Viernes, 29 de abril de 2022

Reflexión a las lecturas del domingo tercero de Pascua ofrecida por el sacerdote Don Juan Manuel Pérez Piñero bajo el epígrafe "ECOS DEL DÍA DEL SEÑOR"

Domingo 3º de Pascua C

 

En las apariciones de Cristo Resucitado constatamos el interés que Él tiene por estas tres cosas: porque los discípulos tengan la certeza, más allá de toda duda, de que realmente Él es el mismo Jesús que estaba con ellos y que ha resucitado; de que todo lo sucedido estaba ya anunciado en la Ley, en los Profetas y en los Salmos, es decir, en todo el Antiguo Testamento; y que había que dar a conocer con vigor y con entusiasmo este acontecimiento con todas sus consecuencias, en Jerusalén, en toda Judea, en Samaría, y hasta los confines de la tierra” (Hch 1, 8).

El Evangelio de este domingo nos presenta la tercera aparición de Jesucristo Resucitado a los discípulos, que están iniciando su vida normal: están en la pesca, el trabajo habitual de algunos de ellos.

En medio de la pesca, descubren la presencia de Cristo Resucitado. Ellos conocen, como nadie, el lago, han pescado toda la noche y no han cogido nada, y ahora, de repente, y por indicación de un desconocido, se llenan las redes de peces. ¿Cómo es esto posible? ¿Qué ha pasado?

“¡Es el Señor!” dice Juan, el más clarividente de todos.

Y es importante observar que durante la comida, “ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle quién era porque sabían bien que era el Señor” nos dice el Evangelio de hoy.

Se ha cumplido, por tanto, el primer objetivo de las apariciones: llevar al ánimo abatido de los discípulos la certeza de que Él había resucitado.

Aquella comida es signo de la Eucaristía, el gran banquete de la Iglesia, y en el que “pregustamos y tomamos parte” del banquete del Cielo. Es lo que resalta la Liturgia de este día en el Evangelio: “Jesús se acerca, toma el pan y se lo da, y lo mismo el pescado”.

Pedro cuenta 153 peces. Según San Jerónimo eran los peces conocidos entonces. Y es posible que pueda ser, en Juan, un signo de la universalidad de la Iglesia a la que todos estamos llamados.

Y la Iglesia tendrá como cabeza visible a Pedro que, después de la comida, es examinado sobre el amor y es confirmado en la misión que el Señor le había anunciado. ¡Hasta ese punto le perdona el Señor!

En la primera lectura comprobamos cómo se está cumpliendo también el tercer objetivo: Dar testimonio en todas partes de Cristo Resucitado con la luz y la fuerza del Espíritu Santo. En efecto, los apóstoles se presentan ante el Sanedrín como testigos de la Resurrección, y formulan lo que nosotros conocemos como “una objeción de conciencia”: “Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres”. Y, una vez azotados, “salen contentos de haber merecido aquel ultraje por el nombre de Jesús”.

Y es particularmente importante lo que les dice el Sumo Sacerdote: “Habéis llenado Jerusalén con vuestra enseñanza y queréis hacernos responsables de la sangre de ese hombre”.

En nuestro tiempo, en el que urge por todas partes el anuncio de esta Buena Noticia, sería muy importante retener esta expresión: “habéis llenado Jerusalén con vuestra enseñanza”. ¡Y nos sentimos animados a pensar qué necesario sería que en nuestros pueblos y ciudades, que en nuestras parroquias y comunidades se pudiera decir lo mismo de nosotros!

                                                                                                       

                                                                                                        ¡FELIZ DÍA DEL SEÑOR!

 


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Viernes, 22 de abril de 2022

Reflexión a las lecturas del segundo domingo de Pascua ofrecida por el sacerdote Don Juan Manuel Pérez Piñero bajo el epígrafe "ECOS DEL DÍA DEL SEÑOR"

Domingo 2º de Pascua C

 

¡Hemos llegado al “día octavo”, a la Octava de Pascua! Durante esta semana hemos estado celebrando cada día, aunque fuera una jornada laboral, la Solemnidad de la Resurrección del Señor.

