Viernes, 12 de marzo de 2021

Reflexión a las lecturas del cuarto domingo de la Cuaresma B ofrecida por el sacerdote Don Juan Manuel Pérez Piñero bajo el epígrafe "ECOS DEL DÍA DEL SEÑOR"

Domingo 4º de Cuaresma

                                                                          

¡Nos alegramos este domingo porque se acerca la fiesta de Pascua! ¡La fiesta más importante del año!

San Juan XXIII llamó a la Iglesia “Madre y Maestra” en un documento memorable. Y eso lo constatamos siempre, también en este tiempo de Cuaresma: ¡Con cuánta preocupación, con cuánto cuidado y con cuánto acierto, nos prepara la Iglesia, día a día, para la celebrar la Pascua.

Este domingo nos invita a la alegría, porque esta gran solemnidad se acerca ya. Es el domingo que, desde antiguo, se llama “Laetare”,  “Alégrate”. Y la alegría se ve subrayada hoy a la luz de la Palabra de Dios que trata de poner delante de nuestros ojos, el amor inmenso, infinito, que Dios nos tiene.

Cuando uno lee despacio la Sagrada Escritura, siente verdadero asombro al contemplar el afán, el interés, tan grande de Dios por salvar al hombre, porque nos vaya bien, porque seamos felices…, hasta llegar a darnos a su Hijo Unigénito, no “para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él”, como escuchamos en el Evangelio de hoy.

Éste es el último eslabón y el más importante, de esa magnífica cadena de amor con la que el Señor nos “ata a su lado”. S. Alfonso pone en labios de Dios esta expresión: “Desde que existo, te amo”.

En la primera lectura contemplamos cómo, en medio de las infidelidades del pueblo, Dios le envía avisos por medio de sus mensajeros, los profetas, “porque tenía compasión de su pueblo y de su morada”, hasta que no hubo más remedio, y llega la dura experiencia del destierro de Babilonia; incluso, nos impresiona cómo Dios se vale de un rey pagano, Ciro, para su liberación y para animarle a reconstruir el templo de Jerusalén.

S. Pablo, en la segunda lectura, resume la historia del amor del Padre por nosotros diciendo que “Dios rico en misericordia, por el gran amor con que nos amó, estando nosotros muertos por los pecados, nos ha hecho vivir con Cristo -por pura gracia estáis salvados-, nos ha resucitado con Cristo Jesús y nos ha sentado en el Cielo con Él”. Y a continuación, lo especifica mejor diciendo: “y  esto no viene de vosotros: es don de Dios. Tampoco viene de las obras, para que nadie pueda presumir”.   

En otro lugar, el mismo Apóstol nos dice: “La prueba de que Dios nos ama es que, siendo nosotros todavía pecadores, Cristo murió por nosotros” (Rom 5, 8). Y este es el tema de aquella conversación memorable de Jesús con Nicodemo que nos presenta el Evangelio de este domingo.

En ella, Jesús le dice: “Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del Hombre, para que todo el que cree en Él, tenga vida eterna”.

¡Y a nosotros toca acoger “la vida eterna” que, iniciada en el tiempo, no termina jamás!

Y ésta llega a cada uno de nosotros por el Bautismo, que revivimos en la Cuaresma y  que vamos a renovar, con todo entusiasmo, la noche santa de la Pascua.

¡A esa grandeza y a esa dicha inmensa, nos ha llamado el Señor! Pero eso ¡no lo impone a la fuerza! Ya decía S. Agustín: “El que te creó sin ti, no te salvará sin ti”.

En concreto, se trata de hacer opción por la luz y no por las tinieblas como nos advierte el Señor en este texto. Y la historia de cada hombre es una lucha, a veces, muy viva y hasta dramática, entre la luz y las tinieblas que tiene repercusiones eternas.

El Señor nos advierte que no se trata sólo de pensar rectamente sino que la propia conducta influye en nuestro modo de pensar y actuar: “Todo el que obra mal detesta la luz y no se acerca a la luz para no verse acusado por sus obras. En cambio el que obra la verdad se acerca a la luz para que se vea que sus obras están hechas según Dios”.

En este sentido, recuerdo que, cuando, en otros tiempos, iba a visitar las escuelas de la parroquia, entre los “parvulitos”, había algunos niños, que se acercaban, contentos, a enseñarme algún dibujo... ¡Es que pensaban que les había salido bien y buscaban el reconocimiento!

Por eso hoy, al leer y comentar este texto, me acuerdo de “aquellos parvulitos”.

                                                            

                                                                                                            ¡FELIZ DÍA DEL SEÑOR!


Publicado por verdenaranja @ 13:48  | Espiritualidad
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