Viernes, 17 de septiembre de 2021

Reflexión a las lecturas del domingo veinticinco del Tiempo Ordinario b  ofrecida por el sacerdote Don Juan Manuel Pérez Piñero bajo el epígrafe "ECOS DEL DÍA DEL SEÑOR"

Domingo 25º del T. Ordinario B

 

Lógico que los apóstoles se quedaran callados, “azorrados”, cuando Jesús les pregunta de qué discutían por el camino. Mientras Él les hablaba de sufrimientos, de cruz y de muerte, ellos discutían sobre su tema favorito: ¿quién era el más importante en el nuevo reino?

El Evangelio de este domingo nos dice, en efecto, que Jesús y sus discípulos atravesaban Galilea; no quería que nadie se enterase porque iba instruyendo a sus discípulos sobre su Pasión, Muerte y Resurrección; pero ellos no entendían nada y les daba miedo preguntarle. Por eso, dejan aquello y se dedican a discutir quién va a ser el más importante en el reino.

Pero Cristo no destruye aquel afán, aquel deseo, sino que les señala el verdadero camino para conseguirlo: “Quien quiera ser  el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos”.

¡Y esta enseñanza del Evangelio es siempre actual!

También hoy estamos envueltos por la mentalidad de ser gente importante en la vida social, económica y política; y también, tantas veces, en la vida de la Iglesia. E, incluso, en la vida familiar. “¡Que me sirvan!” podría ser el objetivo fundamental.

¡Parece que se ha instalado en todas partes la ley del más fuerte!

Jesucristo coge un niño, signo de lo pobre, débil y puro, lo coloca entre los discípulos, y lo abraza para enseñarnos el verdadero camino para ser grandes e importantes.

Y también es verdad que, a cada paso, encontramos a muchos hombres y mujeres, que han hecho de su vida un don, un servicio, por amor a Dios y a los hermanos.

¡Y, de algún modo, este espíritu siempre ha estado en el corazón de la Iglesia!

Recuerdo que, cuando era pequeño, nos enseñaban que si nos preguntaban nuestro nombre, teníamos que añadir: “para servirle a Dios y a usted”. Y también que cuando en una conversación, nos refiriésemos a nosotros mismos, no debíamos decir “yo” sino “un servidor”. Es la influencia del espíritu cristiano, que constatamos con frecuencia, en nuestra cultura y en nuestras costumbres.

¡Y esto está al alcance de todos!

Si nos dijeran que para ser grandes e importantes, “para ser el primero”, tendríamos que ser sabios, ricos o famosos, no todos podríamos aspirar a ese ideal. Pero si lo que se nos pide es servir, ¡ah!, eso puede aprenderse con cierta facilidad; especialmente, en un mundo, como el nuestro, lleno de necesidades de todo tipo. ¡Se trata de proponérselo con la ayuda de Dios!

Y Jesucristo es el prototipo de este estilo de vida: Él ha venido a servir y a dar su vida en rescate por todos.

¡Esto es difícil como actitud constante, pero llena el corazón de alegría!

La segunda lectura nos presenta el peligro que supone, para la vida de la comunidad cristiana el otro espíritu: “Donde hay envidia y rivalidad, hay turbulencia y toda clase de malas acciones…”

Ahora, que comienza el curso, qué importante sería que nos propusiéramos, como tarea aquel ideal: “El último de todos y el servidor de todos”. Éste era el lema episcopal de D. Damián Iguacen, uno de nuestros obispos.

Llegaríamos entonces hasta sentir vergüenza de pretender para nosotros un camino distinto del que eligió para sí  Jesucristo, Nuestro Señor y Salvador.

 

                                                                                                  ¡FELIZ DÍA DEL SEÑOR!


Publicado por verdenaranja @ 18:22  | Espiritualidad
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