Viernes, 25 de marzo de 2022

Reflexión a las lecturas del domingo cuarto de Cuaresma C ofrecida por el sacerdote Don Juan Manuel Pérez Piñero bajo el epígrafe "ECOS DEL DÍA DEL SEÑOR"

Domingo 4º de Cuaresma C                                                 

Nunca reflexionaremos bastante sobre este misterio: Cuando Dios se hace hombre, es criticado porque no anda con los sabios y los buenos, sino con los publicanos y pecadores. ¿No parece más lógico que hubiera sido de la otra manera?

Los fariseos y escribas están disgustados por eso, porque Jesús trata con gente de mala fama: hombres y mujeres. Y a ellos va dirigida la parábola del evangelio de hoy. Quiere explicarles por qué actúa así. Sencillamente, les viene a decir, porque actúa como el Padre del Cielo al que contempla constantemente y que está representado en el padre de la parábola. El hijo menor representa a los publicanos y pecadores y el hijo mayor, a los escribas y fariseos.

La descripción que se hace del pecado y de la conversión es admirable: El pecado se nos presenta como una ruptura definitiva con el padre y con su casa; como un derroche, como una degradación, como una muerte. La conversión es recapacitar y volver a la casa del Padre que no le recibe como a “uno de los jornaleros”, sino como a un verdadero hijo: Por eso dice que hay que vestirle como un hijo y hay que hacer fiesta “porque este hijo estaba muerto y ha revivido, estaba perdido y lo hemos encontrado”.

Los fariseos y escribas quedan retratados en el hijo mayor. Ellos no tienen el corazón de un verdadero hermano que se alegraría por la vuelta del que se había marchado y no entienden a Jesucristo porque no conocen realmente al Padre del Cielo que es rico en bondad y misericordia.

Jesucristo ha venido a revelarnos, con obras y palabras, el verdadero rostro y el verdadero corazón del Padre, y, por eso, busca a los que se han alejado y los llama a la conversión. ¡Él es el verdadero hermano mayor!

La parábola va hoy por nosotros. A todos nos enseña algo. Y, en definitiva, ¿quién puede decir que no tiene nada de cada uno de los dos hijos?

En la segunda lectura San Pablo nos habla del servicio de la reconciliación con Dios, que la Iglesia ha recibido de los apóstoles, y que no sólo es mensaje y buena noticia, sino también su realización: una verdadera reconciliación con Dios y con la Iglesia que se ofrece continuamente a cada cristiano a través del ministerio apostólico que han recibido los obispos y los presbíteros y que realizan a través del sacramento de la Reconciliación. El Tiempo de Cuaresma está especialmente indicado para recibir este sacramento. Ya San León Magno, en el siglo V, decía que “es propio de las fiestas pascuales que toda la Iglesia goce del perdón de los pecados”.

La Iglesia siempre ha manifestado su preocupación por los que se han alejado. Ha sido constante a lo largo de los siglos, su “oración por los pecadores” y su esfuerzo por reconciliarles con Dios y con la Iglesia. Hoy la preocupación por los alejados es uno de los signos de los tiempos. El Vaticano II nos enseña que la Iglesia ayuda a los que vuelven “con caridad, ejemplos y oraciones” (L. G. 11).

El domingo pasado acogíamos la llamada a la conversión que el Señor nos hace siempre, pero, especialmente, en este tiempo de Cuaresma. Por eso, esta parábola nos resulta muy apropiada para este día como una continuación y complemento de lo que contemplábamos el domingo.

En la comunión con Dios y con los hermanos que obtenemos por el sacramento de la Reconciliación, tiene su raíz más profunda la alegría cristiana a la que nos invita este domingo de Cuaresma, que, desde antiguo, se llama “Domingo Laetare” (Alégrate) porque se acerca ya la Pascua.

Alegrémonos, por tanto, en este día porque, en las fiestas de Pascua, Dios Padre nos espera para mostrarnos y hacernos partícipes a todos de la obra admirable de la Redención que es más grande que la obra de la Creación y que proceden ambas de su infinita sabiduría, bondad y misericordia.

 

                                                                                                                                          ¡FELIZ DÍA DEL SEÑOR!


