S?bado, 27 de marzo de 2021

Reflexión a las lecturas del domingo de Ramos B ofrecida p0or el sacerdote Don Juan Manuel Pérez Piñero bajo el epígrafe "ECOS DEL DÍA DEL SEÑOR"

Domingo de Ramos  

 

El Domingo de Ramos, de tanto arraigo entre nosotros, es el pórtico de la Semana Santa. ¡Cuántas gracias debemos dar al Señor que nos concede el don inmenso de celebrar, un año más, los días de la Pasión, Muerte y Resurrección de su Hijo Jesucristo, que culminan en la Pascua y el Tiempo Pascual.

No sé si habrá en el mundo una fiesta que se celebre tanto: 40 días de preparación,  la Cuaresma,  y 50 de celebración, La Pascua y el Tiempo Pascual. ¡Así es la fiesta principal de los cristianos!

Este año tenemos que celebrar todavía estos días santos en medio de la epidemia: sin procesiones ni otras celebraciones en la calle. Sin embargo, cada uno de nosotros tenemos que aprovecharla al máximo en la medida que podamos. Ya sabemos que las celebraciones de los cristianos tienen su momento principal en nuestras iglesias y en el corazón de los fieles. Se ha publicado en la Diócesis, por parte de la Vicaría General, un documento con una serie de normas para que podamos celebrar cada día de la Semana Santa dentro de las limitaciones y circunstancias de de la situación en que nos encontramos.

La Liturgia del Domingo de Ramos consta de dos partes: en la primera recordamos y celebramos la Entrada de Jesús en Jerusalén, y, en la segunda, tiene lugar la Misa de Pasión que nos introduce ya en lo que celebramos en la Semana Santa: la Pasión del Señor que culmina en la gloria de la Resurrección

En la primera parte es muy importante la Procesión de Ramos en la que tratamos de actualizar, revivir, y de dar testimonio de que Jesús de Nazaret es el Mesías-Rey, descendiente de David e Hijo del Altísimo, y al que aclamamos diciendo: “Bendito el que viene en el nombre del Señor”. En las otras celebraciones de la Santa Misa en cada comunidad, se hace lo que se llama la “Entrada simple”, que consiste en un breve recuerdo del acontecimiento que celebramos para proseguir después con la Misa de Pasión. Este año, al estar suprimidas las procesiones, tenemos que celebrar en nuestras iglesias “la Entrada simple” sin distribución de palmitos y olivos, y hemos de suplir, de algún modo, lo que, en circunstancias normales, podríamos hacer.

Es propio de los cristianos el espíritu de superación para saber abordar las dificultades y acoger, de la mejor manera, el contenido de las celebraciones de estos días santos. Además, contamos con la ayuda inestimable de los medios de comunicación, especialmente, los de la Diócesis. 

De este modo, el Domingo de Ramos nos centra en la Semana Santa: la Entrada triunfal de Cristo en Jerusalén, aunque se celebre este año de un modo sencillo, prefigura su Resurrección gloriosa, que celebraremos, llenos de alegría, el Domingo de Pascua; y la Misa de Pasión nos centra en la Cruz, o mejor, en la Pasión del Señor, que es el centro de la semana.

La lectura más importante de este día es la Pasión del Señor según el evangelista de cada año o ciclo litúrgico. Este año B o II, se proclama la de San Marcos, que recoge en su evangelio las catequesis de San Pedro en Roma.

El Santo Hermano Pedro recordaba que su madre lloraba cuando se leía estos días, en casa, el relato de la Pasión de Jesucristo. Y así sucedía a mucha gente en los siglos pasados. También en nuestro tiempo hay muchas personas que la leen con intensidad y fervor.

Este día, los judíos llevaban a casa el cordero para celebrar la Pascua. Y, precisamente, este domingo entra en su casa, en Jerusalén, “el Cordero de la Pascua Nueva”, el que quita el pecado del mundo, que va entregar su vida por nuestra salvación en la tarde del Viernes Santo, a la hora de nona, en la que  los judíos sacrificaban el cordero para celebrar la Pascua judía.

Termino con el deseo ferviente de que, ante el gran don de Dios que constituye la Semana Santa para todos y cada uno de nosotros, sepamos corresponder acogiendo al Señor en nuestro corazón, especialmente, por la recepción de los sacramentos, y transmitiendo, de un modo o de otro, su mensaje con un testimonio ferviente y convincente de palabra y de vida.                 

                                                                                                                  ¡FELIZ DÍA DEL SEÑOR!        


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 DOMINGO DE RAMOS EN LA PASIÓN DEL SEÑOR

MONICIONES 

 

 

PRIMERA LECTURA

                En la Pasión Jesús se nos presenta como el Siervo doliente del Padre como se había profetizado. Es lo que vamos a escuchar en la primera lectura. 

 

SALMO RESPONSORIAL

                El sufrimiento se considera, muchas veces, como un abandono de Dios, como si el Señor se hubiera olvidado de nosotros. Sin embargo, el cristiano le invoca desde lo más profundo de su corazón, sabiendo que Él le escucha y le ama, y, después de la dificultad, llegará de nuevo la dicha y la alegría. 

 

SEGUNDA LECTURA

                Escuchemos ahora con atención y con fe, una síntesis preciosa de la vida de Cristo que solemos recordar con frecuencia: Él no hizo alarde de su categoría de Dios sino que se anonadó tomando la forma de siervo hasta la muerte. Por lo cual fue exaltado y glorificado por su Resurrección. 

 

TERCERA LECTURA

                En el centro de nuestra celebración de hoy, escuchamos ahora el relato estremecedor de la Pasión de Jesús según San Marcos. ¡Él muere en un acto supremo de amor y de fidelidad! ¡De su Cruz nos viene la salvación y la vida!  

                Por eso le aclamamos ahora disponiéndonos a escuchar y contemplar su entrega 

 

COMUNIÓN

          En la Comunión recibimos a Jesucristo al que hemos contemplado hoy, aclamado en la Ciudad Santa de Jerusalén. Abramos las puertas de nuestro corazón al Redentor que contemplamos estos días, pobre, despreciado y crucificado, y después resucitado y glorioso.

Pidámosle que nos ayude a aprovechar al máximo estos días santos.


