Viernes, 04 de diciembre de 2020

Reflexión a las lecturas del domingo segundo de Adviento B ofrecida por el sacerdote Don Juan Manuel Pérez Piñero bajo el epígrafe "ECOS DEL DIA DEL SEÑOR"

 Domingo 2º de Adviento B

 

  Hay un villancico que dice: “¡El Niño Dios ha nacido en Belén! Aleluya. Aleluya. ¡Quiere nacer en nosotros también! Aleluya. Aleluya”.

  Este es el objetivo de este Tiempo de Adviento y de la misma Navidad. El Concilio  Vaticano II nos enseña que el Año Litúrgico realiza una obra maravillosa: los que no vivíamos cuando sucedían los distintos acontecimientos, que ahora celebramos, podemos ponernos, de algún modo, en contacto con ellos, y llenarnos de la gracia de la salvación (S. C. 102). Es lo que se llama “el hoy de la Liturgia”. 

  Esta doctrina es muy importante. ¡Es un auténtico descubrimiento! A veces pensamos: “Si yo hubiera estado aquella noche en Belén…” “Y si hubiese sido uno de aquellos pastorcitos…” ¡Pues eso, de algún modo, es posible! ¡Lo podemos conseguir ahora, dentro de unas semanas!

Y, porque tiene sus dificultades para conseguirlo, nos dedicamos unas cuatro semanas a intentarlo, mientras decimos: “El Señor va a venir; “el Señor va a nacer”; “¡Ven Señor, no tardes…!”  

  Ya sabemos que, durante las primeras semanas de Adviento, nos preparamos para la Navidad, recordando y celebrando la esperanza de la Vuelta Gloriosa del Señor, de la que nos habla hoy San Pedro en la segunda lectura.

  Y en este tiempo surgen, en medio de nuestras celebraciones, unos personajes que nos ayudan en esta tarea: uno de ellos es el profeta Isaías, “el profeta de la esperanza”. Él anuncia la gran noticia de que el pueblo de Israel, desterrado en Babilonia, va a ser liberado, y hace falta preparar los caminos, que podrían estar intransitables, para que el pueblo de Dios pudiera llegar a su patria. (1ª lect.)

  Este domingo centramos nuestra mirada en otro personaje del Adviento. Se trata de Juan el Bautista, que viene a preparar los caminos, como anunciaba el profeta. Y ya sabemos que, entonces como ahora, no se trata de preparar unos caminos materiales, sino los caminos, tantas veces difíciles e interceptados, de nuestro interior, de nuestro corazón. De este modo  podremos alcanzar nuestro objetivo: el encuentro con el Señor, su nacimiento espiritual en nosotros, la renovación de nuestra vida, y el don de “la alegría espiritual”, en medio de una sociedad triste, desencantada, en crisis y, además, desgarrada y agobiada por esta terrible pandemia.

  S. Marcos subraya que el Bautista predicaba también con su ejemplo de vida, íntegra y austera, en el cumplimiento estricto de su misión. ¡Qué importante es siempre el testimonio de vida!

  ¡Y cómo reacciona aquella gente a la voz del Bautista! Nos dice el Evangelio que “acudía  a él toda la región de Judea y toda la gente de Jerusalén. Él los bautizaba en el río Jordán y confesaban sus pecados”. Constatamos aquí como eso de confesar los pecados es algo muy antiguo. Para los cristianos es uno de los momentos –no el único- del Sacramento de la Reconciliación. Este tiempo intenso de preparación debería tener su punto culminante en la celebración de este sacramento, especialmente, unos días antes de la Navidad, para hacer posible y real la llegada del Señor a nosotros, su nacimiento en cada uno de nosotros, y para recibirle mejor.

  La solemnidad de la Inmaculada que celebraremos el martes, nos recordará cómo preparó el Padre del Cielo a la Virgen María para que fuera una digna morada de su Hijo, haciéndola, desde el momento de su concepción, limpia del pecado original y llena de gracia.

  ¡Todo va en la misma dirección! ¡Y qué importante es descubrir o redescubrir este sentido, un tanto desconocido u olvidado, de la Navidad!

  La oración colecta de la Misa de hoy  sigue también en ese mismo sentido. Dice: “Dios todopoderoso, rico en misericordia, no permitas que, cuando salimos animosos al encuentro de tu Hijo, lo impidan los afanes terrenales, para que, aprendiendo la sabiduría celestial, podamos participar plenamente de su vida”.  

  ¡Esto es la Navidad!

  Que María, la Inmaculada, la figura más importante del Adviento nos ayude a conseguirlo.                 

                                                                                             

                                                                                              ¡FELIZ DÍA DEL SEÑOR!


Publicado por verdenaranja @ 11:55  | Espiritualidad
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