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Viernes, 18 de marzo de 2022

Reflexión a las lecturas del domingo tercero de Cuaresma C ofrecida por el sacerdote Don Juan Manuel Pérez Piñero bajo el epígrafe "ECOS DEL DÍA DEL SEÑOR"

Domingo 3º de Cuaresma C

 

Ya sabemos que la Cuaresma es tiempo de conversión. ¡En mucho o en poco!, pero todos tenemos que convertirnos para ser capaces de celebrar la Pascua en la que se nos pide la mejor prueba de conversión: la renovación de nuestro Bautismo, es decir, de nuestra condición de cristianos, de hijos de Dios y miembros de la Iglesia, y, por tanto, renovación de nuestra adhesión a Cristo, de nuestro seguimiento, de nuestra condición de muertos al pecado y vivos sólo para el bien, sólo para Dios   (Rom 6, 11).

El Señor comienza su Vida Pública, diciendo: “Se ha cumplido el plazo, está cerca el Reino de Dios, convertíos y creed la Buena Noticia” (Mc 1, 15).

Tenemos que convertirnos porque el Reino de los cielos que Jesús viene a inaugurar en la tierra, es completamente distinto de las realidades terrenas. ¡Y tan distinto!

El Evangelio de este domingo es una fuerte llamada a la conversión: “Os digo que si no os convertís, todos pereceréis de la misma manera”. ¡De esta forma nos enseña el Señor la necesidad y la urgencia de la conversión!

Sin embargo, hay muchos cristianos que no se sienten llamados a ese cambio de vida y dicen que ya hacen el bien, que no tienen pecados. ¡La conversión, según eso, sería para los otros, para los malos!

Por eso, es tan importante la segunda parte del texto, cuando el Señor nos presenta la parábola de la higuera. Ésta no hacía nada malo, sólo que no daba fruto; ¿pero qué mayor mal puede haber?

El agricultor es muy paciente pero también muy exigente. Por eso, el dueño de la parábola le dice al viñador: “Ya ves: tres años llevo viniendo a buscar fruto en esta higuera y no lo encuentro. Córtala. ¿Para qué va a ocupar terreno en balde?”

Entonces el viñador intercede por la higuera: “Señor, déjala todavía este año; yo cavaré alrededor y le echaré estiércol, a ver si da fruto. Si no, el año que viene la cortarás”.

¿Quién no ve aquí, en esta parábola, una imagen de nuestra vida cristiana? ¿Incluso, del Tiempo de Cuaresma? ¿Nos esforzaremos entonces por dar fruto, por dar más fruto? ¿No será éste el mayor y mejor exponente de nuestra verdadera conversión?

En concreto, tenemos que preguntarnos en esta Cuaresma, ¿Qué fruto estoy dando yo? Y también, ¿Por qué no doy más fruto? Y hemos de retener la idea de que siempre, cada día que pasa, se nos exige una mayor y mejor conversión, es decir, dar más fruto.

Fijémonos hoy en San José, el hombre que dio fruto abundante; él es el patrono de los seminarios, esos árboles llamados a dar fruto, los mayores frutos, para bien de la Iglesia. Miremos a ver si podemos ayudarles más.

¿Y dónde encontraré yo toda la ayuda necesaria para conseguirlo? No hay duda, en la oración, en los sacramentos, especialmente, en la Eucaristía, en la Palabra Dios, y en la práctica de la vida cristiana, que, al mismo tiempo, la alimenta y la embellece.

San Agustín decía: “Temo a Dios que pase y que no vuelva”. ¡No podemos olvidar que ésta será la última Cuaresma para muchos cristianos! Muchos serán llamados por el Señor, en el curso de este año, para que, a través de la puerta semioscura de la muerte, pasen a vivir siempre con Él y con los hermanos que están en el Cielo. ¡Es la Pascua definitiva! ¡Es la fiesta que dura eternamente. ¡No hay fiesta como ésta!

¡Pero no tenemos que agobiarnos porque la conversión es un don de Dios, que Él concede a los que los que se lo piden con insistencia y con buena voluntad!

¡Hay que pedirlo! ¡Y hay que acogerlo cuando Dios lo concede!

                                                                                                              ¡FELIZ DÍA DEL SEÑOR!


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Jueves, 17 de marzo de 2022

 Reflexión la fiesta de San José ofrecida por el sacerdote Don Juan Manuel Pérez Piñero bajo el epígrafe "ECOS DEL DÍA DEL SEÑOR"

LA SOLEMNIDAD DE SAN JOSÉ

Para prepararnos a su celebración

 

Me parece que el Papa Francisco ha hecho un gran bien a la Iglesia convocando el Año de San José, al cumplirse el 150º aniversario de su declaración como patrono de la Iglesia realizado por el Papa Beato Pío IX en circunstancias difíciles.

