S?bado, 26 de diciembre de 2020

Reflexión a las lecturas de la Solemnidad de La Sagrada Familia ofrecida por el sacerdote Don Juan Manuel Pérez Piñero bajo el epígrafe "ECOS DEL DÍA DEL SEÑOR"     

La Sagrada Familia

 

Con todo lo que se habla hoy de la familia y con todo lo que ha cambiado la relación matrimonial con las nuevas formas de convivencia, etc. a todos nos gustaría hablar de la familia ideal. Que alguien, con autoridad y con experiencia contrastada, nos dijera cómo tendría que ser la familia en la Iglesia y en el mundo de hoy, pero en concreto.

En un tiempo relativamente corto, los cambios han sido verdaderamente vertiginosos. En lo que se refiere, por ejemplo, a la vida de los novios ha cambiado tanto todo, que me parece que estoy en otro país, incluso, en otra Iglesia.

Ante toda esta realidad verdaderamente dramática, celebramos hoy la Fiesta de la Sagrada Familia y le decimos al Señor en la oración de la Misa: que ha propuesto a la Sagrada Familia como maravilloso ejemplo.

Dios es el que más sabe de familia porque es el que la ha creado. ¿Y quién entenderá más de una cosa que el que la ha diseñado, la ha creado?

Y continuamos diciendo: concédenos con bondad que, imitando sus virtudes domésticas y su unión en el amor, lleguemos a gozar de los premios eternos en el hogar del cielo. ¡Impresionante!

Traduciendo el mensaje tendríamos que decir que en la plenitud de los tiempos, Dios Padre colocó en la historia una familia para enseñarnos cómo tiene que ser la familia.

Siempre suelo decir que el secreto de la Sagrada Familia está en que Jesús, el Señor, vivía en medio de ella, formando parte de ella, y también en el corazón de la Virgen María y de San José.

Eso es lo fundamental de la Sagrada Familia; y sin eso, las cosas no pueden ir bien en una familia por pura lógica: “Los que se alejan de ti se pierden” leemos en el salmo 72,27 Y hoy se pierden muchas cosas y muchas personas porque nos hemos empeñado en vivir sin Dios, en expulsar a Dios de todo.

Sin Él somos tan pobres que basta un virus, que ni se ve, para descontrolarlo todo.

Y la presencia y la acción de Dios se garantiza en el matrimonio por medio de un sacramento, que, como sabemos, actúa con eficacia, por su propio poder, pero que exige respuesta: una decisión formada, una preparación seria y la recepción del mismo. Y luego, un estilo de vida acorde con esa realidad; si no el matrimonio, con sacramento y todo, se va también a pique.

Cuando estaba en el Seminario Mayor, se me ocurrió leer el Concilio de Trento (S. XVI); y aquello me resultó muy interesante. Y recuerdo que los padres conciliares se temían que muchos no aceptaran los principios de la religión cristiana por razón de su ignorancia. Se me quedó grabada la expresión latina: “damnetur ne ignorata” que quiere decir: “no sea que, ignorada, sea despreciada”. Y ese es, según mi parecer, el drama, la tragedia, de la familia hoy. La doctrina del matrimonio cristiano es muy grande y valiosa, pero la gente, en general, la ignora por completo.

¿Y quién se va a creer, por ejemplo, que unos novios que se acercan a la Iglesia a casarse y no han hecho sino la Primera Comunión, tienen suficiente preparación para algo tan grande y tan complejo como el matrimonio, con una convivencia de un fin de semana? Y, a veces, ni eso. Dicen que algunas parejas toman la relación como un juego, ¿pero como llamarían vds lo que se hace en la Iglesia? Y eso, desde hace mucho tiempo.

¡Pues si las cosas por aquí andan así,  entonces se entiende todo con mucha facilidad!

La Conferencia Episcopal ha determinado que los novios deben prepararse durante dos años como para los demás sacramentos; en algunas diócesis de la Península enseguida se llenó el cupo, ¡pero aquí, como estamos tan lejos, las noticias tardan en llegar! A ver si cuando pase el virus…

Y si las cosas en la Iglesia se hacen así, no podemos tirar  piedras contra nadie, sino asumir, con humildad y propósito de la enmienda, nuestra propia responsabilidad.

Por eso me llevo tan bien con las parejas de hecho, enseguida nos entendemos y terminamos haciéndonos amigos, y ellos, a veces, manifestando su deseo de casarse por la Iglesia y me dicen: “pero todavía no”. Y está claro que todavía no. Hay que prepararse bien porque es un sacramento y yo, por lo menos, todavía no he perdido la fe.                              

                                                                                                   ¡FELIZ DÍA DEL SEÑOR!


Publicado por verdenaranja @ 21:40  | Espiritualidad
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