Jueves, 27 de enero de 2022

Por gentileza de Maxance AVRIAL. Association Hozana | Chargé de mission Webmarketing & Communication

3 consejos para cultivar la gratitud 

La gratitud es la acción de dar gracias a Dios por las bendiciones que ha derramado sobre nuestras vidas. Para lograrlo, es necesario ser capaces de acoger y contemplar nuestra vida cotidiana desde una perspectiva diferente, tomando un poco de distancia. La gratitud también consiste no solo en confiar en Dios y en sus planes de amor para nosotros, sino también en aceptar una parte del misterio. 

De hecho, como cristianos, podemos desarrollar y mantener la gratitud mediante la alabanza y la acción de gracias. Lionel Dalle, sacerdote de la Comunidad del Emmanuel, se refirió al respecto en su libro Le miracle de la gratitude ("El milagro de la gratitud” en español) diciendo: "[La gratitud] crea una dinámica extraordinaria: ¡dar gracias atrae la gracia! Mientras más agradezco por las gracias quehe recibido de Dios, más se abre mi corazón para recibirlas en mayor cantidad y dejar que me transformen."; 1

Tengamos en cuenta que, ¡agradecer no siempre es tarea fácil!: en algunas ocasiones necesitamos la conversión del corazón para cambiar nuestra manera de ver las cosas, lo que vivimos y nuestra realidad... Sin embargo, lo más importante es que mientras lo hacemos, saboreamos cada vez más la alegría verdadera. A continuación, algunos consejos para cultivar la gratitud:

- Por la mañana, en un acto de confianza y abandono, podemos comenzar agradeciendo a Dios por el nuevo día que nos regala: aunque no sabemos lo que nos va a suceder, podemos confiar plenamente en que el Señor ha preparado muchas gracias para nosotros. De hecho, algunas pueden ser muy evidentes, y otras incluso pueden esconderse en situaciones que parecen molestas o desagradables.

- Intentemos vivir cada instante del día tratando de ser lo más conscientes posible del momento presente; vivamos “este presente de Dios” para recoger todos sus dones. “Mi vida es un instante, una hora pasajera, mi vida es un momento que escapa fugitivo: tú lo sabes, Dios mío, para amarte en la tierra no tengo más que hoy.” (Santa Teresa del Niño Jesús).

- Por la noche, podemos terminar nuestra jornada dando gracias a Dios por todo lo que nos dio en el transcurso de este día. Por ejemplo, podemos recordar, bajo su mirada, una gracia específica que nos tocó hoy de manera especial. Si nos cuesta sentirlo, podemos hacer un acto de fe y recitar un pasaje de la Biblia, como este hermoso versículo del Salmo 103 (o 102 en algunas versiones).

“Bendice al Señor, alma mía, que todo mi ser bendiga a su santo Nombre; bendice al Señor, alma mía, y nunca olvides sus beneficios.” (Salmo 103: 1-2)

 

1 Traducido del Francés por Hozana

 


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Por gentileza de  Maxance AVRIAL. Association Hozana | Chargé de mission Webmarketing & Communication 

3 maneras de orar mientras trabajamos

 Sin importar si somos estudiantes, asalariados, voluntarios para una misión de nuestra comunidad o si estamos al servicio de nuestros seres queridos, debemos tener en cuenta que, el trabajo es un aspecto esencial en nuestras vidas, tanto así que le dedicamos muchas horas de nuestro tiempo. De hecho, sería muy difícil para nosotros dedicar tanto tiempo a la oración... ¡a menos que hagamos de nuestro trabajo una auténtica oración! 

A continuación, te presentamos algunos consejos para lograr que Dios esté en el centro de nuestro trabajo, de modo que podamos ir más allá de nuestras tareas más difíciles o desagradables, y le demos sentido a nuestra labor:

- ¡Oremos para que el Espíritu Santo trabaje en nosotros! Mientras hacemos nuestras labores diarias, podemos invocar al Espíritu Santo para que nos ilumine y nos guíe en todo lo que hacemos. También podemos pedirle que venga y trabaje en nuestras vidas. ¡Dejémoslo que organice, afine, lije, limpie y saque a la luz nuestros talentos por medio de nuestrotrabajo!: solo así podremos recibir sabiduría para hacerlos producir y llevar abundantes frutos.