Publicado por verdenaranja @ 11:49  | Liturgia
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Viernes, 19 de marzo de 2021

Reflexión a las lecturas del domingo quinto de Cuaresma B ofrecida por el sacerdote Don Juan Manuel Pérez Piñero bajo el epígrafe "ECOS DEL DÍA DEL SEÑOR"

Domingo 5º de Cuaresma B

 

No conocemos la identidad de aquellos griegos que quieren ver a Jesús. En aquellos tiempos  existían gentiles que practicaban la religión de Israel; el Evangelio de hoy nos presenta a dos de ellos  que vienen a la fiesta de Pascua. ¡Y quieren ver a Jesús! Y se acercan a un discípulo de nombre griego, Felipe, y Felipe y Andrés, que también tiene nombre griego,  van a decírselo a Jesús. La expresión de Juan “queremos ver a Jesús”, apunta a algo más que una simple mirada física”, buscan un encuentro con Él.

Parece como si San Juan quisiera señalar aquí la universalidad de la salvación que Cristo nos trae. Pero el texto no nos dice nada de lo que pasó con aquellos griegos, sino que nos presenta este hecho como la señal de que ha llegado la “Hora de Jesús”.

Hasta entonces, todos los intentos de detener a Jesucristo habían fracasado “porque no había llegado su hora”. De este modo, manifiesta su poder sobre los acontecimientos y, sobre todo, que a Él nadie le quita la vida sino que la entrega libremente (Jn 10, 18). 

Y cuando llega su hora, ya no hay vuelta atrás. Cristo habla del significado profundo de su hora con siete imágenes o pequeñas enseñanzas que nos presenta el Evangelio de hoy.

Ya sabemos que la hora de Jesús es la llegada de su Pasión, Muerte y Resurrección. Su glorificación comienza en la Cruz porque la Muerte de Cristo no es el final de todo, un fracaso total, del que se ha presentado como el Mesías esperado, sino que es sólo camino, paso, pascua, “para entrar en su gloria” como dirá a los discípulos de Emaús.

Su condición humana se agita ante un sufrimiento tan terrible pero su voluntad se inclina ante la voluntad del Padre porque para eso ha venido. Y se pone en manos del que lo va a glorificar. Por eso, dice: “Y cuando yo sea levantado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí”; y también: “Ahora va a ser juzgado el mundo, ahora el príncipe de este mundo va a ser echado fuera”.

De esta forma, se establece la nueva alianza de Dios con su pueblo, de la que habla la primera lectura. Y cada vez que celebramos la Eucaristía, se actualiza nuestra alianza con el Padre, en la Sangre de Cristo. Por eso, nuestra participación en la Eucaristía tiene que hacernos mejores, pues, no en vano, renovamos nuestro sí a los mandatos del Señor.

Por todo ello, Jesús compara su entrega al grano de trigo que, si quiere  convertirse en una preciosa espiga, tiene que morir, ser transformado en el surco. Al mismo tiempo, nos enseña que recibimos el don de la vida para entregarla, de un modo o de otro, por un camino o por otro; no para “quemarla” en la hoguera de nuestro egoísmo.

Y esto nos lo traduce el Vaticano II diciendo que “el hombre jamás logrará su plenitud mientras no haga de su vida un don para los demás” (G. et Spes, 24).

¡Qué fuerza tiene la expresión “donde esté yo allí estará también mi servidor”; Y también, “a quien me sirva el Padre le premiará!”

A la victoria, a la glorificación de Cristo por su Misterio Pascual, alude también la segunda lectura cuando dice que Cristo, “a gritos y con lágrimas, presentó oraciones y súplicas al que podía salvarlo de la muerte;  y, llevado a la consumación, se ha convertido para los que le obedecen en autor de salvación eterna”.

En esta semana,  llamada durante mucho tiempo “de Pasión”, y en la Semana Santa, se nos invita, se nos urge a “mirar” la Cruz del Señor. Ojalá que esta contemplación nos lleve al encuentro con el Cristo vivo de los sacramentos.

¡Y no podemos olvidar que también, en nuestros días, siguen existiendo muchos “griegos” que quieren ver a Jesús.                           ¡FELIZ DÍA DEL SEÑOR!


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DOMINGO V DE CUARESMA B

MONICIONES

 

 

PRIMERA LECTURA

                Durante los domingos de Cuaresma, la primera lectura nos ha venido presentando distintas alianzas de Dios con los hombres a través de Noé, Abrahán y Moisés. Vamos a escuchar ahora el anuncio de una alianza nueva, que nos hace el Profeta, y que tendrá su cumplimiento en la Cruz del Señor. 

 

SEGUNDA LECTURA

                Jesucristo es obediente a la voluntad del Padre hasta la muerte. De esta manera, se ha convertido para todos en “Autor de salvación eterna”. 

 

TERCERA LECTURA

                Jesús sabe que la entrega, y sólo la entrega hasta la muerte, da siempre fruto. Con esta certeza subirá a la Cruz, una Cruz que será para Él fuente de glorificación, y, para nosotros, fuente de salvación y de vida. 

 

COMUNIÓN

                Decir amén al Cuerpo de Cristo en la Comunión, es el punto culminante de la renovación de la Nueva Alianza con Dios, en la Sangre de Cristo, que se actualiza entre nosotros cada vez que celebramos la Eucaristía.

                Pidámosle que nos ayude a ser fieles en la vida de cada día, a la alianza, al pacto sagrado, que estamos renovando en el altar. 


Publicado por verdenaranja @ 18:12  | Liturgia
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Viernes, 12 de marzo de 2021

Reflexión a las lecturas del cuarto domingo de la Cuaresma B ofrecida por el sacerdote Don Juan Manuel Pérez Piñero bajo el epígrafe "ECOS DEL DÍA DEL SEÑOR"

Domingo 4º de Cuaresma

                                                                          

¡Nos alegramos este domingo porque se acerca la fiesta de Pascua! ¡La fiesta más importante del año!

San Juan XXIII llamó a la Iglesia “Madre y Maestra” en un documento memorable. Y eso lo constatamos siempre, también en este tiempo de Cuaresma: ¡Con cuánta preocupación, con cuánto cuidado y con cuánto acierto, nos prepara la Iglesia, día a día, para la celebrar la Pascua.

Este domingo nos invita a la alegría, porque esta gran solemnidad se acerca ya. Es el domingo que, desde antiguo, se llama “Laetare”,  “Alégrate”. Y la alegría se ve subrayada hoy a la luz de la Palabra de Dios que trata de poner delante de nuestros ojos, el amor inmenso, infinito, que Dios nos tiene.

Cuando uno lee despacio la Sagrada Escritura, siente verdadero asombro al contemplar el afán, el interés, tan grande de Dios por salvar al hombre, porque nos vaya bien, porque seamos felices…, hasta llegar a darnos a su Hijo Unigénito, no “para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él”, como escuchamos en el Evangelio de hoy.

Éste es el último eslabón y el más importante, de esa magnífica cadena de amor con la que el Señor nos “ata a su lado”. S. Alfonso pone en labios de Dios esta expresión: “Desde que existo, te amo”.

