Lunes, 27 de diciembre de 2021

CARTA DEL SANTO PADRE FRANCISCO A LOS MATRIMONIOS CON OCASIÓN DEL AÑO “FAMILIA AMORIS LAETITIA”

 

Queridos esposos y esposas de todo el mundo:

 

Con ocasión del Año “Familia Amoris laetitia”, me acerco a ustedes para expresarles todo mi afecto y cercanía en este tiempo tan especial que estamos viviendo. Siempre he tenido presente a las familias en mis oraciones, pero más aún durante la pandemia, que ha probado duramente a todos, especialmente a los más vulnerables. El momento que estamos pasando me lleva a acercarme con humildad, cariño y acogida a cada persona, a cada matrimonio y a cada familia en las situaciones que estén experimentando.

Este contexto particular nos invita a hacer vida las palabras con las que el Señor llama a Abrahán a salir de su patria y de la casa de su padre hacia una tierra desconocida que Él mismo le mostrará (cf. Gn 12,1). También nosotros hemos vivido más que nunca la incertidumbre, la soledad, la pérdida de seres queridos y nos hemos visto impulsados a salir de nuestras seguridades, de nuestros espacios de “control”, de nuestras propias maneras de hacer las cosas, de nuestras apetencias, para atender no sólo al bien de la propia familia, sino además al de la sociedad, que también depende de nuestros comportamientos personales.

La relación con Dios nos moldea, nos acompaña y nos moviliza como personas y, en última instancia, nos ayuda a “salir de nuestra tierra”, en muchas ocasiones con cierto respeto e incluso miedo a lo desconocido, pero desde nuestra fe cristiana sabemos que no estamos solos ya que Dios está en nosotros, con nosotros y entre nosotros: en la familia, en el barrio, en el lugar de trabajo o estudio, en la ciudad que habitamos.

Como Abrahán, cada uno de los esposos sale de su tierra desde el momento en que, sintiendo la llamada al amor conyugal, decide entregarse al otro sin reservas. Así, ya el noviazgo implica salir de la propia tierra, porque supone transitar juntos el camino que conduce al matrimonio. Las distintas situaciones de la vida: el paso de los días, la llegada de los hijos, el trabajo, las enfermedades son circunstancias en las que el compromiso que adquirieron el uno con el otro hace que cada uno tenga que abandonar las propias inercias, certidumbres, zonas de confort y salir hacia la tierra que Dios les promete: ser dos en Cristo, dos en uno. Una única vida, un “nosotros” en la comunión del amor con Jesús, vivo y presente en cada momento de su existencia. Dios los acompaña, los ama incondicionalmente. ¡No están solos!

Queridos esposos, sepan que sus hijos —y especialmente los jóvenes— los observan con atención y buscan en ustedes el testimonio de un amor fuerte y confiable. «¡Qué importante es que los jóvenes vean con sus propios ojos el amor de Cristo vivo y presente en el amor de los matrimonios, que testimonian con su vida concreta que el amor para siempre es posible!».[1] Los hijos son un regalo, siempre, cambian la historia de cada familia. Están sedientos de amor, de reconocimiento, de estima y de confianza. La paternidad y la maternidad los llaman a ser generativos para dar a sus hijos el gozo de descubrirse hijos de Dios, hijos de un Padre que ya desde el primer instante los ha amado tiernamente y los lleva de la mano cada día. Este descubrimiento puede dar a sus hijos la fe y la capacidad de confiar en Dios.

Ciertamente, educar a los hijos no es nada fácil. Pero no olvidemos que ellos también nos educan. El primer ámbito de la educación sigue siendo la familia, en los pequeños gestos que son más elocuentes que las palabras. Educar es ante todo acompañar los procesos de crecimiento, es estar presentes de muchas maneras, de tal modo que los hijos puedan contar con sus padres en todo momento. El educador es una persona que “genera” en sentido espiritual y, sobre todo, que “se juega” poniéndose en relación. Como padre y madre es importante relacionarse con sus hijos a partir de una autoridad ganada día tras día. Ellos necesitan una seguridad que los ayude a experimentar la confianza en ustedes, en la belleza de sus vidas, en la certeza de no estar nunca solos, pase lo que pase.