- ¡Confiemos a Dios todos los miembros del cuerpo! Nuestro trabajo puede tocar el ámbito colectivo en mayor o menor medida, y precisamente este aspecto colectivo nos permite tomar conciencia de la importancia de los demás: el colega, el proveedor, el cliente, el estudiante, el jefe, etc… Es cierto que, en algunas ocasiones esto puede ser molesto, sin embargo, es bastante útil y necesario para que pongamos en obra nuestro talento como Dios desea. De hecho, San Pablo nos recuerda que todos somos parte del mismo cuerpo, por lo tanto, cada vez que interactuemos con alguien, bendigamos y recemos por todas estas interdependencias que nos permiten seguir avanzando.

- Meditemos sobre el significado del trabajo para Dios. El libro de Génesis relata que el Señor trabajó durante 6 días, antes de descansar para contemplar su creación el séptimo día. Además, la Biblia dice que Jesús aprendió el oficio de José y lo ejerció antes de tener su vida pública. Por lo tanto, Dios nos muestra con su ejemplo que el trabajo puede ser divino y constituye un camino hacia el éxito y la realización. Habiendo dicho esto, ¡confiemos cada mañana nuestra jornada de trabajo a Jesús obrero y dejémonos guiar por Él!


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Viernes, 21 de enero de 2022

Reflexión a las lecturas del domingo tercero del Tiempo Ordinario C  ofrecida por el sacerdote Don Juan Manuel Pérez Piñero bajo el epígrafe "ECOS DEL DÍA DEL SEÑOR"

Domingo 3º del T. Ordinario C

 

Hace unas semanas, salíamos de la Navidad centrando nuestros ojos en Jesucristo que comenzaba su Vida Pública. Hoy podríamos decir que el Evangelio del domingo nos presenta el comienzo de la Vida Pública de Jesús según San Lucas, el evangelista de este año.

Después del Prólogo de su Evangelio en el que nos presenta el método, la forma y los recursos que ha empleado en la composición del texto, en la celebración de este domingo se nos traslada enseguida al capítulo cuarto que dice: “En aquel tiempo, Jesús volvió a Galilea con la fuerza del Espíritu y su fama se extendió por toda la comarca. Enseñaba en las sinagogas y todos le alababan”.

Luego nos narra lo que sucede en la Sinagoga de Nazaret. De esta forma, el evangelista señala el anuncio de la Palabra de Dios como tarea prioritaria en el ministerio del Señor. En efecto, Jesús es “el Maestro”, es el Verbo, la Palabra encarnada, es el Hijo de Dios, que nos revela el Misterio del Padre, del mundo y del hombre, del tiempo presente y de la eternidad. San Juan nos dice: “A Dios nadie lo ha visto nunca. El Hijo, que está en el seno del Padre, es quien nos lo ha dado a conocer (Jn 1, 18).

Ya la primera lectura nos presenta cómo el pueblo de Israel, liberado del destierro, reorganiza su vida cultual en torno a la Palabra de Dios y la conmoción que se origina al escuchar la lectura del Libro Santo de la Ley, que habían encontrado. Al mismo tiempo, se subraya la atención de aquella gente sencilla que escucha: “Todo el pueblo estaba atento a la Ley”. Algo parecido sucedería en Nazaret: “Toda la sinagoga tenía los ojos fijos en Él”.

Este es, por tanto, un domingo muy apropiado para examinar nuestra actitud ante la Palabra de Dios. El Papa Francisco ha determinado que el domingo 3º del Tiempo Ordinario sea EL DOMINGO DE LA PALABRA.