Ya sabemos que la Resurrección es un acontecimiento muy grande, con unas consecuencias prácticas muy notables y no cabe en un solo día. Por eso son 50 días los del Tiempo Pascual.

En cada celebración se ha ido repitiendo el mismo esquema: en la primera lectura, del libro de los Hechos de los Apóstoles, hemos escuchado algún testimonio de éstos acerca de la Resurrección, después de Pentecostés. Y, en el Evangelio, alguna de las apariciones de Cristo Resucitado a sus discípulos. Lógico es que, al llegar a la Octava, se nos presente, en el Evangelio, la aparición de ese día, del día octavo.

La primera lectura, en lugar del testimonio de un apóstol, nos presenta el de toda la primera comunidad cristiana: cómo vivían los primeros creyentes en la Resurrección.

El Evangelio nos presenta, en toda su crudeza, el tema de la fe. Y sería fácil quedarnos con la conclusión de que Tomás era malo porque no creyó y nosotros, buenos, porque sí creemos… ¡Y ya está!

Pero no sería lógico. Tendríamos que preguntarnos, más bien, cómo es nuestra fe: si es una fe consciente, viva, activa, comprometida… Si conocemos los fundamentos de nuestra fe y si estamos capacitados para dar razón de nuestra esperanza, etc.

El Papa San Pablo VI, en una célebre oración implorando el don de la fe, pedía al Señor una fe cierta “por una exterior congruencia de pruebas y por un interior testimonio del Espíritu Santo…”

El Evangelio de hoy nos enseña “que estos signos (milagros) se han escrito para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre”. Por tanto, hay que conocerlos para llegar a la fe o para fortificarla. Por algo se llama a la fe “rationabile obsequium”, es decir, se trata de algo que concuerda con la razón aunque la trascienda.

Recuerdo que, después de alguna de mis homilías de este domingo, alguna persona me ha dicho: “Yo no había oído nunca decir a un sacerdote que debemos tener razones para creer”. Y porque todo esto es muy frecuente, me parece que nos viene bien traer este tema a nuestro comentario litúrgico de hoy.

Recuerdo que, cuando el año 1982, el Papa San Juan Pablo II vino a España, dijo, en la Universidad de Salamanca, que la gente tiene hoy “necesidad de certezas”.

Entonces, ¿dónde estuvo el error de Tomás? En exigir demasiado. Pide una experiencia física para creer. Y esa posibilidad no existe cuando se trata de hechos del pasado. De los hechos históricos sólo podemos tener conocimiento por el testimonio de los que han tenido una relación directa con ellos. Por eso, no nos podemos cerrar, como hace Tomás, al testimonio de los otros, de la comunidad, de los antepasados, de los que entienden, de la Iglesia.

Además, ¡cuántos “actos de fe” hacemos cada día!: Todos los días tenemos que fiarnos de otras personas, incluso, a la hora de comer. No decimos: “¿Y esta comida no estará envenenada?”. Por poner sólo un ejemplo.

De esta forma, el Evangelio de Juan establece el nexo de unión entre los cristianos que habían conocido al Señor y los que no lo habían conocido y tenían que “creer sin ver”. Pero no sin razones, lo que los teólogos llaman “motivos de credibilidad”.

Y no podemos olvidar que es éste el “Domingo de la Misericordia”. Los textos de la Misa se hacen eco de esta realidad comenzando por la oración colecta, que dice: “Dios de eterna misericordia, que reanimas la fe de este pueblo a ti consagrado, con la celebración anual de las fiestas pascuales…”

A mí me parece que este Domingo de la Divina Misericordia constituye como un resumen de toda la Semana Santa. Es lógico que en el salmo responsorial de este día proclamemos: “Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia”.

                                                                                                        ¡FELIZ DÍA DEL SEÑOR!


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S?bado, 16 de abril de 2022

Reflexión a las lecturas del domingo de Pascua de Resurrección ofrecida por el sacerdote Don Juan Manuel Pérez Piñero bajo el epígrafe "ECOS DEL DÍA DEL SEÑOR"

Domingo de Pascua de Resurrección C

 

¡Por fin, hemos llegado a la Pascua!