En la primera lectura contemplamos cómo, en medio de las infidelidades del pueblo, Dios le envía avisos por medio de sus mensajeros, los profetas, “porque tenía compasión de su pueblo y de su morada”, hasta que no hubo más remedio, y llega la dura experiencia del destierro de Babilonia; incluso, nos impresiona cómo Dios se vale de un rey pagano, Ciro, para su liberación y para animarle a reconstruir el templo de Jerusalén.

S. Pablo, en la segunda lectura, resume la historia del amor del Padre por nosotros diciendo que “Dios rico en misericordia, por el gran amor con que nos amó, estando nosotros muertos por los pecados, nos ha hecho vivir con Cristo -por pura gracia estáis salvados-, nos ha resucitado con Cristo Jesús y nos ha sentado en el Cielo con Él”. Y a continuación, lo especifica mejor diciendo: “y  esto no viene de vosotros: es don de Dios. Tampoco viene de las obras, para que nadie pueda presumir”.   

En otro lugar, el mismo Apóstol nos dice: “La prueba de que Dios nos ama es que, siendo nosotros todavía pecadores, Cristo murió por nosotros” (Rom 5, 8). Y este es el tema de aquella conversación memorable de Jesús con Nicodemo que nos presenta el Evangelio de este domingo.

En ella, Jesús le dice: “Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del Hombre, para que todo el que cree en Él, tenga vida eterna”.

¡Y a nosotros toca acoger “la vida eterna” que, iniciada en el tiempo, no termina jamás!

Y ésta llega a cada uno de nosotros por el Bautismo, que revivimos en la Cuaresma y  que vamos a renovar, con todo entusiasmo, la noche santa de la Pascua.

¡A esa grandeza y a esa dicha inmensa, nos ha llamado el Señor! Pero eso ¡no lo impone a la fuerza! Ya decía S. Agustín: “El que te creó sin ti, no te salvará sin ti”.

En concreto, se trata de hacer opción por la luz y no por las tinieblas como nos advierte el Señor en este texto. Y la historia de cada hombre es una lucha, a veces, muy viva y hasta dramática, entre la luz y las tinieblas que tiene repercusiones eternas.

El Señor nos advierte que no se trata sólo de pensar rectamente sino que la propia conducta influye en nuestro modo de pensar y actuar: “Todo el que obra mal detesta la luz y no se acerca a la luz para no verse acusado por sus obras. En cambio el que obra la verdad se acerca a la luz para que se vea que sus obras están hechas según Dios”.

En este sentido, recuerdo que, cuando, en otros tiempos, iba a visitar las escuelas de la parroquia, entre los “parvulitos”, había algunos niños, que se acercaban, contentos, a enseñarme algún dibujo... ¡Es que pensaban que les había salido bien y buscaban el reconocimiento!

Por eso hoy, al leer y comentar este texto, me acuerdo de “aquellos parvulitos”.

                                                            

                                                                                                            ¡FELIZ DÍA DEL SEÑOR!


Publicado por verdenaranja @ 13:48  | Espiritualidad
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DOMINGO IV DE CUARESMA B

MONICIONES 

 

PRIMERA LECTURA

                En estos domingos de Cuaresma, seguimos recordando las etapas principales del Antiguo Testamento. Hoy se nos recuerdan las circunstancias que rodearon el destierro de los judíos a Babilonia y el retorno a la tierra de Israel en tiempos de Ciro, rey de Persia. 

 

SALMO RESPONSORIAL

                El salmo es un bello cántico de lamentación en el destierro, lleno de añoranza por la patria que se ha dejado. 

 

SEGUNDA LECTURA

                San Pablo nos expone una de sus páginas-síntesis del cristianismo: Dios nos ama y nos salva por Jesucristo, no por nuestros méritos sino por su gran misericordia. Es necesario que practiquemos las buenas obras que Él nos ha enseñado. 

 

TERCERA LECTURA

                En la conversación con Nicodemo, Jesús le habla del amor inmenso del Padre que nos ha dado a su Hijo para que el mundo se salve por medio de Él. 

 

COMUNIÓN

                Nos acercamos a comulgar con la conciencia viva de que Dios nos ama: Él ha llegado hasta el extremo de enviarnos a su Hijo, que murió en la Cruz para salvarnos. Él nos invita ahora a recibir el Cuerpo de Cristo como alimento y fuerza para nuestra vida.

                               


Publicado por verdenaranja @ 13:44  | Liturgia
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Jueves, 11 de marzo de 2021

Desde la secretaría del obispado de Tenerife nos remiten  BENDICIÓN DE LOS PADRES  como sugerencia para el Día de San josé

 

RITOS INICIALES

 

El celebrante dice:

- En el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo.

Todos se santiguan y responden:

R/. Amén.

El ministro, si es sacerdote o diácono, saluda a los presentes, diciendo:

-         El Señor Jesús, nacido de María Virgen, esposa del justo José, esté siempre con todos vosotros.

Todos responden:

R/. Y con tu espíritu.

El celebrante invita a los presentes a recibir la bendición con esta monición:

Con alegría y gratitud dirigimos nuestra mirada al Dios Providente que eligió a san José como padre bueno y prudente para ser custodio solícito de Jesús y María. Pidamos en esta celebración por todos los padres de familia, para que teniendo como modelo a san José hagan de sus hogares un lugar propicio para el servicio y honra de Dios.

 

LECTURA DE LA PALABRA DE DIOS

Luego el lector, uno de los presentes o el mismo celebrante, lee este texto

Samuel [7, 4-5a. 12-14a. 16]

El Señor Dios le dará el trono de David, su padre

 

Escuchad, hermanos, las palabras del segundo libro de Samuel:

En aquellos días, recibió Natán la siguiente palabra del Señor:

-«Ve y dile a mi siervo David: “Esto dice el Señor: Cuando tus días se hayan cumplido y te acuestes con tus padres, afirmaré después de ti la descendencia que saldrá de tus entrañas, y consolidaré su realeza. Él construirá una casa para mi nombre, y yo consolidaré el trono de su realeza para siempre. Yo seré para él padre, y él será para mí hijo. Tu casa y tu reino durarán por siempre en mi presencia; tu trono permanecerá por siempre.”»

 

Palabra de Dios

Salmo responsorial: Sal 88, 2-3. 4-5. 27 y 29 (R.: 37)

 

R. Su linaje será perpetuo.

 

Cantaré eternamente las misericordias del Señor,

anunciaré tu fidelidad por todas las edades.

Porque dije: «Tu misericordia es un edificio eterno,

más que el cielo has afianzado tu fidelidad.»