Por otra parte, y como ya he señalado, la conciencia de la identidad y la misión de los laicos en la Iglesia y en la sociedad ha aumentado. Ustedes tienen la misión de transformar la sociedad con su presencia en el mundo del trabajo y hacer que se tengan en cuenta las necesidades de las familias.

También los matrimonios deben “primerear”[2] dentro de la comunidad parroquial y diocesana con sus iniciativas y su creatividad, buscando la complementariedad de los carismas y vocaciones como expresión de la comunión eclesial; en particular, los «cónyuges junto a los pastores, para caminar con otras familias, para ayudar a los más débiles, para anunciar que, también en las dificultades, Cristo se hace presente».[3]

Por tanto, los exhorto, queridos esposos, a participar en la Iglesia, especialmente en la pastoral familiar. Porque «la corresponsabilidad en la misión llama […] a los matrimonios y a los ministros ordenados, especialmente a los obispos, a cooperar de manera fecunda en el cuidado y la custodia de las Iglesias domésticas».[4] Recuerden que la familia es la «célula básica de la sociedad» (Exhort. ap. Evangelii gaudium, 66). El matrimonio es realmente un proyecto de construcción de la «cultura del encuentro» (Carta enc. Fratelli tutti, 216). Es por ello que las familias tienen el desafío de tender puentes entre las generaciones para la transmisión de los valores que conforman la humanidad. Se necesita una nueva creatividad para expresar en los desafíos actuales los valores que nos constituyen como pueblo en nuestras sociedades y en la Iglesia, Pueblo de Dios.

La vocación al matrimonio es una llamada a conducir un barco incierto - pero seguro por la realidad del sacramento - en un mar a veces agitado. Cuántas veces, como los apóstoles, sienten ganas de decir o, mejor dicho, de gritar: «¡Maestro! ¿No te importa que perezcamos?» (Mc 4,38). No olvidemos que a través del sacramento del matrimonio Jesús está presente en esa barca. Él se preocupa por ustedes, permanece con ustedes en todo momento en el vaivén de la barca agitada por el mar. En otro pasaje del Evangelio, en medio de las dificultades, los discípulos ven que Jesús se acerca en medio de la tormenta y lo reciben en la barca; así también ustedes, cuando la tormenta arrecia, dejen subir a Jesús en su barca, porque cuando subió «donde estaban ellos, […] cesó el viento» (Mc 6,51). Es importante que juntos mantengan la mirada fija en Jesús. Sólo así encontrarán la paz, superarán los conflictos y encontrarán soluciones a muchos de sus problemas. No porque estos vayan a desaparecer, sino porque podrán verlos desde otra perspectiva.

Sólo abandonándose en las manos del Señor podrán vivir lo que parece imposible. El camino es reconocer la propia fragilidad y la impotencia que experimentan ante tantas situaciones que los rodean, pero al mismo tiempo tener la certeza de que de ese modo la fuerza de Cristo se manifiesta en su debilidad (cf. 2 Co 12,9). Fue justo en medio de una tormenta que los apóstoles llegaron a conocer la realeza y divinidad de Jesús, y aprendieron a confiar en Él.

A la luz de estos pasajes bíblicos, quisiera aprovechar para reflexionar sobre algunas dificultades y oportunidades que han vivido las familias en este tiempo de pandemia. Por ejemplo, aumentó el tiempo de estar juntos, y esto ha sido una oportunidad única para cultivar el diálogo en familia. Claro que esto requiere un especial ejercicio de paciencia, no es fácil estar juntos toda la jornada cuando en la misma casa se tiene que trabajar, estudiar, recrearse y descansar. Que el cansancio no les gane, que la fuerza del amor los anime para mirar más al otro —al cónyuge, a los hijos— que a la propia fatiga. Recuerden lo que les escribí en Amoris laetitia retomando el himno paulino de la caridad (cf. nn. 90-119). Pidan este don con insistencia a la Sagrada Familia, vuelvan a leer el elogio de la caridad para que sea ella la que inspire sus decisiones y acciones (cf. Rm 8,15; Ga 4,6).

De este modo, estar juntos no será una penitencia sino un refugio en medio de las tormentas. Que el hogar sea un lugar de acogida y de comprensión. Guarden en su corazón el consejo a los novios que expresé con las tres palabras: «permiso, gracias, perdón».[5] Y cuando surja algún conflicto, «nunca terminar el día en familia sin hacer las paces».[6] No se avergüencen de arrodillarse juntos ante Jesús en la Eucaristía para encontrar momentos de paz y una mirada mutua hecha de ternura y bondad. O de tomar la mano del otro, cuando esté un poco enojado, para arrancarle una sonrisa cómplice. Hacer quizás una breve oración, recitada en voz alta juntos, antes de dormirse por la noche, con Jesús presente entre ustedes.