Hemos venido por el camino de la Cuaresma que es el mejor camino, el único camino que nos conduce hasta aquí.

Es lógico que estemos contentos: ¡Jesucristo ha resucitado! Es decir, ha pasado de la muerte a vida, de la Cruz a la Resurrección

¡Quiere decir que el Padre, en el Cielo, ha aceptado el Sacrificio de su Hijo en la tierra, y ha llegado la salvación! Hablamos en términos humanos. De aquí viene la inmensa alegría de la Pascua y de toda la vida. ¡Todo ha cambiado de rumbo y de sentido! ¡Incluso nos felicitamos unos a otros por la enorme “suerte”, que hemos tenido!

Ya Jesús nos ha enseñado con toda claridad y firmeza, que el sufrimiento y la muerte no son el fin de todo, que no terminan en sí mismos, sino que son camino, paso, pascua.

¡La Pascua, que hoy celebramos es la gran noticia que, cada año, conmueve al mundo desde el núcleo mismo de su existencia!

Y el momento culminante de esta victoria es la Venida Gloriosa del Señor, que es el día de la resurrección de los muertos y de la vida sin fin. Aún así, en la espera, nos llenamos de consuelo y de esperanza. Es la certeza de la fe, que nos transmite el apóstol como el mejor regalo de Pascua

Aunque no tenemos prisa por decirlo todo hoy. Tenemos ahora la Octava de Pascua y, además, todo el Tiempo Pascual. Son, en total, 50 días de celebración, de alegría y de fiesta.

El Tiempo Pascual se ha llamado “la cuaresma de la alegría” Y no hay fiesta como ésta en el mundo: cuarenta días de preparación, la Cuaresma, y cincuenta de celebración: la Pascua y el Tiempo Pascual.

El Evangelio de este año, tomado de la Vigilia, nos presenta a las mujeres olvidadas de la resurrección, camino del sepulcro. Ellas, como los discípulos, no entendían nada de resurrección. Y van al sepulcro con los aromas para embalsamar el cuerpo del Señor. ¡Y había resucitado! Y se les presentan dos ángeles que les aclaran el misterio: “Acordaos de los que os dijo estando todavía en Galilea: El Hijo del Hombre tiene que ser entregado en manos de pecadores, ser crucificado y, al tercer día, resucitar”. Claro que se acordaron. Y temblaban de alegría… Y se fueron corriendo a comunicarlo a los apóstoles y a los demás que estaban con ellos. Pero éstos lo tomaron por “cosa de mujeres”, por “un delirio”, y no las creyeron.

Ahora nos toca a nosotros anunciar este acontecimiento a todos y por todas partes aunque muchos lo tomen también por un delirio y no nos crean. Lo nuestro es cumplir el encargo, o mejor, el mandato del Señor y salir a comunicarlo. ¿Es que no tenemos que ser una Iglesia en salida misionera?

La Virgen María no es sólo la Madre del Crucificado, Ntra. Sra. de los Dolores, sino también la Madre del Resucitado, nuestra Sra. de la Alegría, de la Victoria y de la Esperanza. Y también nuestra Madre en el orden de la gracia (L. G. 61). Ella no iba al sepulcro con las demás mujeres; ella no se había olvidado de la resurrección y se mantiene a la espera, en la firmeza humilde de la fe. Tampoco ella ha tenido que esperar la Vuelta del Señor para participar plenamente de su Pascua como nosotros sino que, terminada su vida en la tierra, ha sido glorificada y llevada en cuerpo y alma al Cielo. El Vaticano II nos ofrece una verdad que nos sirve siempre de aliento, de consuelo y de esperanza: ella es, por tanto, como un espejo hermoso en el que se mira, cada día, la Iglesia peregrina, especialmente, en este tiempo de Pascua.

Sobre el Bautismo digamos ahora, al menos, que es el primer sacramento por el que participamos del Misterio Pascual. Lo recordamos, especialmente, anoche, en la Vigilia, en la que lo hemos renovado con el mejor espíritu. Este era el objetivo principal de la Cuaresma

¡Cristo ha resucitado, ha vencido sobre la muerte y sobre todo mal! ¡Muchas felicidades!