 

R. Su linaje será perpetuo.

 

Sellé una alianza con mi elegido,

jurando a David, mi siervo:

«Te fundaré un linaje perpetuo,

edificaré tu trono para todas las edades.»

 

R. Su linaje será perpetuo.

 

Él me invocará: «Tú eres mi padre,

mi Dios, mi Roca salvadora.»

Le mantendré eternamente mi favor,

y mi alianza con él será estable.

 

R. Su linaje será perpetuo.

 

El celebrante, según las circunstancias, exhorta brevemente a los presentes, explicándoles la lectura bíblica, para que perciban por la fe el significado de la celebración.

 

PRECES

 

El celebrante invita a los presentes a elevar sus intenciones al Padre:

 

Poniendo nuestra confianza en el Dios Providente, que eligió a san José con una

vocación singular de padre en el hogar de Nazaret, supliquémosle diciendo:

 

R/. Da un corazón bueno y solícito a nuestros padres

 

Padre de bondad, que otorgaste el don de la prudencia a san José,

- concede a todos los padres este mismo don para que defiendan su familia

de todo peligro.

 

R/. Da un corazón bueno y solícito a nuestros padres

Padre de ternura, que concediste a san José un profundo espíritu de oración,

- haz que los padres procuren el silencio en su vida para que sean hombres

de recia vida interior.

 

R/. Da un corazón bueno y solícito a nuestros padres

 

Padre solícito, que en san José nos muestras este singular don,

- capacita a los padres para que siempre estén atentos a las necesidades

de cuerpo y alma de su esposa e hijos.

 

R/. Da un corazón bueno y solícito a nuestros padres

 

Padre providente, que en san José nos muestras un ejemplo de fidelidad

exquisita a tu voluntad,

- haz que los padres cumplan con este mismo celo su misión de educar

en cristianamente a sus hijos.

 

R/. Da un corazón bueno y solícito a nuestros padres

 

Padre de la sencillez, que otorgaste a san José la discreción y humildad,

- haz de nuestros padres vivan estas virtudes esenciales para la familia

y la sociedad.

 

R/. Da un corazón bueno y solícito a nuestros padres 

 

ORACIÓN DE BENDICIÓN

 

El celebrante con las manos extendidas dice la siguiente oración de bendición:

 

Padre de la vida, Señor de la historia,

que prometiste a tu siervo David

una descendencia salida de sus entrañas

y que, en José, hombre justo,

cumpliste tu palabra.

Te damos gracias por la vida de aquel

que pusiste al frente de tu familia

para que haciendo las veces de padre

cuidara a tu Hijo unigénito,

concebido por obra del Espíritu Santo

en las entrañas de María Virgen.

Te suplicamos te dignes bendecira estos padres,

para que sean hombres justos y prudentes,

solícitos y llenos de temor de Dios;

que brillen por una humilde discreta y un servicio constante;

que eduquen a sus hijos en tu suave Ley

y les enseñen a amar y cumplir tus mandatos;

que sean esposos fieles en los que sus hijos

encuentren un modelo de vida y entrega.

Acompaña siempre sus pasos y haz que

vivan unidos a tu corazón de Padre,

para que un día gocen de tu presencia en el hogar del Cielo.

 

Por Jesucristo nuestro Señor.

 

Todos responden:

 

R/. Amén.

 

CONCLUSIÓN DEL RITO

 

El celebrante bendice a los fieles con las manos extendidas

 

Dios misericordioso,

que en san José nos muestra su Corazón

paterno, colmado de bondad y solicitud,

os conceda por su Hijo la mejor de sus bendiciones

 

Todos responden:

R/. Amén.

 

El celebrante imparte la bendición:

Y la bendición de Dios Todopoderoso

Padre, Hijoy Espíritu Santo descienda sobre vosotros.

La alegría del Señor sea nuestra fuerza. Podéis ir en paz

 

Todos responden:

R. Demos gracias a Dios.

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Desde la secretaría del obispado de Tenerife nos remiten  Carta  del Obispo de San Cristóbal de La Laguna  (Tenerife – La Palma – La Gomera – El Hierro) con motivo dela festividad de San José.- San Cristóbal de La Laguna, 9 de marzo 2021

 

QUERIDOS HIJOS, HERMANOS Y AMIGOS SACERDOTES: 

Próxima a celebrarse ya la Festividad de San José, patrono de la Iglesia, de los Seminarios y de los padres, aparte de la carta habitual para el Día del Seminario, les escribo esta nota para poner de relieve algunos aspectos que como sacerdotes estamos llamados a tener en cuenta. 

En esta ocasión, la celebración viene remarcada por el hecho de que el Papa Francisco, con motivo de cumplirse -el pasado 8 de diciembre- los 150 años de la proclamación de San José como patrono de la Iglesia Católica, ha declarado 2021 como AÑO DE SAN JOSÉ. Por ello, este año, tanto el “Día del Seminario” como el “Día del Padre”, estamos llamados a darle un carácter abiertamente relacionado con la figura de San José, al que San Juan Pablo II llamó “Custodio del Redentor”.

Como hacemos en la fiesta de cualquier santo, el mejor modo de celebrar a San José es dando gracias a Dios por los dones con que lo enriqueció, aprendiendo del ejemplo de su vida, y apoyándonos en su intercesión. 

Particularmente, todos estamos llamados a imitar a San José en su misión de “custodio”. Él lo hizo, históricamente, con la familia de Nazaret y ahora, desde el cielo, de esta familia que es la Iglesia. Custodios han de ser los padres respecto de sus hijos, y custodios hemos de ser los sacerdotes en relación con los fieles a nuestro cargo, que no en vano nos dicen “padre”. Eso sí, siempre como ministros de la paternidad de Dios, que nos encomienda custodiar a sus hijos. 

«Siempre que nos encontremos en la condición de ejercer la paternidad, debemos recordar que nunca es un ejercicio de posesión, sino un “signo” que nos evoca una paternidad superior. En cierto sentido, todos nos encontramos en la condición de José: sombra del único Padre celestial, que “hace salir el sol sobre malos y buenos y manda la lluvia sobre justos e injustos”» (Papa Francisco). 

No debemos olvidarnos nunca que somos ministros (instrumentos) de Dios para la salvación del mundo. Por un libre designio de su voluntad ha querido incluirnos en su proyecto salvífico; sin nuestra libre y efectiva disponibilidad (“incondicionalidad”, nos enseñó D. Damián), sus planes pueden quedar frustrados. Además, como nos enseñó San Pablo VI: «Los hombres podrán salvarse por otros caminos, gracias a la misericordia de Dios, si nosotros no les anunciamos el Evangelio; pero ¿podremos nosotros salvarnos si por negligencia… omitimos anunciarlo? Porque eso significaría ser infieles a la llamada de Dios que, a través de los ministros del Evangelio, quiere hacer germinar la semilla; y de nosotros depende el que esa semilla se convierta en árbol y produzca fruto» (EN 80). 

