S?bado, 10 de octubre de 2020

Reflexión a las lecturas del domingo veintiocho del Tiempo Ordinario A ofrecida por el sacerdote Don Juan Manuel Pérez Piñero bajo el epígrafe "ECOS DEL DÍA DEL SEÑOR".

Domingo 28º del T. Ordinario A

 

Durante algunos domingos nos hemos venido preguntando por qué tiene el Señor que prescindir del pueblo de Israel, al que había elegido con un infinito amor, y formar un nuevo pueblo, la Iglesia. A este interrogante tan importante trata de responder Jesucristo con tres parábolas que dirige a los sumos sacerdotes y ancianos del pueblo, y que estamos escuchando y comentando estos domingos. Hoy llegamos a la tercera.

Se trata de un rey que celebraba la boda de su hijo. Nunca compara Jesús su Reino a cosas pobres o tristes, sino todo lo contrario. Hoy lo compara a unas bodas, pero eran las bodas del hijo del rey. Y ya sabemos cómo se celebraba una boda en Israel en tiempos de Jesucristo.

La parábola nos dice que el rey mandó  a unos criados para avisar a los convidados que vinieran a la boda, al banquete, pero no quisieron venir. Volvió a mandar a otros criados, urgiendo a los convidados que vinieran a la boda, que todo estaba preparado, y volvieron a hacer lo mismo; es más, algunos llegaron al extremo de echarles mano a los criados, y maltratarlos hasta matarlos. Entonces, “el rey montó en cólera, envió sus tropas, que acabaron con aquellos asesinos y prendieron fuego a la ciudad”.

Es lo que ya comentábamos el domingo pasado sobre una parábola muy parecida: los criados son los profetas, a quienes no hacían caso, y, a veces, los maltrataban y los mataban.

¿Y la destrucción de la aquella ciudad no será una alusión profética a la destrucción de Jerusalén?

Pero ¡hay que celebrar la boda! ¡Se tiene que casar el hijo del rey!

Por eso el rey dice a los criados: “La boda está preparada, pero los convidados no se la merecían. Id ahora a los cruces de los caminos y a todos los que encontréis, convidadlos a la boda. Los criados salieron a los caminos y reunieron a todos los que encontraron, malos y buenos. La sala del banquete se llenó de comensales”.

Dios, por tanto, ha dejado al pueblo de Israel, por imposible; ni siquiera acepta la invitación a las bodas del hijo del rey; y ha decidido a formar otro pueblo, constituido no ya sólo por judíos, sino por judíos y gentiles, un pueblo que responda mejor a sus llamadas, a sus invitaciones. Es la Iglesia.

Las bodas del hijo del rey es una síntesis de la obra del Hijo de Dios, que se ha hecho hombre, para celebrar unas bodas con la humanidad y nos ha convidado a todos, sin excepción.

 Y, además, nos enseña el Señor que no se puede pertenecer a la Iglesia de cualquier manera. Dice el texto que “cuando el rey entró a saludar a los comensales, reparó en uno que no llevaba traje de fiesta y le dijo: “amigo, ¿cómo has entrado aquí sin vestirte de fiesta?” Y lo expulsó, lo arrojándolo a las tinieblas, donde será el llanto y el rechinar de dientes.

Y termina diciendo algo que se repetirá, con alguna frecuencia en el Evangelio: “¡Muchos son los llamados y pocos los escogidos!”

No basta, por tanto, con estar entre los invitados, con  pertenecer a la Iglesia, hay que llevar el “vestido de fiesta”, hacerlo con verdad y responsabilidad.  

Y la celebración de estas bodas tendrá su punto culminante y definitivo en el Cielo, en aquel banquete del que nos habla la primera lectura, donde celebraremos las bodas del Hijo del Rey por los siglos, como miembros de una Iglesia, Esposa de Cristo en plenitud, que brillará en toda su belleza, su grandeza y su esplendor; y que se transformará en el verdadero Reino de los Cielos por siempre, y “así Dios lo será todo en todos” (1 Co 15, 28).

 Por ello, proclamamos en el salmo responsorial de este domingo: “Habitaré en la casa del Señor, por años sin término                              

                                                                                     ¡FELIZ DÍA DEL SEÑOR!


Publicado por verdenaranja @ 12:10  | Espiritualidad
 | Enviar