 

                                                                                                       ¡FELIZ DÍA DEL SEÑOR!


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Viernes, 08 de abril de 2022

Reflexión a las lecturas del domingo de Ramos C ofrecida por el sacerdote Don  Juan Manuel Pérez Piñero bajo el epígrafe "ECOS DEL DÍA DELSEÑOR"


DOMINGO DE RAMOS EN LA PASIÓN DEL SEÑOR

¡La Liturgia del Domingo de Ramos es muy hermosa!

En la primera parte, recordamos y revivimos la Entrada del Señor en Jerusalén que le recibe como Rey y Mesías. Nuestras aclamaciones y nuestros cantos se unen a los de aquella gente que le acoge de una manera tan extraordinaria, y a tantos cristianos que, a lo largo de los siglos, han celebrado esta fiesta hasta llegar hasta nosotros que lo hacemos este día, unidos a toda la Iglesia.

La segunda parte es la Misa de Pasión. De este modo, ¡La Cruz del Señor se convierte en el centro de la Semana! La misma procesión, llena de colorido y de fiesta, prefigura la gloria de la Resurrección que celebraremos el próximo domingo.

¡El Domingo de Ramos es el pórtico de la Semana Santa!

¡Cuántas gracias hemos de dar al Señor que nos concede, un año más, celebrar la Pascua, la fiesta más grande e importante de los cristianos!

Y hemos de acoger estos días santos con el mejor sentido de responsabilidad: “No podemos echar en saco roto la gracia de Dios” (2 Co 6, 1).

Nuestra atención tiene que centrarse en las celebraciones litúrgicas de nuestras iglesias. Las procesiones, tantas y tan importantes en algunos lugares, expresan y alimentan también lo que conmemoramos, pero no pueden sustituir a las celebraciones que son lo más importante.

Los sacramentos que brotan de la Muerte y Resurrección del Señor, constituyen el núcleo de estos días, sobre todo, el Bautismo, la Confirmación y la Eucaristía, sacramentos de la Iniciación Cristiana, que vamos a renovar, con el mejor espíritu, la Noche Santa de la Pascua.

Y la mejor manera de renovarlos es recibir el de la Penitencia o de la Reconciliación, tan propio de estas fechas. El Papa S. León Magno, que vivió en el siglo V, enseñaba que es propio de las fiestas pascuales que toda la Iglesia goce del perdón de los pecados tanto los que llegan nuevos a ella por la recepción del Bautismo como los que han tenido la dicha de haber recibido, desde hace mucho tiempo, esta gracia incomparable.

La Eucaristía está siempre presente como la forma principal e imprescindible de renovar los distintos acontecimientos que recordamos.

Y la Semana Santa la celebramos como cristianos, es decir, como personas que están experimentando y valorando constantemente en sus vidas los frutos de la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesucristo.

Hagámoslo también tratando de compartir con todos los hermanos el mensaje gozoso de la Semana Santa y de la Pascua del Señor. Como miembros de una Iglesia en salida misionera.

¡Les deseo la dicha de una buena Semana Santa!

Para ello, es importante disponer de alguna guía litúrgica o alguna ayuda para las celebraciones de cada uno de los días que son distintas, especialmente, las del Triduo Pascual.

Con la celebración de la Cena del Señor, el Jueves Santo, termina la Cuaresma y comienza el Triduo Pascual. Es propio también de este día y tiene mucha importancia la llamada Misa Crismal, en la que el obispo, rodeado de su presbiterio, bendice los oleos y consagra el crisma; pero se puede trasladar a otro día de la semana para que puedan asistir todos, especialmente, los sacerdotes que renuevan ese día sus promesas sacerdotales. Aquí se ha trasladado al martes santo.

