el Antiguo Testamento, era este el proceder de Dios con los que acogían a sus enviados. Por eso premia a aquellos esposos, que acogen al profeta Eliseo en su casa, con el nacimiento de un niño.

     Nuestra reflexión de hoy nos recuerda, por tanto, cuestiones fundamentales en nuestra vida de cristianos.                                                                                                                                                                                                                                                 ¡FELIZ DÍA DEL SEÑOR!


Publicado por verdenaranja @ 18:18  | Espiritualidad
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