El Vaticano II nos enseña: “Cuando alguien lee en la Iglesia la Sagrada Escritura es Él (Cristo) quien habla” (S. C. 7). Hay, pues, una presencia de Dios en su Palabra, una presencia que los teólogos llaman “cuasi sacramental”.

Acoger la Palabra de Dios es, por tanto, acoger al Señor. Proclamamos hoy en el salmo: “Tus palabras, Señor, son espíritu y vida”. Por todo ello, la escucha y la lectura de la Palabra de Dios adquiere una connotación muy especial, sagrada.

Y en este domingo, situado dentro del Octavario de Oración por la Unidad de los Cristianos, es muy apropiado para plantearnos muchas cosas si de verdad buscamos, es más, soñamos con la unidad de todos los que creemos en Cristo.

Podríamos preguntarnos, por ejemplo: ¿Con qué frecuencia leo o escucho su Palabra? ¿Cómo respondo a lo que Dios nos dice? ¿Se centra mi vida en hacer la voluntad del Padre, que su Palabra nos señala constantemente? Y Luego, ¿transmitimos su Palabra? ¿A quién o a quiénes?

La Palabra de Jesucristo se nos presenta con frecuencia como Evangelio, es decir, como Buena Noticia. Y ya sabemos que una buena noticia está llamada a propagarse por sí misma. Pero es que, además, hemos recibido el encargo, el mandato, de anunciarla por toda la tierra (Mt 18, 19-29), porque esta misión que tiene todo cristiano se hace personal y propia en cada uno al recibir los sacramentos de Iniciación Cristiana: El Bautismo, la Confirmación y la Eucaristía. Son los sacramentos que nos incorporan a la Iglesia que recibió de Cristo aquel encargo.

Nuestra conciencia de estar llamados a formar un solo Cuerpo, como nos recuerda la segunda lectura, nos urge más aún a llevarla a los hermanos.

Se ha dicho, además, que el mayor bien que podemos hacer a una persona es darle a conocer a Jesucristo, llevarle a Él, ayudarle a progresar en su conocimiento y en su seguimiento, porque dice el Señor: “Buscad sobre todo el Reino y Dios y su justicia, y todo lo demás vendrá por añadidura” (Mt 6, 33).


Publicado por verdenaranja @ 18:35  | Espiritualidad
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Viernes, 14 de enero de 2022

Reflexión a las lecturas del domingo segundo del Tiempo Ordinario C ofrecida por el sacerdote Don Juan Manuel Pérez Piñero bajo el epígrafe "ECOS DEL DÍA DEL SEÑOR"

Domingo II del Tiempo Ordinario C

                                                           

               Podríamos decir que, el del domingo, es el Evangelio de la Virgen y de las bodas.

La intención mariana del texto es evidente. En un primer momento, María, la Virgen, ocupa el centro de la escena: “En aquel tiempo había una boda en Caná de Galilea y la madre de Jesús estaba allí. Jesús y sus discípulos estaban también invitados a la boda”.

Me parece que es probable que aquellos novios fueran familiares o muy allegados de María. Da la impresión de que ella estaba al tanto de todo lo que sucedía allí; y, por eso, se dio cuenta enseguida, de que les faltaba vino. Y ¿cómo se podía resolver ahora aquella dificultad tan grave? ¿Dónde conseguir vino en aquel momento?

María tiene conocimiento del “misterio de Jesús”: de su poder y de su bondad. Sólo ella conoce el secreto. Y lo pone todo en sus manos: “No les queda vino”. Y dice a los sirvientes: “Haced lo que Él os diga”.

El relato concluye con una síntesis preciosa del evangelista que dice: “Así, en Caná de Galilea, Jesús comenzó sus signos, manifestó su gloria y creció la fe de sus discípulos en Él”.

Es, por tanto, una gran manifestación de Jesucristo la que se produce allí. Por eso, este acontecimiento forma parte de la Solemnidad de la Epifanía del Señor. Y el Ciclo C es el único en que se trata directamente este hecho.