Sin embargo, para algunos matrimonios la convivencia a la que se han visto forzados durante la cuarentena ha sido especialmente difícil. Los problemas que ya existían se agravaron, generando conflictos que muchas veces se han vuelto casi insoportables. Muchos han vivido incluso la ruptura de un matrimonio que venía sobrellevando una crisis que no se supo o no se pudo superar. A estas personas también quiero expresarles mi cercanía y mi afecto.

La ruptura de una relación conyugal genera mucho sufrimiento debido a la decepción de tantas ilusiones; la falta de entendimiento provoca discusiones y heridas no fáciles de reparar. Tampoco a los hijos es posible ahorrarles el sufrimiento de ver que sus padres ya no están juntos. Aun así, no dejen de buscar ayuda para que los conflictos puedan superarse de alguna manera y no causen aún más dolor entre ustedes y a sus hijos. El Señor Jesús, en su misericordia infinita, les inspirará el modo de seguir adelante en medio de tantas dificultades y aflicciones. No dejen de invocarlo y de buscar en Él un refugio, una luz para el camino, y en la comunidad eclesial una «casa paterna donde hay lugar para cada uno con su vida a cuestas» (Exhort. ap. Evangelii gaudium, 47).

Recuerden que el perdón sana toda herida. Perdonarse mutuamente es el resultado de una decisión interior que madura en la oración, en la relación con Dios, como don que brota de la gracia con la que Cristo llena a la pareja cuando lo dejan actuar, cuando se dirigen a Él. Cristo “habita” en su matrimonio y espera que le abran sus corazones para sostenerlos con el poder de su amor, como a los discípulos en la barca. Nuestro amor humano es débil, necesita de la fuerza del amor fiel de Jesús. Con Él pueden de veras construir la «casa sobre roca» (Mt 7,24).

A este propósito, permítanme que dirija una palabra a los jóvenes que se preparan al matrimonio. Si antes de la pandemia para los novios era difícil proyectar un futuro cuando era arduo encontrar un trabajo estable, ahora aumenta aún más la situación de incerteza laboral. Por ello invito a los novios a no desanimarse, a tener la “valentía creativa” que tuvo san José, cuya memoria he querido honrar en este Año dedicado a él. Así también ustedes, cuando se trate de afrontar el camino del matrimonio, aun teniendo pocos medios, confíen siempre en la Providencia, ya que «a veces las dificultades son precisamente las que sacan a relucir recursos en cada uno de nosotros que ni siquiera pensábamos tener» (Carta ap. Patris corde, 5). No duden en apoyarse en sus propias familias y en sus amistades, en la comunidad eclesial, en la parroquia, para vivir la vida conyugal y familiar aprendiendo de aquellos que ya han transitado el camino que ustedes están comenzando.

Antes de despedirme, quiero enviar un saludo especial a los abuelos y las abuelas que durante el tiempo de aislamiento se vieron privados de ver y estar con sus nietos, a las personas mayores que sufrieron de manera aún más radical la soledad. La familia no puede prescindir de los abuelos, ellos son la memoria viviente de la humanidad, «esta memoria puede ayudar a construir un mundo más humano, más acogedor».[7]

Que san José inspire en todas las familias la valentía creativa, tan necesaria en este cambio de época que estamos viviendo, y Nuestra Señora acompañe en sus matrimonios la gestación de la “cultura del encuentro”, tan urgente para superar las adversidades y oposiciones que oscurecen nuestro tiempo. Los numerosos desafíos no pueden robar el gozo de quienes saben que están caminando con el Señor. Vivan intensamente su vocación. No dejen que un semblante triste transforme sus rostros. Su cónyuge necesita de su sonrisa. Sus hijos necesitan de sus miradas que los alienten. Los pastores y las otras familias necesitan de su presencia y alegría: ¡la alegría que viene del Señor!

Me despido con cariño animándolos a seguir viviendo la misión que Jesús nos ha encomendado, perseverando en la oración y «en la fracción del pan» (Hch 2,42).