Este acontecimiento acrecienta nuestro interés por recordar y estudiar la figura de este hombre singular que, en un contexto de vida tan sencillo y humilde, realizó a la perfección la misión que le encomendó el Señor al constituirlo esposo de la Virgen María y padre de su Hijo hecho hombre.

El prefacio de la Misa nos ofrece una síntesis muy bella de la misión de San José: “Él es el hombre justo que diste por esposo a la Virgen Madre de Dios, el servidor fiel y prudente a quien pusiste al frente de tu familia, para que, haciendo las veces de padre, cuidara a tu Unigénito, concebido por obra del Espíritu Santo, Jesucristo, Señor nuestro”.

Cuántas enseñanzas podríamos extraer con solo ir comentando cada una de las palabras o de las frases.

Esa tarea la dejo a cada uno en algún espacio de silencio y recogimiento que pueda tener.

El Evangelio II de los dos que nos propone la liturgia de este día, la pérdida de Jesús en el templo, nos presenta a José cumpliendo la doble tarea de ser esposo de María y de hacer las veces de padre del Hijo de Dios hecho hombre.

Imaginemos el acontecimiento: ¡Jesús se ha perdido y no se encuentra! ¡Con cuánta preocupación, con cuánto agobio y angustia lo buscan!

Lo expresa María cuando le dice: “Hijo, ¿por qué nos has tratado así? Tu padre y yo te buscábamos angustiados”.

Subrayemos la expresión: “Tu padre y yo”.

Jesús les responde que tenía que estar en “las cosas de su Padre”, pero ellos no entendieron lo que les quiso decir. Tienen que vivir continuamente en medio del misterio de aquel Niño que “va creciendo en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y ante los hombres”.

Y, después de aquella auténtica “Epifanía” misteriosa de los 12 años, el Hijo de Dios bajó con ellos a Nazaret y continuó sujeto a ellos. Y “su madre conservaba todo esto en su corazón”.

¡Cuántas cosas aprendemos aquí!

¡Por tanto, la misión de José junto a Jesús y a María, se nos presenta muy grande, pero también muy difícil!

A veces nos quejamos de las dificultades que rodean nuestra vida o en el apostolado o en nuestro ministerio y pensamos que Dios debería aliviarnos un poco y, tal vez, nos desconcertamos porque no lo hace… ¡Pues miremos a María y a José! El Señor no les preserva de ningún problema, más bien, parece que se acrecientan!

Por eso, la segunda lectura, nos recuerda la fe y la perseverancia de Abrahán, el padre de los creyentes como tipo de la vida de San José.

Él es así para nosotros modelo de fe, de fidelidad y de constancia! Y también es para nosotros padre y protector. Por eso le encomendamos la Iglesia, los Seminarios y las familias del mundo entero.

La primera lectura nos recuerda también otro aspecto de la grandeza de S. José. En él se lleva a cabo la promesa que Dios hizo a David de consolidar su Reino para siempre. En la Anunciación el ángel le dice a María: “El Señor le dará el trono de David su padre; reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su Reino no tendrá fin” (Lc 1, 32-34).

Por eso, en el salmo responsorial proclamamos: “Su linaje será perpetuo”.

Por todo ello, la Solemnidad de San José constituye también una llamada apremiante a la santidad.

El Señor no quiere que seamos buenos, quiere que seamos santos. ¡La Iglesia tiene siempre necesidad de santos!

El tiempo de Cuaresma en que nos encontramos es un buen momento para recordarlo y esforzarnos por conseguirlo.


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Viernes, 11 de marzo de 2022

Reflexión a las lecturas del domingo segundo de Cuaresma C ofrecida por el sacerdote Don Juan Manuel Pérez Piñero bajo el epígrafe "ECOS DEL DÍA DEL SEÑOR"

Domingo 2º de Cuaresma C 

Cuando Jesucristo habla a los discípulos de que tiene que padecer y morir para después resucitar, es lógico que no lo entiendan, que Pedro se lo lleve aparte y trate de convencerle de que no puede seguir por ese camino y, además de que queden entristecidos, en una profunda crisis... ¿Quién, en todo Israel, iba a aceptar que esa fuera la suerte del Mesías? Ellos esperaban todo lo contrario: Un Mesías glorioso, triunfador, que les liberara de la opresión de los romanos y les llevara a un reino jamás soñado.