Además, es éste un texto importante a la hora de reflexionar sobre la Virgen, especialmente, sobre su función intercesora. ¡No podemos olvidar nunca que el primer milagro que realiza Jesús, cuando “aún no había llegado su hora”, se debe a la mediación de su Madre, la Virgen María!

Y decíamos también que es el Evangelio de las bodas, por la frecuencia con que se usa este texto en dichas celebraciones, y por la misma realidad que encierra el misterio.

La Liturgia del matrimonio dice que Jesús “santificó con su presencia las bodas de Caná”. Y cuando hablamos con los novios, solemos decirles que casarse por la Iglesia es algo así como “invitar a Jesucristo” a su boda, como hicieron aquellos novios. Les hablamos, incluso, de la necesidad y de la importancia de tomar conciencia de que la presencia y la acción de Cristo en el matrimonio cristiano, viene garantizada por un sacramento. De esta forma, quedan capacitados para su doble función: de esposos y padres. Pues el Señor les brinda todo lo que necesitan para realizarla. Por tanto, no tienen que envidiar a los novios del Evangelio. ¡Sólo es necesario avivar la fe!

Y si eso es así, ¿qué más se puede pedir? Lo que sucede es que la doctrina impresionante del matrimonio por la Iglesia es desconocida por la mayor parte de la gente, y, particularmente, de los novios.

Por tanto, en medio de una boda, ocasión de alegría, de ilusiones y esperanzas, realiza Jesús su primer milagro. Él es el novio (Mt 9,15); que viene a desposarse con la humanidad y así, a elevar al hombre a una relación esponsal con Dios. En Él se cumple lo que anunciaba el profeta en la primera lectura: “Como un joven se casa con su novia así te desposa el que te construyó…”

La abundancia del vino de la boda y su misma excelencia prefigura los dones mesiánicos que Cristo trae al mundo.

Y de dones para la edificación de la comunidad cristiana, trata hoy la segunda lectura.

Ojalá que este acontecimiento, que nos presenta el Evangelio del domingo haga que también nosotros, como los discípulos, contemplemos la gloria de Cristo y crezca nuestra fe en Él.

¡Es una buena forma de comenzar el Tiempo Ordinario!

 

                                                                                                       ¡FELIZ DÍA DEL SEÑOR!


Publicado por verdenaranja @ 20:54  | Espiritualidad
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Viernes, 07 de enero de 2022

Reflexión a las lecturas del domingo de la fiesta del Bautismo del Señor ofrecida por el sacerdote Don Juan Manuel Pérez Piñero bajo el epígrafe "ECOS DEL DÍA DEL SEÑOR"

Fiesta del Bautismo del Señor

 

Con ocasión del Bautismo de Jesucristo, se produce una gran manifestación de su Persona y de su misión. Por eso, este acontecimiento pertenece a la Solemnidad de la Epifanía, como ya sabemos.

El Evangelio de hoy nos dice que “en un bautismo general Jesús también se bautizó. Y, mientras oraba, se abrió el Cielo, bajó el Espíritu Santo sobre Él en forma de paloma, y vino una voz del Cielo: Tú eres mi Hijo, el amado, el predilecto”.

Es, por tanto, una gran manifestación de Jesucristo, e incluso, de la Santísima Trinidad. El himno de Vísperas dice: “Y así Juan, al mismo tiempo, vio a Dios en personas tres, voz y paloma en los cielos y al Verbo eterno a sus pies”.

De este modo, se hace realidad lo que escuchamos en la primera lectura: “Se revelará la gloria como del Unigénito del Padre…” En efecto, en la Navidad se experimenta, de un modo especial, lo que leemos en el Evangelio de S. Juan: “Hemos contemplado su gloria, gloria propia del Hijo unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad” (Jn 1, 14).

Juan el Bautista nos habla, en el Evangelio, de aquel que nos “bautizará con Espíritu Santo y fuego”. Es el fuego que purifica y el agua que, además de purificar, da vida.

