Viernes, 18 de marzo de 2022

Reflexión a las lecturas del domingo tercero de Cuaresma C ofrecida por el sacerdote Don Juan Manuel Pérez Piñero bajo el epígrafe "ECOS DEL DÍA DEL SEÑOR"

Domingo 3º de Cuaresma C

 

Ya sabemos que la Cuaresma es tiempo de conversión. ¡En mucho o en poco!, pero todos tenemos que convertirnos para ser capaces de celebrar la Pascua en la que se nos pide la mejor prueba de conversión: la renovación de nuestro Bautismo, es decir, de nuestra condición de cristianos, de hijos de Dios y miembros de la Iglesia, y, por tanto, renovación de nuestra adhesión a Cristo, de nuestro seguimiento, de nuestra condición de muertos al pecado y vivos sólo para el bien, sólo para Dios   (Rom 6, 11).

El Señor comienza su Vida Pública, diciendo: “Se ha cumplido el plazo, está cerca el Reino de Dios, convertíos y creed la Buena Noticia” (Mc 1, 15).

Tenemos que convertirnos porque el Reino de los cielos que Jesús viene a inaugurar en la tierra, es completamente distinto de las realidades terrenas. ¡Y tan distinto!

El Evangelio de este domingo es una fuerte llamada a la conversión: “Os digo que si no os convertís, todos pereceréis de la misma manera”. ¡De esta forma nos enseña el Señor la necesidad y la urgencia de la conversión!

Sin embargo, hay muchos cristianos que no se sienten llamados a ese cambio de vida y dicen que ya hacen el bien, que no tienen pecados. ¡La conversión, según eso, sería para los otros, para los malos!

Por eso, es tan importante la segunda parte del texto, cuando el Señor nos presenta la parábola de la higuera. Ésta no hacía nada malo, sólo que no daba fruto; ¿pero qué mayor mal puede haber?

El agricultor es muy paciente pero también muy exigente. Por eso, el dueño de la parábola le dice al viñador: “Ya ves: tres años llevo viniendo a buscar fruto en esta higuera y no lo encuentro. Córtala. ¿Para qué va a ocupar terreno en balde?”

Entonces el viñador intercede por la higuera: “Señor, déjala todavía este año; yo cavaré alrededor y le echaré estiércol, a ver si da fruto. Si no, el año que viene la cortarás”.

¿Quién no ve aquí, en esta parábola, una imagen de nuestra vida cristiana? ¿Incluso, del Tiempo de Cuaresma? ¿Nos esforzaremos entonces por dar fruto, por dar más fruto? ¿No será éste el mayor y mejor exponente de nuestra verdadera conversión?

En concreto, tenemos que preguntarnos en esta Cuaresma, ¿Qué fruto estoy dando yo? Y también, ¿Por qué no doy más fruto? Y hemos de retener la idea de que siempre, cada día que pasa, se nos exige una mayor y mejor conversión, es decir, dar más fruto.

Fijémonos hoy en San José, el hombre que dio fruto abundante; él es el patrono de los seminarios, esos árboles llamados a dar fruto, los mayores frutos, para bien de la Iglesia. Miremos a ver si podemos ayudarles más.

¿Y dónde encontraré yo toda la ayuda necesaria para conseguirlo? No hay duda, en la oración, en los sacramentos, especialmente, en la Eucaristía, en la Palabra Dios, y en la práctica de la vida cristiana, que, al mismo tiempo, la alimenta y la embellece.

San Agustín decía: “Temo a Dios que pase y que no vuelva”. ¡No podemos olvidar que ésta será la última Cuaresma para muchos cristianos! Muchos serán llamados por el Señor, en el curso de este año, para que, a través de la puerta semioscura de la muerte, pasen a vivir siempre con Él y con los hermanos que están en el Cielo. ¡Es la Pascua definitiva! ¡Es la fiesta que dura eternamente. ¡No hay fiesta como ésta!

¡Pero no tenemos que agobiarnos porque la conversión es un don de Dios, que Él concede a los que los que se lo piden con insistencia y con buena voluntad!

¡Hay que pedirlo! ¡Y hay que acogerlo cuando Dios lo concede!

                                                                                                              ¡FELIZ DÍA DEL SEÑOR!


Publicado por verdenaranja @ 16:56  | Espiritualidad
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