Viernes, 11 de marzo de 2022

Reflexión a las lecturas del domingo segundo de Cuaresma C ofrecida por el sacerdote Don Juan Manuel Pérez Piñero bajo el epígrafe "ECOS DEL DÍA DEL SEÑOR"

Domingo 2º de Cuaresma C 

Cuando Jesucristo habla a los discípulos de que tiene que padecer y morir para después resucitar, es lógico que no lo entiendan, que Pedro se lo lleve aparte y trate de convencerle de que no puede seguir por ese camino y, además de que queden entristecidos, en una profunda crisis... ¿Quién, en todo Israel, iba a aceptar que esa fuera la suerte del Mesías? Ellos esperaban todo lo contrario: Un Mesías glorioso, triunfador, que les liberara de la opresión de los romanos y les llevara a un reino jamás soñado.

Por eso Jesús trata de acercar el misterio de la Pasión a los discípulos, de modo, que puedan captar, por lo menos, algo de su sentido. Para ello, seis días después de aquel anuncio, se lleva a los tres predilectos a una montaña alta para orar. Es Lucas el que nos hace esta precisión. “Y mientras oraba, el aspecto de su rostro cambió, sus vestidos brillaban de blanco”. Es la Transfiguración.

“De repente, dos hombres conversaban con Él: Eran Moisés y Elías, que aparecieron con gloria”; San Lucas precisa “que hablaban de su muerte que iba a consumar en Jerusalén”.

¿Y por qué aparecen estos dos personajes en la montaña?

Porque los dos representan todo lo escrito en el Antiguo Testamento: Moisés, los libros de la Ley y Elías, los de los profetas.

Como dice el prefacio de la Misa de hoy, se trata de dar testimonio de que todo estaba anunciado en el Antiguo Testamento; y que, por tanto, “de acuerdo con la Ley y los Profetas, la Pasión es el camino de la Resurrección”.

Continúa diciéndonos el Evangelio que viene una nube que los cubre. Ellos se asustan al entrar en la nube porque ésta era una señal de la presencia de Dios. Y se oye la voz del Padre: “Este es mi Hijo, el escogido, escuchadlo”.

De este modo, ellos pueden comprender que Jesús, el que va a padecer y morir, no es un hombre como los demás sino el Hijo del Dios vivo, como había dicho Pedro hacía pocos días. (Mt 16, 16). Y que se oyera la voz del Padre desde la nube quiere decir que ambos están de acuerdo en el camino que el Mesías tiene que recorrer. Todo, pues, estaba escrito, todo estaba anunciado.

¡Por tanto, ellos tendrán que escucharle y seguirle! ¡No hay alternativa!

Lo que pretende subrayar el texto sagrado es que la Pasión y la Muerte no es el fin de todo, sino que sólo son camino, grano enterrado en el surco, pascua, que culmina en la gloria de la Resurrección y obtiene la salvación y la vida eterna para todos.

¿Y, conociendo las disposiciones de los discípulos, aquello les habrá servido de algo?

Pedro, uno de los testigos, nos dice en su segunda carta: “Cuando os dimos a conocer el poder y la Última Venida de nuestro Señor Jesucristo, no nos fundábamos en fábulas fantásticas, sino que habíamos sido testigos oculares de su grandeza. Él recibió de Dios Padre honra y gloria, cuando la sublime Gloria le trajo aquella voz: Este es mi Hijo amado, mi predilecto. Esta voz, traída del cielo, la oímos nosotros en la montaña sagrada. Esto confirma la palabra de los profetas...” (2 Pe 1, 16 ss.).

También nosotros, peregrinos hacia la Pascua por el camino de la Cuaresma, salpicado de luchas y dificultades, necesitamos la experiencia de la montaña santa, para que comprendamos cómo tenía que ser el camino de Jesucristo, que es nuestro camino, y para que, en esta Cuaresma, recibamos gracia abundante que nos haga capaces de llegar hasta el final: La Pascua.

La Transfiguración de Jesucristo prefigura el acontecimiento grande y glorioso de su Resurrección. No en vano ésta se representa como la aparición de una luz muy grande, un torrente de una luz bienhechora que ilumina, que inunda al mundo entero, a toda la Creación que gime y espera participar en la gloria de los hijos de Dios, cuando Cristo venga de nuevo y llegue a su punto culminante su victoria sobre el pecado, el mal y la muerte (Rom 8, 19).

                                                                                                                ¡FELIZ DÍA DEL SEÑOR!


Publicado por verdenaranja @ 11:50  | Espiritualidad
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