Por eso Jesús trata de acercar el misterio de la Pasión a los discípulos, de modo, que puedan captar, por lo menos, algo de su sentido. Para ello, seis días después de aquel anuncio, se lleva a los tres predilectos a una montaña alta para orar. Es Lucas el que nos hace esta precisión. “Y mientras oraba, el aspecto de su rostro cambió, sus vestidos brillaban de blanco”. Es la Transfiguración.

“De repente, dos hombres conversaban con Él: Eran Moisés y Elías, que aparecieron con gloria”; San Lucas precisa “que hablaban de su muerte que iba a consumar en Jerusalén”.

¿Y por qué aparecen estos dos personajes en la montaña?

Porque los dos representan todo lo escrito en el Antiguo Testamento: Moisés, los libros de la Ley y Elías, los de los profetas.

Como dice el prefacio de la Misa de hoy, se trata de dar testimonio de que todo estaba anunciado en el Antiguo Testamento; y que, por tanto, “de acuerdo con la Ley y los Profetas, la Pasión es el camino de la Resurrección”.

Continúa diciéndonos el Evangelio que viene una nube que los cubre. Ellos se asustan al entrar en la nube porque ésta era una señal de la presencia de Dios. Y se oye la voz del Padre: “Este es mi Hijo, el escogido, escuchadlo”.

De este modo, ellos pueden comprender que Jesús, el que va a padecer y morir, no es un hombre como los demás sino el Hijo del Dios vivo, como había dicho Pedro hacía pocos días. (Mt 16, 16). Y que se oyera la voz del Padre desde la nube quiere decir que ambos están de acuerdo en el camino que el Mesías tiene que recorrer. Todo, pues, estaba escrito, todo estaba anunciado.

¡Por tanto, ellos tendrán que escucharle y seguirle! ¡No hay alternativa!

Lo que pretende subrayar el texto sagrado es que la Pasión y la Muerte no es el fin de todo, sino que sólo son camino, grano enterrado en el surco, pascua, que culmina en la gloria de la Resurrección y obtiene la salvación y la vida eterna para todos.

¿Y, conociendo las disposiciones de los discípulos, aquello les habrá servido de algo?

Pedro, uno de los testigos, nos dice en su segunda carta: “Cuando os dimos a conocer el poder y la Última Venida de nuestro Señor Jesucristo, no nos fundábamos en fábulas fantásticas, sino que habíamos sido testigos oculares de su grandeza. Él recibió de Dios Padre honra y gloria, cuando la sublime Gloria le trajo aquella voz: Este es mi Hijo amado, mi predilecto. Esta voz, traída del cielo, la oímos nosotros en la montaña sagrada. Esto confirma la palabra de los profetas...” (2 Pe 1, 16 ss.).

También nosotros, peregrinos hacia la Pascua por el camino de la Cuaresma, salpicado de luchas y dificultades, necesitamos la experiencia de la montaña santa, para que comprendamos cómo tenía que ser el camino de Jesucristo, que es nuestro camino, y para que, en esta Cuaresma, recibamos gracia abundante que nos haga capaces de llegar hasta el final: La Pascua.

La Transfiguración de Jesucristo prefigura el acontecimiento grande y glorioso de su Resurrección. No en vano ésta se representa como la aparición de una luz muy grande, un torrente de una luz bienhechora que ilumina, que inunda al mundo entero, a toda la Creación que gime y espera participar en la gloria de los hijos de Dios, cuando Cristo venga de nuevo y llegue a su punto culminante su victoria sobre el pecado, el mal y la muerte (Rom 8, 19).

                                                                                                                ¡FELIZ DÍA DEL SEÑOR!


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Viernes, 04 de marzo de 2022

Reflexión a las lecturas del domingo primero de cuaresma C ofrecida por el sacerdote Don Juan Manuel Pérez Piñero bajo el epígrafe "ECOS DEL DÍA DEL SEÑOR"

Domingo 1º de Cuaresma

 

Me parece que sería conveniente comenzar nuestra reflexión de este domingo, haciendo una profesión de fe sobre la existencia del espíritu del mal, del diablo, porque la mayor parte de la gente piensa que no existe, que se trata de restos de un pasado oscurantista y poco científico, de explicaciones poco acertadas acerca del origen y de la existencia del mal y de la muerte, de una imagen que representa el mal y el pecado en el mundo, de una representación del dios malo, origen de todo mal, frente a la realidad del Dios de la bondad y del bien al que llamamos Dios Padre.