En el Año Sacerdotal, Benedicto XVI no recordó que «cuando Dios decidió hacerse hombre en su Hijo, necesitaba el "sí" libre de una criatura suya. Dios no actúa contra nuestra libertad. Y sucede algo realmente extraordinario: Dios se hace dependiente de la libertad, del "sí" de una criatura suya; espera este "sí"» [12-8-2009].

Sin duda, en algo grandioso que Dios cuente con nosotros como contó con María y José, pero es también una gran responsabilidad. Tengamos siempre presente que nuestra vocación es un “precioso talento” que Dios nos ha dado y por medio del cual quiere hacer cosas grandes. Que, como San Pablo, cada uno podamos decir con verdad: «Por la gracia de Dios soy lo que soy, y su gracia para conmigo no se ha frustrado en mí» (1Cor. 15, 10). 

Para ayudarnos a vivir nuestra “vocación de custodios” a ejemplo de San José, contamos con magníficos documentos del Magisterio Pontificio, como “Redemptoris custos” de Juan Pablo II:

Redemptoris Custos (15 de agosto de 1989) | Juan Pablo II (vatican.va).

Más reciente es la carta del Papa Francisco, “Patris corde”, publicada con motivo de este 150 aniversario. Sin olvidarnos, además, que el propio Papa inició su pontificado el día de San José de 2013 y nos dejó una magnífica homilía sobre lo que significa custodiar. Ambos documentos son –por así decir- una guía para nuestro ministerio sacerdotal que todos estamos llamados a leer y asimilar personalmente. Se los adjunto para que lo tengan a mano y los puedan imprimir. 

También les adjunto un breve mensaje que hemos preparado los Obispos de la Comisión Episcopal para el Clero y Seminarios, dirigido a los sacerdotes y seminaristas. Asimismo, les pongo el enlace de la reflexión teológica preparada por la misma Comisión para el Día del Seminario, y que nos puede ayudar mucho.

Dia-Seminario-Reflexion-Teologica.pdf (conferenciaepiscopal.es). 

Finalmente, les añado el texto de una breve celebración que nos ofrece la Delegación Diocesana de Familia y Vida para bendecir a los padres. Una celebración que podemos hacer tanto estos días en torno al “Día del Padre”, como en cualquier otro momento, con motivo de un encuentro o reunión con padres. 

Queridos sacerdotes: Como nos dice el Papa Francisco en la Carta “Patris corde”, el objetivo de todo esto no es sino «que crezca el amor a este gran santo, para ser impulsados a implorar su intercesión e imitar sus virtudes, como también su resolución». 

Aprovechemos este tiempo de gracia y salvación, que el Señor nos concede mediante el AÑO DE SAN JOSÉ, para ponernos cada vez más a la altura de la vocación a la que hemos sido llamados. Es lo que deseo de todo corazón, para ustedes y para mí.

Con mi gratitud y afecto, de todo corazón les bendice, 

† Bernardo Álvarez Afonso

Obispo Nivariense


Desde Secretaria delobispado de Tenerife nos remiten  - HOMILÍA DEL SANTO PADRE FRANCISCO EN EL INICIO DE SU PONTIFICADO (Plaza de San Pedro, martes 19 de marzo de 2013 - Solemnidad de San José)

 

Queridos hermanos y hermanas

Doy gracias al Señor por poder celebrar esta Santa Misa de comienzo del ministerio petrino en la solemnidad de san José, esposo de la Virgen María y patrono de la Iglesia universal: es una coincidencia muy rica de significado, y es también el onomástico de mi venerado Predecesor: le estamos cercanos con la oración, llena de afecto y gratitud.

Saludo con afecto a los hermanos Cardenales y Obispos, a los presbíteros, diáconos, religiosos y religiosas y a todos los fieles laicos. Agradezco por su presencia a los representantes de las otras Iglesias y Comunidades eclesiales, así como a los representantes de la comunidad judía y otras comunidades religiosas. Dirijo un cordial saludo a los Jefes de Estado y de Gobierno, a las delegaciones oficiales de tantos países del mundo y al Cuerpo Diplomático.

Hemos escuchado en el Evangelio que «José hizo lo que el ángel del Señor le había mandado, y recibió a su mujer» (Mt 1,24). En estas palabras se encierra ya la misión que Dios confía a José, la de ser custos, custodio. Custodio ¿de quién? De María y Jesús; pero es una custodia que se alarga luego a la Iglesia, como ha señalado el beato Juan Pablo II: «Al igual que cuidó amorosamente a María y se dedicó con gozoso empeño a la educación de Jesucristo, también custodia y protege su cuerpo místico, la Iglesia, de la que la Virgen Santa es figura y modelo» (Exhort. ap. Redemptoris Custos, 1).

¿Cómo ejerce José esta custodia? Con discreción, con humildad, en silencio, pero con una presencia constante y una fidelidad total, aun cuando no comprende. Desde su matrimonio con María hasta el episodio de Jesús en el Templo de Jerusalén a los doce años, acompaña en todo momento con esmero y amor. Está junto a María, su esposa, tanto en los momentos serenos de la vida como en los difíciles, en el viaje a Belén para el censo y en las horas temblorosas y gozosas del parto; en el momento dramático de la huida a Egipto y en la afanosa búsqueda de su hijo en el Templo; y después en la vida cotidiana en la casa de Nazaret, en el taller donde enseñó el oficio a Jesús.

¿Cómo vive José su vocación como custodio de María, de Jesús, de la Iglesia? Con la atención constante a Dios, abierto a sus signos, disponible a su proyecto, y no tanto al propio; y eso es lo que Dios le pidió a David, como hemos escuchado en la primera Lectura: Dios no quiere una casa construida por el hombre, sino la fidelidad a su palabra, a su designio; y es Dios mismo quien construye la casa, pero de piedras vivas marcadas por su Espíritu. Y José es «custodio» porque sabe escuchar a Dios, se deja guiar por su voluntad, y precisamente por eso es más sensible aún a las personas que se le han confiado, sabe cómo leer con realismo los acontecimientos, está atento a lo que le rodea, y sabe tomar las decisiones más sensatas. En él, queridos amigos, vemos cómo se responde a la llamada de Dios, con disponibilidad, con prontitud; pero vemos también cuál es el centro de la vocación cristiana: Cristo. Guardemos a Cristo en nuestra vida, para guardar a los demás, para salvaguardar la creación.

