Viernes, 21 de enero de 2022

Reflexión a las lecturas del domingo tercero del Tiempo Ordinario C  ofrecida por el sacerdote Don Juan Manuel Pérez Piñero bajo el epígrafe "ECOS DEL DÍA DEL SEÑOR"

Domingo 3º del T. Ordinario C

 

Hace unas semanas, salíamos de la Navidad centrando nuestros ojos en Jesucristo que comenzaba su Vida Pública. Hoy podríamos decir que el Evangelio del domingo nos presenta el comienzo de la Vida Pública de Jesús según San Lucas, el evangelista de este año.

Después del Prólogo de su Evangelio en el que nos presenta el método, la forma y los recursos que ha empleado en la composición del texto, en la celebración de este domingo se nos traslada enseguida al capítulo cuarto que dice: “En aquel tiempo, Jesús volvió a Galilea con la fuerza del Espíritu y su fama se extendió por toda la comarca. Enseñaba en las sinagogas y todos le alababan”.

Luego nos narra lo que sucede en la Sinagoga de Nazaret. De esta forma, el evangelista señala el anuncio de la Palabra de Dios como tarea prioritaria en el ministerio del Señor. En efecto, Jesús es “el Maestro”, es el Verbo, la Palabra encarnada, es el Hijo de Dios, que nos revela el Misterio del Padre, del mundo y del hombre, del tiempo presente y de la eternidad. San Juan nos dice: “A Dios nadie lo ha visto nunca. El Hijo, que está en el seno del Padre, es quien nos lo ha dado a conocer (Jn 1, 18).

Ya la primera lectura nos presenta cómo el pueblo de Israel, liberado del destierro, reorganiza su vida cultual en torno a la Palabra de Dios y la conmoción que se origina al escuchar la lectura del Libro Santo de la Ley, que habían encontrado. Al mismo tiempo, se subraya la atención de aquella gente sencilla que escucha: “Todo el pueblo estaba atento a la Ley”. Algo parecido sucedería en Nazaret: “Toda la sinagoga tenía los ojos fijos en Él”.

Este es, por tanto, un domingo muy apropiado para examinar nuestra actitud ante la Palabra de Dios. El Papa Francisco ha determinado que el domingo 3º del Tiempo Ordinario sea EL DOMINGO DE LA PALABRA.

El Vaticano II nos enseña: “Cuando alguien lee en la Iglesia la Sagrada Escritura es Él (Cristo) quien habla” (S. C. 7). Hay, pues, una presencia de Dios en su Palabra, una presencia que los teólogos llaman “cuasi sacramental”.

Acoger la Palabra de Dios es, por tanto, acoger al Señor. Proclamamos hoy en el salmo: “Tus palabras, Señor, son espíritu y vida”. Por todo ello, la escucha y la lectura de la Palabra de Dios adquiere una connotación muy especial, sagrada.

Y en este domingo, situado dentro del Octavario de Oración por la Unidad de los Cristianos, es muy apropiado para plantearnos muchas cosas si de verdad buscamos, es más, soñamos con la unidad de todos los que creemos en Cristo.

Podríamos preguntarnos, por ejemplo: ¿Con qué frecuencia leo o escucho su Palabra? ¿Cómo respondo a lo que Dios nos dice? ¿Se centra mi vida en hacer la voluntad del Padre, que su Palabra nos señala constantemente? Y Luego, ¿transmitimos su Palabra? ¿A quién o a quiénes?

La Palabra de Jesucristo se nos presenta con frecuencia como Evangelio, es decir, como Buena Noticia. Y ya sabemos que una buena noticia está llamada a propagarse por sí misma. Pero es que, además, hemos recibido el encargo, el mandato, de anunciarla por toda la tierra (Mt 18, 19-29), porque esta misión que tiene todo cristiano se hace personal y propia en cada uno al recibir los sacramentos de Iniciación Cristiana: El Bautismo, la Confirmación y la Eucaristía. Son los sacramentos que nos incorporan a la Iglesia que recibió de Cristo aquel encargo.

Nuestra conciencia de estar llamados a formar un solo Cuerpo, como nos recuerda la segunda lectura, nos urge más aún a llevarla a los hermanos.

Se ha dicho, además, que el mayor bien que podemos hacer a una persona es darle a conocer a Jesucristo, llevarle a Él, ayudarle a progresar en su conocimiento y en su seguimiento, porque dice el Señor: “Buscad sobre todo el Reino y Dios y su justicia, y todo lo demás vendrá por añadidura” (Mt 6, 33).


Publicado por verdenaranja @ 18:35  | Espiritualidad
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