Lo que más le interesa a cualquier enemigo es dar la sensación de que no está. Y se esconde y se camufla hasta que llega el momento más oportuno para presentar batalla.

El diablo no sólo existe sino que tiene un conocimiento muy grande de la identidad de Cristo, de su misión y de su poder. Lo contemplamos, por ejemplo, al comienzo de su Vida Pública (Mc 1, 23-28). ¡Es el espíritu del mal!

Y también existe el otro espíritu, el Espíritu del bien, el Espíritu Santo, que es Dios, que ha descendido sobre Jesucristo en su Bautismo y se ha quedado con Él y que ahora le asiste y lo va “llevando por el desierto, mientras es tentado por el diablo”.

Ese Espíritu está también en nosotros y quiere conducirnos por el desierto de la Cuaresma para llegar bien dispuestos a las fiestas de Pascua.

¿Y por qué todos los años se nos presenta el mismo tema -las tentaciones del desierto- en el primer domingo de Cuaresma?

Porque cada año necesitamos recordar y revivir esta experiencia. Es fundamental para nosotros que caminamos hacia la Pascua en medio de las tentaciones y dificultades de nuestro propio desierto cuaresmal.

Hay un himno de este Tiempo, que dice: “La Cuaresma es combate, las armas, oración, limosnas y vigilias por el Reino de Dios”. Y si esto es así, cuánto nos ayuda, al comenzar la Cuaresma, acercarnos al combate de Cristo y a su victoria sobre las tentaciones del demonio.

Se suelen hacer muchos comentarios sobre cada una de ellas; pero a mí me gusta señalar “la tentación fundamental” que subyace en las tres tentaciones.

Me parece que el demonio trata de conseguir que el Mesías cambie de camino. Frente a la voluntad del Padre que ha trazado a Jesucristo un camino concreto que incluye todo tipo de adversidades, la Pasión y la Cruz, Satanás trata de desviarle por completo presentándole, en las tentaciones del desierto, un mesianismo diverso: espectacular, glorioso, triunfador…, como querían los judíos y sus mismos discípulos. Un Mesías que fuera capaz de convertir las piedras en pan, de tirarse por el alero del templo y caer en manos de los ángeles, y hasta de pactar con el diablo, si fuera necesario, para conseguir sus objetivos.

¿No te parece importante esta tentación que está latente en las distintas tentaciones?

Es la misma tentación del principio de la historia: “Seréis como Dios” (Gen 3, 5). Pero Jesucristo es el nuevo Adán que sale vencedor en su combate magnífico del desierto.

¿Y nosotros? Como, acabamos de ver, el demonio no se anda con rodeos, va a lo fundamental, a la misma condición mesiánica de Cristo; y en nosotros va a la raíz de nuestra existencia cristiana. A muchos cristianos no nos podrá convencer de que dejemos de serlo, pero tratará de conseguir, por lo menos, que no lo tomemos muy en serio.

Hace falta, por tanto, la ayuda del Espíritu del Señor que nos conduce y nos impulsa en esta Cuaresma a la victoria sobre el enemigo, sellada en la Noche Santa de la Pascua, con la renovación de los sacramentos de iniciación cristiana, principalmente, el Bautismo.

¡Y qué importante es comenzar este Tiempo de Cuaresma, contemplando esta imagen de Cristo Vencedor, sobre todo, si somos capaces de entender que esta victoria prefigura su otra victoria: la que obtiene por su Cruz y por su Resurrección que es su Pascua y principio y garantía de la nuestra.


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Martes, 01 de marzo de 2022

Por gentileza de Aliette ESPIEUX. Association Hozana | Alternante en Webmarketing & Communication

Los pilares de un hermoso “Sí”

El 25 de marzo celebramos la solemnidad de la Anunciación, es decir, ese maravilloso episodio de la Biblia en la que el ángel Gabriel anunció a María que iba a ser madre del Hijo de Dios, y ella aceptó humildemente. De hecho, María dijo que sí e hizo posible la salvación del mundo. 