El prefacio de la Misa dice: “En el Bautismo de Cristo en el Jordán has realizado signos prodigiosos para manifestar el misterio del nuevo Bautismo…”

Éste es purificación del pecado y nacimiento a la vida de Dios en nosotros; porque cuando alguien es bautizado el Espíritu Santo infunde en su interior una participación creada del “Ser de Dios”, de la naturaleza divina, por lo cual nos llamamos y somos hijos de Dios (1 Jn 3, 1). San Pablo dirá que “somos miembros de la familia de Dios” (Ef 2, 19).

Precisamente, los santos padres resumen todo el misterio de la Navidad diciendo que “El Hijo de Dios se hizo hombre para hacer al hombre hijo de Dios”. ¡Cuánta grandeza!

Hoy es un día apropiado para reflexionar sobre el Bautismo, para celebrar este sacramento, para renovar nuestro Bautismo y para tratar de la problemática del Bautismo de niños.

Bautizar a un niño, recién nacido, es algo muy hermoso y muy importante. ¡Recordemos nuestro propio Bautismo! Pero garantizar su educación cristiana, por parte de los padres y padrinos, se hace, a veces, difícil o muy difícil. Y me parece que hemos de proceder con mucha cautela, porque se trata de una vida, “la vida de Dios en nosotros”.

Se nos exige, por tanto, mantener un equilibrio, muchas veces difícil, entre la grandeza y gratuidad del don de Dios y la necesidad de que, desde muy pronto, el niño lo descubra y lo vaya viviendo.

Y, en este sentido, este es un día muy apropiado para pedir al Señor la luz y la fortaleza que todos necesitamos.

Esta Fiesta del Bautismo del Señor es también muy apropiada, como decíamos antes, para renovar nuestro propio Bautismo, incluso nuestra Confirmación. Si lo hacemos así reviviremos el don de Dios en nosotros y actualizamos nuestra adhesión a Jesucristo y nuestro deseo de avanzar en su seguimiento.

Y de este modo, salimos de la Navidad con los ojos fijos en el Hijo de Dios que comienza su Vida Pública.                                       

                                                                                         ¡FELIZ DÍA DEL SEÑOR!


Publicado por verdenaranja @ 20:54  | Espiritualidad
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Martes, 04 de enero de 2022

Reflexión en la fiesta de la Epifanía del Señor ofrecida por el sacerdote Don Juan Manuel Pérez Piñero bajo el epígrafe "Ecos del Día del Señor"

LA EPIFANÍA DEL SEÑOR

Las Navidades son fiestas muy alegres porque celebramos grandes acontecimientos que constituyen la llegada de muchos dones para nosotros y para todos.

Por eso hay siempre en la Navidad un ambiente de alegría, de amor y de solidaridad.

Hoy es un día de ilusiones porque nos sentimos queridos, porque los regalos que hemos recibido son signos de amor.

Recuerdo de preguntarle a los niños: “¿Cuál ha sido el don más grande que Dios nos ha dado?” Y decían muchas cosas, pero no acertaban a decir que el regalo más grande no es una cosa sino una persona: Jesucristo.

Con relación a algunos regalos se suele hablar de don y tarea. Muchos regalos no son de usar y tirar sino para usarlos y aprovecharlos. Imaginemos que nos regalan un móvil.

Por tanto, lo primero que tenemos que hacer es conocer lo que se nos da: ¿Para qué sirve? ¿Qué podemos hacer con él?

Hay niños que reciben con mucha alegría los regalos por la mañana y por la tarde ya están cansados; y no digamos nada, al mes o a los tres meses.

Eso puede pasarnos con el Señor y las realidades que Él nos ofrece como el mejor de los regalos.

Por todo ello, es tan importante y trascendental la fiesta de este día: La Epifanía que significa manifestación. Es la realidad inefable de que Jesucristo, con todos sus dones, ha venido para todos y cada uno de nosotros.

