Viernes, 09 de julio de 2021

Reflexión a las lecturas del domingo quince del Tiempo Ordinario B ofrecida por el sacerdote Don Juan Manuel Pérez Piñero bajo el epígrafe "ECOS DEL DÍA DEL SEÑOR"

Domingo 15 del T. Ordinario B   

 

Entre todos los discípulos, el Señor “eligió a doce para que estuvieran con Él y para enviarlos a predicar”. Así lo leemos en el Evangelio (Mc 3, 14). Jesús forma con ellos una comunidad que será el origen, el fundamento y el punto constante de referencia del nuevo pueblo de Dios, la Iglesia.

En el Evangelio de este domingo, S. Marcos nos presenta a Jesucristo que envía a los apóstoles, de dos en dos, con una serie de recomendaciones. Deben anunciar, fundamentalmente, que el Reino de Dios está cerca.

Y Cristo les da unos poderes sobrenaturales que son “las señales” del Reino”. San Marcos los resume todos con la expresión “dándoles autoridad sobre los espíritus inmundos”, que están en el origen de todo mal.

Cuando contemplamos esta escena del Evangelio, recordamos y revivimos la llamada que Jesús nos ha hecho a cada uno de nosotros para que estemos con Él y para que anunciemos la Buena Noticia del Reino por todas partes, con palabras y obras.

El fundamento de esta misión es el Bautismo y, sobre todo, la Confirmación. En efecto, por los sacramentos de Iniciación Cristiana nos incorporamos plenamente a la Iglesia, que sale todos los días, como los apóstoles, a predicar la conversión y a hacer el bien a todos, pues la Misión es el deber fundamental, la razón de ser de la Iglesia; y ella encuentra su gozo en anunciar el Evangelio a los pueblos, como escribía San Pablo VI. (Ev. N., 14).

Y, como miembros de esa Iglesia, cada uno tiene que ver si está cumpliendo esa misión o no; y,  en concreto, cómo, cuándo y dónde la cumple. Porque no se trata de un consejo sino de un mandato, un encargo que nos dio el Señor, como última recomendación de despedida, el día de la Ascensión: “Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la Creación” (Mc 16, 15).

Y cada uno tiene que cumplirla según su propia vocación. No es lo mismo la forma de cumplirla de un sacerdote o de un diácono, que la de una madre de familia. Ya nos advierte el Vaticano II que en la Iglesia hay “diversidad de ministerios, pero unidad de misión” (Ap. A. 2).

Nos dice el Evangelio de hoy que “ellos fueron a predicar la conversión, echaban muchos demonios, ungían con aceite a muchos enfermos, y los curaban”.

“¡Ellos fueron…!”

Y después de los apóstoles, han sido muchos los que también han ido y continúan yendo por todas partes, hasta los confines de la tierra. Cuando hay un conflicto en cualquier país del tercer mundo y los medios de comunicación dan las noticias, enseguida aparecen los misioneros que estaban allí desde hacía mucho tiempo, sin que ni nosotros ni el mundo de las comunicaciones lo supiera. Dios si lo sabía porque Él lo sabe todo. Y eso les bastaba a ellos.

En medio de la Iglesia Diocesana hay también muchos hombres y mujeres que se comprometen seriamente en las diversas tareas eclesiales.

Pero también han existido y existen muchísimos de los que se podría escribir: “Ellos no fueron”.

Y esa realidad ha traído unas consecuencias muy graves en el mundo, en el que hay tantos millones de hombres y mujeres que ni siquiera han oído hablar nunca de Jesucristo.

Y en los países de antigua tradición cristiana se ha descendido tanto en la vida cristiana, y particularmente, en el apostolado, que, por todas partes, se habla de la necesidad de una nueva evangelización.

¡La misión de la Iglesia constituye, por tanto, una llamada muy fuerte y urgente a todos y a cada uno; y es necesario tomar conciencia, cada vez más, de esta realidad, y  llevarla a la práctica, con el mejor espíritu!

“Ellos no fueron”. Que no se pueda decir ni escribir en el futuro, de ninguno de nosotros, como si se tratara de un nuevo evangelio: “Ellos no fueron”.

                                                                                                                      ¡FELIZ DÍA DEL SEÑOR!


Publicado por verdenaranja @ 12:31  | Espiritualidad
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