Pero la vocación de custodiar no sólo nos atañe a nosotros, los cristianos, sino que tiene una dimensión que antecede y que es simplemente humana, corresponde a todos. Es custodiar toda la creación, la belleza de la creación, como se nos dice en el libro del Génesis y como nos muestra san Francisco de Asís: es tener respeto por todas las criaturas de Dios y por el entorno en el que vivimos. Es custodiar a la gente, el preocuparse por todos, por cada uno, con amor, especialmente por los niños, los ancianos, quienes son más frágiles y que a menudo se quedan en la periferia de nuestro corazón. Es preocuparse uno del otro en la familia: los cónyuges se guardan recíprocamente y luego, como padres, cuidan de los hijos, y con el tiempo, también los hijos se convertirán en cuidadores de sus padres. Es vivir con sinceridad las amistades, que son un recíproco protegerse en la confianza, en el respeto y en el bien. En el fondo, todo está confiado a la custodia del hombre, y es una responsabilidad que nos afecta a todos. Sed custodios de los dones de Dios.

Y cuando el hombre falla en esta responsabilidad, cuando no nos preocupamos por la creación y por los hermanos, entonces gana terreno la destrucción y el corazón se queda árido. Por desgracia, en todas las épocas de la historia existen «Herodes» que traman planes de muerte, destruyen y desfiguran el rostro del hombre y de la mujer.

Quisiera pedir, por favor, a todos los que ocupan puestos de responsabilidad en el ámbito económico, político o social, a todos los hombres y mujeres de buena voluntad: seamos «custodios» de la creación, del designio de Dios inscrito en la naturaleza, guardianes del otro, del medio ambiente; no dejemos que los signos de destrucción y de muerte acompañen el camino de este mundo nuestro. Pero, para «custodiar», también tenemos que cuidar de nosotros mismos. Recordemos que el odio, la envidia, la soberbia ensucian la vida. Custodiar quiere decir entonces vigilar sobre nuestros sentimientos, nuestro corazón, porque ahí es de donde salen las intenciones buenas y malas: las que construyen y las que destruyen. No debemos tener miedo de la bondad, más aún, ni siquiera de la ternura.

Y aquí añado entonces una ulterior anotación: el preocuparse, el custodiar, requiere bondad, pide ser vivido con ternura. En los Evangelios, san José aparece como un hombre fuerte y valiente, trabajador, pero en su alma se percibe una gran ternura, que no es la virtud de los débiles, sino más bien todo lo contrario: denota fortaleza de ánimo y capacidad de atención, de compasión, de verdadera apertura al otro, de amor. No debemos tener miedo de la bondad, de la ternura.

Hoy, junto a la fiesta de San José, celebramos el inicio del ministerio del nuevo Obispo de Roma, Sucesor de Pedro, que comporta también un poder. Ciertamente, Jesucristo ha dado un poder a Pedro, pero ¿de qué poder se trata? A las tres preguntas de Jesús a Pedro sobre el amor, sigue la triple invitación: Apacienta mis corderos, apacienta mis ovejas. Nunca olvidemos que el verdadero poder es el servicio, y que también el Papa, para ejercer el poder, debe entrar cada vez más en ese servicio que tiene su culmen luminoso en la cruz; debe poner sus ojos en el servicio humilde, concreto, rico de fe, de san José y, como él, abrir los brazos para custodiar a todo el Pueblo de Dios y acoger con afecto y ternura a toda la humanidad, especialmente a los más pobres, los más débiles, los más pequeños; eso que Mateo describe en el juicio final sobre la caridad: al hambriento, al sediento, al forastero, al desnudo, al enfermo, al encarcelado (cf. Mt 25,31-46). Sólo el que sirve con amor sabe custodiar.

En la segunda Lectura, san Pablo habla de Abraham, que «apoyado en la esperanza, creyó, contra toda esperanza» (Rm 4,18). Apoyado en la esperanza, contra toda esperanza. También hoy, ante tantos cúmulos de cielo gris, hemos de ver la luz de la esperanza y dar nosotros mismos esperanza. Custodiar la creación, cada hombre y cada mujer, con una mirada de ternura y de amor; es abrir un resquicio de luz en medio de tantas nubes; es llevar el calor de la esperanza. Y, para el creyente, para nosotros los cristianos, como Abraham, como san José, la esperanza que llevamos tiene el horizonte de Dios, que se nos ha abierto en Cristo, está fundada sobre la roca que es Dios.

Custodiar a Jesús con María, custodiar toda la creación, custodiar a todos, especialmente a los más pobres, custodiarnos a nosotros mismos; he aquí un servicio que el Obispo de Roma está llamado a desempeñar, pero al que todos estamos llamados, para hacer brillar la estrella de la esperanza: protejamos con amor lo que Dios nos ha dado.

Imploro la intercesión de la Virgen María, de san José, de los Apóstoles san Pedro y san Pablo, de san Francisco, para que el Espíritu Santo acompañe mi ministerio, y a todos vosotros os digo: Rezad por mí. Amén.


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Des la secretaría del obispado deTenerife nos envían  el sieguiente MENSAJE A LOS SACERDOTES Y SEMINARISTAS EN LA SOLEMNIDAD DE S. JOSÉ  (de la Comisión episcopal de Clero y Seminarios) 

            Queridos sacerdotes y seminaristas: 

         Celebramos durante todo este curso un Año jubilar dedicado a la figura de san José, teniendo como guía y marco la carta apostólica Patris corde del papa Francisco. Los obispos de la Comisión Episcopal para el Clero y los Seminarios queremos que la festividad de san José, patrón de los Seminarios y modelo para los sacerdotes, tenga una relevancia especial. Este año más si cabe, dadas las circunstancias tan atípicas que la humanidad entera está afrontando, como consecuencia de la pandemia que asola a todas las comunidades, especialmente entre los más pobres.

En estos momentos, la búsqueda de consuelo y orientación que anida en el corazón de cada hijo de la familia humana se convierte en un clamor que resuena en el corazón de la Iglesia Madre y que nosotros, como sacerdotes y vocacionados, tenemos la misión de elevar a Dios en nuestra plegaria litúrgica y personal. En nuestro ánimo de pastores, también nosotros vivimos momentos de oscuridad e incertidumbre. Por eso debemos confiar con especial intensidad en la intercesión de San José, que afrontó las dificultades de la vida con la humildad, la inteligencia y la valentía que brotan de un «corazón de padre», como nos ha recordado el Papa Francisco. Que él aliente el ánimo y renueve la esperanza teologal en el corazón de todos vosotros, presbíteros y seminaristas, especialmente encomendados a su patronazgo y discreta protección.