Tengamos en cuenta que el “sí” de María es un “sí” de confianza, acogimiento y aceptación hacia lo que estaba por venir. ¡Que hermoso es este "sí"!, ¿cierto?. A propósito, ¿alguna vez te has preguntado en qué se fundamentó esta hermosa decisión?. Descubre los pilares del “sí” de la Virgen a continuación:

 Libertad: un verdadero "sí" es un "sí" libre y sin restricciones. De hecho, esto es precisamente lo que el sacerdote pregunta a los novios antes de recibir el intercambio de sus consentimientos: “¿Han venido aquí a contraer matrimonio por su libre y plena voluntad sin que nada ni nadie los presione?”. Por cierto, esta es una pregunta que también podemos hacernos antes de tomar cualquier decisión: no dudemos en pedir al Espíritu Santo que nos ayude a discernir esas limitaciones (como miedos, prejuicios, falsas creencias...) que impiden nuestra libertad y pueden alterar nuestras respuestas.

 Compromiso: cuando María decidió acoger al hijo de Dios, también aceptó todo lo que esto conllevaba, es decir, no solo la salvación del mundo, sino también las pruebas para ella y para José. Sin embargo, notemos que María no puso ninguna condición, ni tampoco se echó atrás ante la primera dificultad, por el contrario, dijo que sí, y ¡eso bastó!. Antes de dar una respuesta, te invitamos a apropiarte de estas palabras que Jesús pronunció durante el Sermón del Monte: “Cuando ustedes digan «sí», que sea sí, y cuando digan «no», que sea no. Todo lo que se dice de más, viene del Maligno” (Mateo 5:37).

 Perfecto abandono a Dios: María se entregó al amor de Dios totalmente y confió incondicionalmente en la voluntad del Padre. Sabemos que no es posible controlarlo todo o conocer todas las consecuencias de cada una de nuestras decisiones, sin embargo, tengamos presente que un "sí" constituye un acto de fe y recordemos lo que nos dice el apóstol Pablo, “Ahora bien, la fe es la garantía de los bienes que se esperan, la plena certeza de las realidades que no se ven.” (Hebreos 11:1)

Te invitamos a confiar nuestros próximos "Sí" a María para que sean auténticos, llenos de confianza y entusiasmo, de modo que podamos irradiar el amor de Dios a través de cada decisión que tomemos.


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Por gentileza de Aliette ESPIEUX. Association Hozana | Alternante en Webmarketing & Communication

 ¡3 personajes para inspirarnos en Cuaresma! 

La Cuaresma conmemora los 40 días de Cristo en el desierto. De hecho, como cristianos estamos invitados a vivir este tiempo litúrgico con una actitud de oración, introspección y conversión, teniendo en cuenta que no siempre es fácil entrar en nuestros desiertos o silencios para acercarnos a Dios. No obstante, recordemos que no estamos solos, porque Jesús va delante de nosotros.  Además, ¡podemos optar por seguir los pasos de guías muy populares en la Biblia! Te invitamos a descubrir a continuación tres personajes que han trazado hermosos caminos en el desierto: 

- Moisés y el camino de la paciencia: en el Antiguo Testamento, Moisés guió al pueblo de Dios durante 40 años en el desierto. Si analizamos bien, podremos darnos cuenta que se trató de un éxodo lleno de altos y bajos…

Por eso, ¡sin duda alguna podemos considerarlo como un excelente guía para ayudarnos a cruzar nuestro desierto durante 40 días! Recordemos que la Cuaresma puede ser una oportunidad para revivir los grandes momentos de duda y esperanza del pueblo judío, como el episodio de la serpiente de bronce, antes de que podamos levantar la mirada hacia la Cruz.

- Juan el Bautista y el camino de la conversión: la Cuaresma comienza con la frase de los Evangelios que dice "conviértanse y crean en la Buena Noticia" (Marcos 1:15). Tengamos presente que Juan preparó el camino para recibir a Jesús, al proponer un bautismo de conversión para el perdón de los pecados. De hecho, el último profeta que vivió durante mucho tiempo en el desierto, nos puede conducir por un camino de humildad y abandono total al Señor, pues como dicen las escrituras: “Juan estaba vestido con una piel de camello y un cinturón de cuero, y se alimentaba con langostas y miel silvestre.” (Marcos 1:6)

- Charles de Foucauld y el camino de la fraternidad: este "hermano universal" manifestó su servicio a Dios por medio del amor al prójimo, aún en medio del desierto. A decir verdad, él nos mostró cómo ir más allá de nuestras propias fronteras guiados por el amor a Cristo y al prójimo. A propósito, el 15 de mayo de 2022 se llevará a cabo su canonización, y esta puede ser una buena oportunidad para conocerlo mejor.


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