Y por favor, no se olviden de rezar por mí, yo lo hago todos los días por ustedes.

Fraternalmente,

FRANCISCO

Roma, San Juan de Letrán, 26 de diciembre de 2021, Fiesta de la Sagrada Familia.

_______________________

[1] Videomensaje a los participantes en el Foro «¿Hasta dónde hemos llegado con Amoris laetitia (9 junio 2021).

[2] Cfr Exhort. ap. Evangelii gaudium, 24.

[3] Videomensaje a los participantes en el Foro «¿Hasta dónde hemos llegado con Amoris laetitia (9 junio 2021).

[4] Ibíd.

[5] Discurso a las familias del mundo con ocasión de su peregrinación a Roma en el Año de la Fe (26 octubre 2013); cf. Exhort. ap. postsin. Amoris laetitia, 133.

[6] Catequesis del 13 de mayo de 2015. Cf. Exhort. ap. postsin. Amoris laetitia, 104.

[7] Mensaje con ocasión de la I Jornada Mundial de los Abuelos y de los Mayores “Yo estoy contigo todos los días” (31 mayo 2021).


Publicado por verdenaranja @ 19:42  | Habla el Papa
 | Enviar
Jueves, 23 de diciembre de 2021

Maxance AVRIAL. Association Hozana nos participa del siguiente artículo:

¡Oremos con los poemas de algunos Santos del Carmelo!

 

La práctica de la oración y la contemplación permite a los carmelitas desarrollar una riqueza espiritual bastante profunda, y algunos de ellos comparten su belleza interior con nosotros a través de sus escritos, por lo cual no es de extrañarse que, con el pasar de los años, se haya consolidado una tradición poética admirable en el Carmelo, y que varios santos y santas carmelitas, también sean grandes poetas. De hecho, algunos de ellos nos invitan a sentir el goce de encontrarse con Dios y contemplar su presencia por medio de sus poemas:

-Meditemos con Santa Teresa de Ávila, quien, con estos cortos versos de su poema Alma, buscarte has en Mí, nos motiva a tener un tiempo de recogimiento e intimidad con Cristo, ese ser especial que habita en nuestro interior:

“Y si acaso no supieres dónde me hallarás a Mí, no andes de aquí para allí, sino, si hallarme

quisieres, a mí buscarme has en ti.

Porque tú eres mi aposento, eres mi casa y morada, y así llamo en cualquier tiempo, si hallo en tu pensamiento estar la puerta cerrada.”


-Contemplemos a Dios con San Juan de la Cruz y su Cántico Espiritual, el cual nos hace un llamado a mirar el mundo con los ojos amorosos de Cristo, y a darnos cuenta de que la belleza nos habla de Dios:

“Mil gracias derramando,

pasó por estos sotos con presura,

y yéndolos mirando,

con sola su figura

vestidos los dejó de hermosura”


- Disfrutemos el presente con Santa Teresita del Niño Jesús y su poema Mi canto de hoy, en el cual nos invita a saborear ese maravilloso momento que tenemos con Dios HOY:

“Mi vida es un instante, una efímera hora,

momento que se evade y que huye veloz.

Para amarte, Dios mío, en esta pobre tierra

no tengo más que un día:

¡sólo el día de hoy!”

- Sintamos el soplo del Espíritu con Edith Stein, Santa Teresa Benedicta de la Cruz, quien nos invita a meditar sobre el actuar amoroso del Espíritu Santo en nuestras vidas a través de su poema ¿Quién eres tú, dulce luz?:

“¿Quién eres tú, dulce luz que me llenas

e iluminas la oscuridad de mi corazón?

Tú, más cercano a mí que yo misma

y más íntimo que mi intimidad,

y aún inalcanzable e incomprensible,

y que todo nombre haces renacer:

Espíritu Santo, ¡Amor Eterno!”

Entonces, ¿te animas a comenzar este año orando con los poemas del Carmelo?


 | Enviar
Domingo, 19 de diciembre de 2021

Reflexión a las lecturas del domigno cuarto de Adviento ofrecida por el sacerdote Don Juan Manuel Pérez Piñero bajo el epígrafe "ECOS DEL DÍA DEL SEÑOR"

Domingo 4º de Adviento C

 

      ¡Estamos a las puertas de la Navidad!