Necesitamos, en efecto, que los Seminarios fijen los ojos en el modelo de san José, para seguir aprendiendo de su pedagogía. Como el hogar de Nazaret, donde María gesta en su seno al Hijo de Dios y José lo educa paternalmente, preparando juntos su misión, el Seminario es el hogar donde se gesta y educa la misión del futuro presbiterio, al servicio de la Iglesia diocesana. El Seminario es realmente un presbiterio en gestación. Así, la presencia discreta y atenta de san José en cada comunidad formativa, al lado de María y en estrecha colaboración con el misterio de su maternidad, alentará nuestros esfuerzos por ofrecer a la Iglesia y al mundo los pastores misioneros según el corazón de Dios, que tanto necesita.

Queremos destacar tres rasgos de la pedagogía paterna de san José, e invitaros a meditar sobre ellos, para iluminar con su ayuda la educación y la renovación interior de la vocación que hemos recibido como sacerdotes en continua formación o en formación inicial.

  • San José asume, en primer lugar, la misión de actuar como representante de la paternidad de Dios. Respecto a Jesús, él ejerció una paternidad de representación, una paternidad de adopción. Pero, en el fondo, esta es la verdadera realización de la paternidad como imagen del único Padre, que es Dios. Por eso, cuando Jesús nos exhorta diciendo: «No llaméis padre vuestro a nadie en la tierra, porque uno solo es vuestro Padre, el del cielo» (Mt 23, 9), está reconociendo el altísimo valor de la paternidad de José, que fue en todo momento una pura transparencia y representación de la paternidad de Dios. Para nosotros, sacerdotes, ser padres debe significar representar al Padre celestial entre los hombres, adoptándolos como hijos y dándoles la firmeza que proviene de la fe en el Padre del Cielo.

El Seminario, tiempo de formación inicial de los futuros presbíteros, debe ser el lugar donde aprendemos el sentido del sacrificio de José, y nos eduquemos en la entrega total que conlleva vivir nuestra paternidad personal como testimonio de la única paternidad divina, garante de la humanidad del hombre. Aprendiendo a renunciar a toda posesión -del tipo que sea- sobre nuestros futuros “hijos”, respecto a nuestra labor pastoral, desde una paternidad espiritual que engendre libertades y despierte a todos a una vida plena, de entrega consciente, libre y alegre.

  • En segundo lugar, José desarrolla heroicamente sus cualidades vocacionales, especialmente la valentía, la humildad y la discreción, para proteger la vida de María y del futuro Mesías, en medio de un ambiente hostil. De huida en huida, de Belén a Egipto y de Egipto a Nazaret, José será emigrante y peregrino, y trabajará en la gestación de la misión futura de Jesús, haciendo todo lo posible por alejar de su familia la amenaza de la violencia y de la muerte, renunciando a toda comodidad y brillo personales, para valorar el anonimato, el escondimiento y la callada siembra a largo plazo. También nosotros, sacerdotes, debemos discernir los caminos pastorales de la siembra evangelizadora y huir de los peligros que se esconden en lo que el Papa Francisco ha venido en llamar la mundanidad espiritual.

El Seminario tendrá que ser, según el modelo de san José, la escuela de formación inicial en la que se enseñe el arte del discernimiento y la humildad, profundizando en el significado último de las cosas, en el valor del trabajo compartido con los hombres en la vida real, y con el corazón siempre abierto a crecer en el amor, en una peregrinación continua. Sin dejar morir la pasión misionera ni dejarse instalar en una vida individualista, acomodada y aferrada al presente, que busca tan solo sobrevivir, o protegerse con mil cosas para no tener que entregar la vida en el trabajo paciente de cada jornada. Nuestra misión es siempre ser ‘co-presbíteros’ en el cuerpo del presbiterio diocesano (1 Pe 5, 1), y el discernimiento comunitario debe abrirnos al amor y la confianza en Dios, y a la comunión con los hermanos sacerdotes y con las comunidades a las que se nos envía para servir.

  • Por último, José ejercerá también con gran sabiduría su labor pedagógica imprescindible como preparador inmediato de la misión pública de Jesús. En efecto, después de la etapa en la que el niño aprende de la madre el amor a la Palabra de Dios, a la oración y a una vida virtuosa, el adolescente y el joven pasa a los brazos del padre para aprender un oficio y habilitarse para la vida adulta. La providencia ha puesto a san José junto a Jesús para que aquel cuya humanidad habrá de ser ungida por el Espíritu Santo se habilite humana y espiritualmente, y desarrolle su capacidad de entrar en relación con las familias de los hijos de los hombres, tejiendo relaciones de corazón a corazón, en la misericordia ofrecida y la lucidez del amor maduro. Estas relaciones, bajo el aprendizaje de José, deben ser el fundamento de nuestra misión eclesial como presbíteros. Los apóstoles, enviados por Jesús, desde su relación de amistad con el Maestro, transmitieron con fidelidad su palabra, de persona a persona y de corazón a corazón, sembrando el Evangelio y la vida cristiana en las naciones evangelizadas que formarán la gran familia que es la Iglesia, siempre en salida y siempre en misión.

El Seminario debe dejarse marcar también por la herencia de san José, como preparador de la misión de Jesús y de la Iglesia. Los futuros sacerdotes, apóstoles de Jesús, con corazón misericordioso, deben entrar en el corazón de las casas, estar cerca de las personas, de los sufrimientos y las alegrías del Pueblo de Dios, para consolar y restablecer las relaciones de libertad y de amor que construyen la Iglesia, evitando y curando el mal de nuestro tiempo caracterizado por una regresión al individualismo, que dificulta la transmisión del Evangelio.

         Cuando estamos sufriendo el dolor y el cansancio de la pandemia, frente a la tentación de la caída en el desánimo y la desesperanza en nuestra vocación sacerdotal y nuestra entrega pastoral, se hace más urgente aún la reconstrucción del tejido evangelizador eclesial y la cercanía a todos. Y por ello debemos contar con la poderosa intercesión de María “madre de la esperanza” y dejando que José sea para nosotros el “padre de la memoria espiritual” y el ejemplo para nuestra dedicación a los hermanos.

Pedimos a santa María, Madre de los sacerdotes y de los seminaristas, que disponga nuestro espíritu para que colaboremos en la obra de la salvación. Que san José nos dé un corazón como el suyo, entregado a servir a Jesucristo, el Verbo Encarnado, y obtenga para todos los pastores la bendición del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.

¡Bendito seas san José,

testigo de la entrega de Dios en la tierra.

Bendito sea el Padre Eterno que te escogió.

Bendito sea el Hijo que te amó

y el Espíritu Santo que te santificó.