En la primera lectura se nos habla de la aparición de una luz muy grande…

Cuando se ha ido la luz qué necesidad sentimos de que vuelva y qué alegría cuando llega.

Las tinieblas eran muy grandes. Es lo que suponía para todos estar alejados de Dios y de su salvación. Son las consecuencias del mal, del pecado en que yacía la humanidad entera. Eran las consecuencias del pecado original y de todos los pecados que, en un primer momento, pueden agradarnos, pero que después nos dejan en la amargura y en las tinieblas.

Y la salvación con todo lo que significa para nosotros, se nos anuncia como el nacimiento de una luz muy grande.

Y se dice a Jerusalén: “Sobre ti amanecerá el Señor y su gloria se verá sobre ti. Caminarán los pueblos a tu luz; los reyes al resplandor de tu aurora…”

Y todo eso se personifica en un Niño que nos ha nacido, en un Hijo que se nos ha dado: “Lleva a hombros el principado, y es su nombre: Maravilla de Consejero, Dios fuerte, Padre de eternidad, Príncipe de la paz (Is 9, 5)”.

Se trata, por tanto, como venimos diciendo, de algo muy grande: del Salvador que llega en la fragilidad de un Niño.

¡Es lo que estamos celebrando en este tiempo de Navidad!

En la segunda lectura se nos revela que esta salvación es universal: “Que también los gentiles son coherederos, miembros del mismo Cuerpo y participes de la Promesa en Jesucristo por el Evangelio”.

Y el Evangelio nos habla también de luz: de una estrella. ¿Y por qué y para qué surge aquel astro?

Para que este grandioso acontecimiento de salvación fuera conocido hasta los confines de la tierra.

Los judíos tenían la Sagrada Escritura que anunciaba a Jesucristo, pero luego quedaban pueblos innumerables, que no la tenían ni conocían nada de su contenido. Y Dios se vale de la creencia que tenían algunos pueblos primitivos de que el nacimiento de los grandes personajes se señalaban con la aparición de un astro en el cielo.

Y entonces unos magos que vieron el gran anuncio se pusieron en camino: un camino muy largo y muy difícil, pero ellos perseveraron hasta el final y un día llegaron a Jerusalén preguntando: “¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido? Porque hemos visto salir su estrella y venimos a adorarlo”.

Al enterarse el rey Herodes se sobresaltó y todo Jerusalén con él; convocó a los sumos sacerdotes y a los escribas del país para averiguar dónde tenía que nacer el Mesías anunciado por los profetas. Y le dijeron: “En Belén de Judea porque así lo ha escrito el profeta”. Y ellos fueron a Belén y se encontraron con el Niño junto a María y a José. Y le ofrecieron regalos.

Y estos regalos estaban también anunciados en las profecías, como nos presenta la primera lectura de esta solemnidad.

Y como se enteraron que Herodes quería acabar con el Niño, se fueron por otro camino, muy contentos.

Y al llegar a su tierra convocaron a todos los familiares, los vecinos y los amigos para anunciarles la gran alegría: que lo de la estrella era verdad y que encontraron al Rey de los judíos.

Entonces aquella luz comenzó a expandirse por los lugares más alejados de la tierra.

Por todo ello, esta fiesta viene cargada de simbolismo para nosotros: Que Jesucristo, hoy como ayer, tiene que ser anunciado hasta los confines del mundo, comenzando por nuestros hogares, por las personas que más queremos y a las que tenemos más cerca.

Hoy es la Jornada misionera por excelencia de la Navidad y hemos de recordar a los que no conocen a Jesucristo, a los que, habiéndole conocido, se han alejado de Él y de su salvación, y también a los que viven en la indiferencia.

Que para unos y otros seamos una estrella que anuncie a aquel Niño que es capaz de llenar de alegría, de paz y de esperanza nuestro corazón y nuestra vida.


Publicado por verdenaranja @ 22:45  | Espiritualidad
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