Por el camino del Adviento, hemos sido acompañados por algunos personajes de la Historia Santa, que nos han ayudado en nuestra preparación, y que se convierten en “los iconos” de este Tiempo: Los profetas, particularmente, Isaías, el profeta de la esperanza, Juan el Bautista,  y  la Virgen María, especialmente, en su Concepción Inmaculada.

El cuarto domingo centramos nuestra atención, cada año, en la Maternidad Divina de María.

¡Qué bien celebraríamos la Navidad de la mano de la Virgen María, tratando de hacer nuestros sus pensamientos y sentimientos inefables,  y su modo peculiar de vivir los distintos acontecimientos que celebramos!

El Evangelio de hoy nos presenta la escena magnífica de la  Visitación de María a su prima Isabel: “Por aquellos días, María se puso en camino y fue aprisa a la montaña, a un pueblo de Judá; entró en casa de Zacarías, y saludó a Isabel”.

¡Qué provechoso sería contemplar a la Virgen de camino, llevando a Cristo en su seno! “¡Ah, qué procesión del Corpus la que se inició aquel día!”, dice un himno de Corpus.

¡En ella llegan a su cumplimiento las promesas de la Historia de la Salvación!

¡Ella centra y encierra  los anhelos, las ilusiones y las esperanzas de todos los hombres, sedientos de salvación… de todos los pueblos, de todos los tiempos. ¡Ella es, en efecto, “la Madre del Enmanuel!”, del Dios con nosotros. ¡Porque, por medio de ella, Dios mismo ha acampado entre nosotros!

¡Ella es “la Madre de Jesús”, que significa “Yahvé salva”, porque el Señor viene como Salvador!

En la Montaña, su prima Isabel, llena del Espíritu Santo, proclama la grandeza de la Virgen Madre convertida en “La Mujer”, la nueva Eva, que nos trae al Salvador del mundo, diciéndole: “¡Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre!”

El Espíritu Santo es la clave para entender la sabiduría y las actitudes admirables de Isabel y la santificación de Juan Bautista en su seno.  

¡Y ella, la Mujer sencilla de Nazaret, es también “la Madre del Mesías!” Por eso añade Isabel: “¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor?”

Isabel representa a todo aquel que celebra la Navidad con alegría desbordante, porque está experimentando la salvación que ha llegado: “En cuanto tu saludo llegó a mis oídos la criatura saltó de alegría en mi vientre.”

¡Y representa también a todos los que, en estas fechas, se esfuerzan por llevar a los hermanos la Buena Noticia de la Navidad! Ella, en efecto, proclama en la Montaña , como decía antes, la grandeza de su prima, la Virgen Madre.

Isabel nos presenta a María como el prototipo de aquel que ha recibido el don de la fe y experimenta, en la Navidad, la dicha de creer: “¡Dichosa tú que has creído, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá!”.

En resumen: ¡llega el Señor! ¡Él es el Rey de la gloria! ¡Dichosos los que estamos dispuestos a  salir a su encuentro y a acogerle en su corazón!

                                                           

¡FELIZ DÍA DEL SEÑOR!


Publicado por verdenaranja @ 12:18  | Espiritualidad
 | Enviar
Viernes, 03 de diciembre de 2021

Reflexión a las lecturas del domingo segundo de Adviento C ofrecida por el sacerdote Don Juan Manuel Pérez Piñero bajo el epígrafe "ECOS DEL DÍA DEL SEÑOR"

Domingo 2º de Adviento C

                  

En nuestro camino hacia la Navidad se nos presenta este domingo, en medio de nuestra asamblea, la figura de Juan el Bautista. ¡Con qué relieve, con qué veneración y con qué solemnidad lo hace el evangelista San Lucas!

La Iglesia acoge hoy la voz y la misión del Bautista porque ella, toda entera, tiene que prepararse para la Navidad; y, además, tiene ahora el encargo de preparar al Señor, como hizo Juan el Bautista, “un pueblo bien dispuesto” para celebrar la Navidad y para su Venida Gloriosa.

El Evangelio de este domingo nos dice: “Y recorrió toda la comarca del Jordán, predicando un bautismo de conversión para el perdón de los pecados...” Y, además, que, de este modo se está cumpliendo lo anunciado por el profeta Isaías: “Una voz grita en el desierto: preparad el camino del Señor, allanad sus senderos… Y todos verán la salvación de Dios”.