Bendita sea María que te amó! 

 

Marzo de 2021 

† Mons. Joan-Enric Vives, Arz.-ob. de Urgell, Presidente

† Mons. Jesús Vidal. Ob. aux. de Madrid, Vicepresidente

† Mons. Julián Barrio, Arz. de Santiago de Compostela

† Mons. Celso Morga, Arz. de Mérida-Badajoz

† Mons. Francisco Cerro, Arz. de Toledo y Primado

† Mons. Francisco Cases, Ob. emér. de Canarias

† Mons. Bernardo Álvarez, Obispo de Tenerife

† Mons. Gerardo Melgar, Ob. de Ciudad Real

† Mons. Eusebio Hernández OSA, Ob. de Tarazona

† Mons. Francisco Jesús Orozco, Ob. de Guadix

† Mons. Salvador Cristau, Ob. aux. de Terrassa

† Mons. Sebastián Chico, Ob. aux. de Cartagena

 

 


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Viernes, 05 de marzo de 2021

Reflexión a las lecturas del domingo tercero de Cuaresma B ofrecida por el sacerdote Don Juan Manuel Pérez Piñero bajo el epígrafe "ECOS DEL DÍA DEL SEÑOR"

Domingo 3º de Cuaresma 

¡Uno de los signos de la llegada del Mesías era la purificación del templo!

Los responsables de aquel lugar habían permitido que los peregrinos que venían a Jerusalén, tuvieran a su alcance animales para los sacrificios y las ofrendas y la posibilidad de cambiar sus monedas por las únicas que se admitían allí, “las monedas del templo”. Cuando Jesús llegó a Jerusalén y se encontró con esa situación, hizo un azote de cordeles y “los echó a todos del templo”.

Con frecuencia, no captamos la significación profunda que tiene este acontecimiento, que siempre nos impresiona y nos sobrecoge.  

Jesús sabía que aquel culto, con todas sus circunstancias, no era agradable al Padre y estaba a punto de terminar. Dentro de unos días, va a comenzar el culto nuevo: “en espíritu y en verdad”, como había dicho a la samaritana. (Jn 4, 23); y Él quiere profetizarlo con este hecho.

Es lógico que, enseguida, las autoridades del templo le pidieran un signo que le autorizara a obrar así. Jesús no se intimida ni se echa para atrás, sino que les señala el signo más importante de todos, el que lo ratifica y autentifica todo: su muerte y resurrección. Por eso les dice: “Destruid este templo, y en tres días lo levantaré”. Y el evangelista nos aclara que “Él hablaba del templo de su cuerpo”. Y cuando resucitó, los discípulos se acordaron de aquel signo profético “y dieron fe a la Escritura y a la palabra de Jesús”,

Los judíos esperaban que el Mesías construyera un templo nuevo. Helo aquí: la humanidad santísima del Señor Resucitado. El culto nuevo, por tanto, no estará centrado ya en el templo de Jerusalén, sino en el Cuerpo de Cristo, muerto y resucitado. Jesucristo es, por tanto, el lugar de acceso seguro a la Divinidad. En este culto el mismo Jesucristo es “Sacerdote, Víctima y Altar” (Pr. Pasc. V).

Y, en su ausencia visible, este culto es realizado a través de la Iglesia, que es su cuerpo, y, por lo mismo, templo del Dios vivo. Ahora ella, “columna y fundamento de la verdad” (1Tim 3, 23), es el único lugar de acceso al Padre, por Jesucristo, en el Espíritu Santo.

Por eso, no se puede decir tan ligeramente: “Cristo sí, la Iglesia, no”; es la Iglesia la que hace posible la presencia y la acción de Cristo en el mundo. Y tampoco podemos ir buscando una Iglesia perfecta, casi celestial, como si la Iglesia que conocemos, y a la que tenemos la dicha de pertenecer, hubiera perdido su autenticidad y su capacidad de santificar. ¡Eso es imposible porque Jesucristo es el único Sacerdote, el único que santifica! Los que llamamos sacerdotes somos ministros, partícipes del único Sacerdocio de Cristo, para servir, en su nombre, al pueblo cristiano. Por todo ello, ya el Vaticano II nos advirtió que esta Iglesia es santa, y, al mismo tiempo, necesitada siempre de renovación y reforma (L. G. 8). Y ésta tiene que comenzar por cada uno de nosotros. ¡Es este un tema apasionante!

Por tanto, en adelante, el culto cristiano, si quiere ser auténtico, tiene que ser expresión y alimento del culto interior, del culto que radica, por un lado, en el misterio pascual de Cristo, y, por otro, en el corazón del hombre que sólo Jesucristo conoce.

En este tiempo de Cuaresma nos preparamos para celebrar la Pascua, que es el grandioso acontecimiento de la destrucción-construcción del verdadero templo del Dios vivo. Y la mejor forma de hacerlo es haciéndonos conscientes de que cada uno de los cristianos hemos sido constituidos, por el bautismo, en verdaderos templos del Espíritu del Señor que habita en nosotros.                                                                                    

                                                                                ¡FELIZ DÍA DEL SEÑOR!


Publicado por verdenaranja @ 13:10  | Espiritualidad
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DOMINGO III DE CUARESMA B

MONICIONES 

 

 

PRIMERA LECTURA

                En el monte Sinaí, Dios hace alianza con su pueblo, liberado de la esclavitud de Egipto. El cumplimiento de los diez mandamientos es la garantía de su libertad y de su bienestar. Escuchemos la promulgación solemne de los diez mandamientos de la Ley de Dios. 

 

SALMO

Proclamemos en el salmo las grandezas de la Ley del Señor: “Sus manda-tos son rectos y alegran el corazón”. 

 

SEGUNDA LECTURA

                Frente a los judíos que exigen signos y a los griegos que buscan sabiduría, San Pablo predica a Jesucristo crucificado, fuerza y sabiduría de Dios para los que creen en Él.

                Escuchemos. 

 

TERCERA LECTURA

                Después de expulsar a los mercaderes del templo, Jesucristo anuncia proféticamente su Muerte y Resurrección, con la imagen de un templo, destruido y reconstruido. Será el comienzo de un Culto nuevo, en espíritu y verdad.

                Acojamos al Señor cantando. 

 

COMUNIÓN

                En la Comunión recibimos a Jesucristo, que ha muerto y ha resucitado por nosotros, y en la santa Misa actualiza este Misterio de muerte y de vida, de cruz y de resurrección

                Pidámosle que nos ayude a vivir siempre unidos a Él, mediante el cumpli-miento fiel de sus mandatos.


Publicado por verdenaranja @ 13:07  | Liturgia
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