Viernes, 13 de agosto de 2021

Reflexión a las lecturas de la fiesta dela Asunción de la Virgen ofrecida por el sacerdote Don Juan Manuel Pérez Piñero bajo el epígrafe "ECOS DEL DÍA DEL SEÑOR"         

La Asunción de la Virgen María

 

Siempre se había celebrado entre nosotros la fiesta de la Candelaria en su día propio, que es el 2 de febrero, en el que la Liturgia de la Iglesia señala la Presentación del Señor y la Purificación de María, que en Canarias es solemnidad porque se trata de la Patrona de las Islas.

Pero, desde antiguo, tuvo que buscarse una fiesta en el verano, debido, sobre todo, a la dificultad de peregrinar a Candelaria en invierno; y nuestros antepasados eligieron este día en que celebramos, con toda la Iglesia, la Asunción de la Virgen María en cuerpo y alma al Cielo.

Por eso, la fiesta de la Candelaria del verano nos trae el mensaje hermoso, alegre y esperanzador de la Asunción.

Constituye como un aire fresco que acaricia nuestro rostro herido por el drama del sufrimiento y de la muerte que todos los días nos golpea, especialmente, en este tiempo de epidemia que parece que no termina.

Esta fiesta viene a confirmar nuestra fe, nuestra certeza, sobre nuestra victoria definitiva sobre la muerte: “Si por un hombre vino la muerte, por un hombre ha venido la resurrección”, dice la segunda lectura. Y añade el apóstol: “Pero cada uno en su puesto: primero Cristo, como primicia, después, cuando Él vuelva, todos los que son de Cristo”.

En la Asunción de María no tratamos, por tanto, de una ilusión, de una imaginación o de ciencia ficción. Se trata de lo que nos enseña la Palabra de Dios que podemos encontrar en la Sagrada Escritura y en la Tradición Apostólica, que también contiene la Palabra de Dios. Y por eso, la Pascua de María que celebramos este día, es un dato fundamental de nuestra fe como declaró, de modo solemne, el Papa Pío XII el 1 de noviembre de 1950.

Entonces ¿qué es lo que celebramos en esta fiesta tan grande? Sencillamente, que la Virgen María no ha tenido que esperar como nosotros, hasta la Segunda Venida del Señor, para ser glorificada, sino que, terminada su vida en la tierra, ha sido llevada en cuerpo y alma al Cielo.

Fue el Vaticano II el que nos enseñó que la Iglesia “contempla con gozo, en ella, como en una imagen purísima, aquello que ella misma, toda entera, desea y espera ser” (S. Conc. 103).

Hoy es, por tanto, un día en el que experimentamos la dicha de creer: “Dichosa tú que has creído, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá”, escuchamos en el Evangelio de este día.

En esta solemnidad comprendemos, de un modo especial, la necesidad de conservar y acrecentar nuestra fe y también de transmitirla a todos; y recordamos, particularmente, a tantos que por no haber llegado a la fe, lloran ante la muerte como gente sin esperanza. (1 Tes. 4, 12).

Cuántas gracias debemos dar hoy al Señor, que nos concede un destino tan glorioso y eterno después de las vicisitudes de esta vida, si acertamos a seguir a Jesucristo con toda fidelidad.

Estos domingos en los que estamos escuchando y reflexionando sobre el Discurso del Pan de Vida del Evangelio de San Juan, podemos recordar aquellas palabras del Señor: “El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo le resucitaré en el último día” (Jn 6, 54).

La Iglesia, que peregrina rumbo a una eternidad gloriosa, levanta hoy los ojos a María que resplandece como modelo de virtudes para toda la comunidad de los elegidos (L. G. 65). Ella, “asunta al Cielo, no ha olvidado su función salvadora, sino que continúa procurándonos, con su múltiple intercesión, los dones de la salvación eterna. Con amor de Madre cuida de los hermanos de su Hijo, que todavía peregrinan y viven entre angustias y peligros, hasta que lleguen a la patria feliz” (L. G. 62).

Esta condición gloriosa de María, a la que alude la primera lectura, la contemplamos representada en la mayoría de sus imágenes, como, por ejemplo, en la de Candelaria. No en vano se nos presenta con una corona en su cabeza, rodeada de doce estrellas, con un manto enriquecido con prendas, con la luna bajo sus pies, en un trono lleno de luces y flores; y la aclamamos diciendo al Señor: “De pie a tu derecha está la Reina, enjoyada con oro de Ofir”.

Toda esta grandeza ha de tener su repercusión en nuestra vida de cada día, como nos enseña San Pablo: “Os anima a esto lo que Dios os tiene reservado en los Cielos” (Col 1, 5).

Me parece que aquellos antepasados nuestros que eligieron este día para la fiesta de verano de la Virgen de Candelaria, acertaron plenamente.                  

                                                                                                       ¡FELIZ DÍA DEL SEÑOR!


Publicado por verdenaranja @ 17:32  | Espiritualidad
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