Viernes, 06 de agosto de 2021

Reflexión a las lecturas del domingo diecinueve del Tiempo Ordinario ofrecida por el sacerdote Don Juan Manuel Pérez Piñero bajo el epígrafe "ECOS DEL DÍA DEL SEÑOR"

Domingo 19º del T. Ordinario B

 

  Los que escuchan a Cristo se quedan en lo humano: ¿No es éste Jesús, el hijo de José? ¿No conocemos a su padre y a su madre? ¿Cómo dice ahora que ha bajado del Cielo?

  ¡Es el peligro que tenemos siempre! Con Jesucristo, con la fe cristiana, y en la vida de la Iglesia: ¡Rechazar los dones de Dios por la “envoltura humana” con que llegan hasta nosotros!

  Los que oyen a Jesús en Cafarnaúm tropezarán en la misma piedra que los de Nazaret y se quedarán sin el Pan de Vida. 

  Pero Jesucristo nos enseña este domingo algo muy importante, trascendental: “¡El que cree tiene vida eterna!”.

  ¡Esto es algo original de Jesucristo, algo exclusivo de la vida en Cristo! Porque si yo conozco a alguien importante, si le admiro, si le aprecio mucho, no puedo, sin embargo, recibir en mi interior nada que pertenezca a su ser, a su naturaleza humana. Aquello es algo puramente exterior, por grande e intenso que sea. Pero con Jesucristo sucede algo distinto: el que cree en Él, el que le sigue, cambia por dentro: ¡posee la misma vida de Dios! Así nos lo enseña San Juan: “Vino a su casa, y los suyos no le recibieron. Pero a cuantos le recibieron les da poder para ser hijos de Dios, a los que creen en su nombre” (Jn 1, 12).

En efecto, la fe nos lleva al Bautismo que es un nacimiento nuevo, que nos da una participación creada de la misma vida de Dios.

Y a esta vida nueva, ¿no habrá que cuidarla, que alimentarla, que hacerla crecer?

¡Se puede, incluso recuperar! Bien lo sabemos los cristianos.

¿Y para alimentarla, ¿dónde encontraremos la comida? ¿Cuál y cómo será ese alimento? ¿Dónde tendremos que ir a buscarlo? ¿A lo más alto de los cielos?

¡No, porque el Pan del Cielo ha bajado a la tierra! Es Jesús de Nazaret, el que habla en la sinagoga. Por eso, les dice: “Yo soy el Pan de la vida. Vuestros padres comieron en el desierto el maná y murieron. Éste es el pan que baja del Cielo, para que el hombre coma de él y no muera”. Y también: “El que coma de este Pan vivirá para siempre”.

No se puede confundir la muerte biológica con la muerte de la vida espiritual. Cuando un cristiano muere, no por eso, termina la vida de Dios en él. Son dos realidades distintas. Precisamente, porque tenemos la vida de Dios podemos entrar, después de la muerte, en el Cielo, que es la Casa de Dios y, por tanto, la Casa de los hijos de Dios. Lo que hace morir la vida de Dios en nosotros es sólo el pecado mortal.

El Pan de la Eucaristía, por tanto, no es un simple “pan bendito” que se reparte a todos los que quieran. No. Es la carne y la sangre de Cristo que sólo puede recibir el que tiene la vida de Dios en él, es decir, el que está en gracia de Dios. El que no tiene la vida divina porque la ha perdido por el pecado, ¿qué va a alimentar? ¿Una vida divina que no existe? No puede entonces recibir la Comunión por ningún concepto. Sería comer el Cuerpo de Cristo indignamente como enseña San Pablo y se hace uno reo del Cuerpo y de la Sangre del Señor (1Cor, 11, 30).

¡En todo el universo no hay un alimento más grande y más importante que éste que nos llena de Dios y nos transforma en Cristo!

Si aquel pan misterioso que comió Elías fue suficiente para caminar cuarenta días y cuarenta noches hasta el Monte de Dios, como escuchamos en la primera lectura, ¡cuánta mayor fuerza no recibirá el que se alimenta con Cristo, Pan de vida! Ya San Juan Crisóstomo exclamaba: “Salimos de esa Mesa como leones espirando llamas, haciéndonos temibles hasta el mismo diablo”.

Esta es la fuerza que necesitamos para construir cada día, desde nuestro entorno, “la civilización del amor” como decía San Pablo VI; y para que no entristecer al Espíritu Santo con nuestra conducta como nos enseña S. Pablo en la segunda lectura de hoy.

Si no, ¿en qué se va a notar que somos cristianos?

                                                                                                  ¡FELIZ DÍA DEL SEÑOR!


Publicado por verdenaranja @ 13:46  | Espiritualidad
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