Martes, 04 de enero de 2022

Reflexión en la fiesta de la Epifanía del Señor ofrecida por el sacerdote Don Juan Manuel Pérez Piñero bajo el epígrafe "Ecos del Día del Señor"

LA EPIFANÍA DEL SEÑOR

Las Navidades son fiestas muy alegres porque celebramos grandes acontecimientos que constituyen la llegada de muchos dones para nosotros y para todos.

Por eso hay siempre en la Navidad un ambiente de alegría, de amor y de solidaridad.

Hoy es un día de ilusiones porque nos sentimos queridos, porque los regalos que hemos recibido son signos de amor.

Recuerdo de preguntarle a los niños: “¿Cuál ha sido el don más grande que Dios nos ha dado?” Y decían muchas cosas, pero no acertaban a decir que el regalo más grande no es una cosa sino una persona: Jesucristo.

Con relación a algunos regalos se suele hablar de don y tarea. Muchos regalos no son de usar y tirar sino para usarlos y aprovecharlos. Imaginemos que nos regalan un móvil.

Por tanto, lo primero que tenemos que hacer es conocer lo que se nos da: ¿Para qué sirve? ¿Qué podemos hacer con él?

Hay niños que reciben con mucha alegría los regalos por la mañana y por la tarde ya están cansados; y no digamos nada, al mes o a los tres meses.

Eso puede pasarnos con el Señor y las realidades que Él nos ofrece como el mejor de los regalos.

Por todo ello, es tan importante y trascendental la fiesta de este día: La Epifanía que significa manifestación. Es la realidad inefable de que Jesucristo, con todos sus dones, ha venido para todos y cada uno de nosotros.

En la primera lectura se nos habla de la aparición de una luz muy grande…

Cuando se ha ido la luz qué necesidad sentimos de que vuelva y qué alegría cuando llega.

Las tinieblas eran muy grandes. Es lo que suponía para todos estar alejados de Dios y de su salvación. Son las consecuencias del mal, del pecado en que yacía la humanidad entera. Eran las consecuencias del pecado original y de todos los pecados que, en un primer momento, pueden agradarnos, pero que después nos dejan en la amargura y en las tinieblas.

Y la salvación con todo lo que significa para nosotros, se nos anuncia como el nacimiento de una luz muy grande.

Y se dice a Jerusalén: “Sobre ti amanecerá el Señor y su gloria se verá sobre ti. Caminarán los pueblos a tu luz; los reyes al resplandor de tu aurora…”

Y todo eso se personifica en un Niño que nos ha nacido, en un Hijo que se nos ha dado: “Lleva a hombros el principado, y es su nombre: Maravilla de Consejero, Dios fuerte, Padre de eternidad, Príncipe de la paz (Is 9, 5)”.

Se trata, por tanto, como venimos diciendo, de algo muy grande: del Salvador que llega en la fragilidad de un Niño.

¡Es lo que estamos celebrando en este tiempo de Navidad!

En la segunda lectura se nos revela que esta salvación es universal: “Que también los gentiles son coherederos, miembros del mismo Cuerpo y participes de la Promesa en Jesucristo por el Evangelio”.

Y el Evangelio nos habla también de luz: de una estrella. ¿Y por qué y para qué surge aquel astro?

Para que este grandioso acontecimiento de salvación fuera conocido hasta los confines de la tierra.

Los judíos tenían la Sagrada Escritura que anunciaba a Jesucristo, pero luego quedaban pueblos innumerables, que no la tenían ni conocían nada de su contenido. Y Dios se vale de la creencia que tenían algunos pueblos primitivos de que el nacimiento de los grandes personajes se señalaban con la aparición de un astro en el cielo.

Y entonces unos magos que vieron el gran anuncio se pusieron en camino: un camino muy largo y muy difícil, pero ellos perseveraron hasta el final y un día llegaron a Jerusalén preguntando: “¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido? Porque hemos visto salir su estrella y venimos a adorarlo”.

Al enterarse el rey Herodes se sobresaltó y todo Jerusalén con él; convocó a los sumos sacerdotes y a los escribas del país para averiguar dónde tenía que nacer el Mesías anunciado por los profetas. Y le dijeron: “En Belén de Judea porque así lo ha escrito el profeta”. Y ellos fueron a Belén y se encontraron con el Niño junto a María y a José. Y le ofrecieron regalos.

Y estos regalos estaban también anunciados en las profecías, como nos presenta la primera lectura de esta solemnidad.

Y como se enteraron que Herodes quería acabar con el Niño, se fueron por otro camino, muy contentos.

Y al llegar a su tierra convocaron a todos los familiares, los vecinos y los amigos para anunciarles la gran alegría: que lo de la estrella era verdad y que encontraron al Rey de los judíos.

Entonces aquella luz comenzó a expandirse por los lugares más alejados de la tierra.

Por todo ello, esta fiesta viene cargada de simbolismo para nosotros: Que Jesucristo, hoy como ayer, tiene que ser anunciado hasta los confines del mundo, comenzando por nuestros hogares, por las personas que más queremos y a las que tenemos más cerca.

Hoy es la Jornada misionera por excelencia de la Navidad y hemos de recordar a los que no conocen a Jesucristo, a los que, habiéndole conocido, se han alejado de Él y de su salvación, y también a los que viven en la indiferencia.

Que para unos y otros seamos una estrella que anuncie a aquel Niño que es capaz de llenar de alegría, de paz y de esperanza nuestro corazón y nuestra vida.


Publicado por verdenaranja @ 22:45  | Espiritualidad
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