S?bado, 26 de diciembre de 2020

Reflexión a las lecturas de la Solemnidad de la Natividad del Señor ofrecida por el sacerdote Don Juan Manuel Pérez Piñero bajo el epígrafe "ECOS DEL DÍA DEL SEÑOR".

La Natividad del Señor

 

El problema que tenemos en la Navidad de este año es que hay mucha gente que dice que no la va a celebrar porque no está el ambiente, la casa y la sociedad para fiestas.

Y es que llaman fiestas a eso que celebramos en los pueblos: con ventorrillos, bailes, fuegos y todo. Pero eso no es la Navidad.

Como decíamos el domingo pasado la Navidad nos trae la alegría de un gran acontecimiento de salvación y tenemos que celebrarlo con solemnidad y júbilo desbordante.

Me parece que si la cosa es así, nunca hemos necesitado tanto la Navidad como este año.

Ella nos trae el nacimiento del Salvador y sus primeras manifestaciones hasta llegar a la fiesta de su Bautismo, cuando va a comenzar su Vida Pública. Un largo espacio de la vida del Señor.

Y si Dios viene como Salvador, ¿qué será lo que no podrá salvar? ¿Y quién puede decir que no necesita la visita del Salvador? Pero en concreto: en su iglesia, en su casa y en su corazón.

Además esto que celebramos no es algo que pasó hace mucho tiempo, y que nosotros recordamos ahora para hacer fiesta y pasarlo bien. Esta es una realidad que, de algún modo, se hace presente, para que podemos ponernos en contacto con ella, y llenarnos de la gracia de la salvación, es decir, de los dones, de las gracias, que nos trae. Es lo que nos enseña el Vaticano II.

Por eso, me gusta mucho cantar el salmo responsorial de la Misa de la Noche, en que proclamamos con una inmensa alegría: “Hoy nos ha nacido un Salvador, el Mesías, el Señor”.

¡Es el hoy de la Liturgia! Y me gusta mucho contemplar así la Liturgia de la Iglesia.

Y esto llega a su punto culminante cuando celebramos la Cena del Señor, la Santa Misa, y se hace presente su Pasión, Muerte y Resurrección, como si estuviera sucediendo de nuevo. ¡Qué impresionante!

Y la salvación que Cristo nos trae a Belén consiste en dos cosas fundamentales: la liberación del pecado, del mal y de la muerte, y la sobreabundancia de dones, de bienes, hasta el punto de hacernos hijos de Dios; y si hijos, herederos, que dice San Pablo.

Cuando esto se piensa y se contempla despacio, entonces sí que entendemos la Navidad, si que queremos con toda el alma, que llegue la Navidad y que “nos toque” a todos como la lotería.                                    

¡Incluso, estos días, nos felicitamos unos a otros por la “suerte” que hemos tenido!

Y si en casa lo estamos pasando mal, lo que necesitamos es que venga, que llegue el Señor.

¡Para eso nos hemos venido preparando en el Adviento!

Y si en casa ha muerto alguien, entonces todo se llena de la luz de la Navidad, que nos dice, que nos grita, que gracias a ella, la muerte ya cambió de sentido, es el nacimiento para el Cielo. No podemos olvidar que el día siguiente de la gran fiesta, celebramos el martirio de San Esteban, el primer cristiano que vio que su muerte se convertía en Cielo. 

Y es que confundimos a la Navidad con sus acompañantes tradicionales: comidas, regalos, felicitaciones y mucho jaleo, pero, cada año, nos falla alguno de esos acompañantes, pero nunca falla la Navidad. ¡Igual nos pasó en la Semana Santa!

Llevamos mucho tiempo con un único tema de referencia en los medios: cuántos se pueden reunir en la cena familiar, como si eso fuera el único que nos tiene que preocupar.

Los cristianos sabemos celebrar la Navidad con cena y sin cena. Lo fundamental es que viene el Señor y que quiere nacer en nosotros, quedarse con nosotros. Y eso solo es la Navidad, con los acompañantes o sin ellos.

Cuando me pasaba la Navidad como capellán del Hospital no tenía esos acompañantes, pero la celebraba lo mejor que podía y sabía, con los enfermos y sus familiares y con el personal de guardia. Y no pasaba nada. Y, al día siguiente, celebrábamos con toda solemnidad  la Santa Misa, presidida por el Obispo y televisada para todas las habitaciones.

Y para muchos, allí, en el hospital, no podía haber Navidad, vaya que si la había. Teníamos al Señor con nosotros y a un personal excelente de guardia, que cuidaba a los enfermos.

Por eso, con los acompañantes tradicionales o sin ellos, ¡FELIZ NAVIDAD!


Publicado por verdenaranja @ 21:52  | Espiritualidad
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