El planteamiento que se nos hace es muy sencillo: Dios quiere que cada cristiano, que todo su pueblo santo, goce de los dones de la salvación que nos trae y nos ofrece cada año la Navidad. Y cada uno tiene que preguntarse seriamente: ¿Qué es lo que impide, o qué es lo que obstaculiza que llegue a mí, este año, la gracia de la Navidad o que llegue de mejor manera? Siguiendo el texto, podríamos preguntarnos, en concreto: ¿Cuáles son, en mi vida, los valles, las deficiencias, que tengo que rellenar? ¿Cuáles, los montes y colinas que tengo que allanar? ¿Qué es lo torcido que tengo que enderezar y lo escabroso que tengo que igualar?

¿Quién no ve aquí la necesidad de una labor espiritual, de un esfuerzo, serio y decidido, para conseguirlo? ¿Quién no ve aquí la necesidad del Adviento?

Y a todo esto se llama en la Iglesia conversión. El Adviento, lo sabemos, es tiempo de conversión. Y ésta consiste en pasar del pecado a la gracia, o de la gracia a más gracia, a mejor gracia. En definitiva, a la santidad, a la que nos llama el Señor.

Precisamente, en la segunda lectura, S. Pablo quiere que los cristianos lleguemos al “Día de Cristo”, su Segunda Venida, “santos e irreprochables, cargados de frutos de justicia, por medio de Cristo Jesús, a gloria y alabanza de Dios”.

¡Es un reto muy grande el que nos presenta el apóstol.

¿Quién no descubre aquí la necesidad del sacramento de la Penitencia? ¿No debería terminar el Tiempo de Adviento con la recepción, humilde y confiada, de este sacramento?

La primera lectura es un bello cántico, una invitación a la alegría, que se hace entonces a Jerusalén, y ahora, a la Iglesia, la nueva Jerusalén, al contemplar a sus hijos que vuelven a ella.

Y es que la preparación y la celebración de la Navidad no es algo sólo de tipo individual sino también de tipo comunitario y misionero. Tiene que ser la Navidad de una Iglesia en salida misionera, que anuncia a todos la llegada de la salvación, que no puede dejar a nadie indiferente, que no olvida que tiene que llegar también a las periferias geográficas y existenciales como aquellas donde un día nació el Señor.

Ojalá que lo hagamos así. Entonces en las fiestas de Navidad, proclamaremos, gozosos, con el salmo responsorial de este domingo: “El Señor ha estado grande con nosotros y estamos alegres”.

                                                                                    ¡FELIZ DÍA DEL SEÑOR!


Publicado por verdenaranja @ 11:27  | Espiritualidad
 | Enviar

DOMINGO 2º DE ADVIENTO C 

MONICIONES

PRIMERA LECTURA

Con un lenguaje, lleno de colorido y poesía, anuncia el profeta que el Señor trazará, por sí mismo, la ruta de su pueblo, que retornará del destierro de Babilonia lleno de alegría y esperanza.

Escuchemos con atención.

SALMO

El   salmo   canta   el   retorno   del   pueblo   de   Israel   del   destierro   de Babilonia. También nosotros, como pueblo liberado por la Sangre de Cristo, podemos unirnos a la alegría de aquel pueblo y proclamar también la dicha de nuestra propia liberación.

SEGUNDA LECTURA

San Pablo siente gran aprecio por los cristianos de Filipos, como   expresa   en   esta   Carta.   Él   ruega   por   ellos   para   que   se mantengan limpios e irreprochables para el Día de Cristo, la  Venida Gloriosa del Señor que esperamos.

TERCERA LECTURA

S. Lucas nos presenta hoy, con toda solemnidad, la inauguración del ministerio de Juan el Bautista, que viene a preparar el camino del Señor, predicando un bautismo de conversión.

Pero antes de escuchar el Evangelio cantemos el aleluya.

COMUNIÓN

En la Comunión recibimos el Cuerpo entregado y la Sangre derramada para el perdón de los pecados.

               Pidámosle al Señor   que nos ayude a preparar en nuestros corazones, el camino del Señor, especialmente, con la recepción frecuente del sacramento de la Penitencia, que Él ha instituido para el perdón y la santificación de su pueblo.


Publicado por verdenaranja @ 11:23  | Liturgia
 | Enviar