 El Viernes Santo, desde antiguo, no se celebra la Santa Misa sino la Acción Litúrgica de la Pasión del Señor; y la celebración más importante de todo el año es la Vigilia Pascual, que es en la noche de la Resurrección del Señor y el objetivo fundamental de toda la Cuaresma; y el Domingo de Resurrección es la Pascua, que da comienzo al Tiempo Pascual: 50 días de alegría y de fiesta en honor de Jesucristo Resucitado y que hemos de celebrar, según los santos padres, con alegría y exultación como si se tratara de un único día de fiesta, de un gran domingo.

                                              

                                                                                  ¡FELIZ DÍA DEL SEÑOR!


Publicado por verdenaranja @ 12:20  | Espiritualidad
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Viernes, 01 de abril de 2022

Reflexión a las lecturas del domingo quinto de Cuaresma C ofrecida por el sacerdote Don Juan Manuel Pérez Piñero bajo el epígrafe "ECOS DEL DÍA DEL SEÑOR"

Domingo V de Cuaresma C

                                                                                     

El Evangelio de Jesucristo es un mensaje y un camino de liberación verdadera como contemplamos en la Liturgia de este domingo.

¡Una mujer sorprendida en adulterio!

Según la Ley de Moisés tenía que morir apedreada. Pero los fariseos y escribas aprovechan la ocasión para tender una trampa al Señor: “La ley de Moisés nos manda apedrear a las adúlteras. ¿Tú qué dices?

Ante su insistencia responde: “El que esté sin pecado, que le tire la primera piedra”.

Entonces “se fueron escabullendo uno a uno comenzando por los más viejos”.

¡Son sinceros! ¡Se reconocen pecadores y comienzan a marcharse!

Pero tantos cristianos de hoy que dicen que no tienen pecados, ¿qué harían? ¿Le tirarían la primera piedra? ¿Y la segunda…? ¡Es para pensarlo!       

Cuando se han marchado todos, se queda Jesús solo con la mujer.

¡Jesús es el único que puede tirar la primera piedra y la última piedra a aquella mujer, porque Él sí que está libre de pecado! Sin embargo, le dice: “Tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante, no peques más”.

Jesús no niega el pecado de aquella mujer. Sólo que no la condena a muerte y le concede el perdón y la paz. Por eso, su liberación es verdadera; no es una falsa liberación como sucede tantas veces, cuando se le dice a una persona que eso no es pecado, que no tiene tanta importancia, que, en las circunstancias en que se encuentra puede hacerlo con toda tranquilidad, que no pasa nada, etc. Cristo, como decía, le libera del pecado y la reintegra en la vida social y religiosa de Israel.

Y Jesucristo la despide diciéndole: “Anda, y, en adelante, no peques más”.

¡Y la mujer recobra la dignidad perdida y vuelve a su casa purificada y dignificada por Cristo, para reemprender un camino nuevo!

¡Qué impresionante es todo esto! El Señor siempre nos perdona si estamos verdaderamente arrepentidos. ¡Nos da siempre una segunda oportunidad…! ¡Y una tercera…! En el pecado, siempre da lugar al arrepentimiento, a la conversión, a la que Él nos llama  siempre, pero, especialmente, en este Tiempo de Cuaresma.

En toda la Sagrada Escritura, desde el Génesis hasta el Apocalipsis, se nos recuerda constantemente esta verdad.

¡Y a cada uno de nosotros se nos convoca en esta Cuaresma a realizar como la mujer pecadora, un camino de conversión que culmine con el sacramento de la Reconciliación o de la Penitencia que es la mejor preparación para la Pascua y la mejor manera de renovar nuestro Bautismo.

Algo parecido contemplábamos el domingo pasado cuando el padre de la parábola mandaba que a su hijo, que vuelve arrepentido, le vistan con el mejor traje, le pongan un anillo en la mano y sandalias en los pies..., porque es el hijo que vuelve arrepentido y con el deseo de iniciar una nueva vida.

La primera lectura de hoy es un mensaje de liberación al pueblo de Dios desterrado en Babilonia. El profeta asocia a toda la naturaleza a esta obra de salvación que prefigura la que realizará Jesucristo, el Mesías, nuestro Salvador. ¡Es lo que contemplaremos en la Semana Santa y en la Pascua!

La segunda lectura nos presenta el testimonio de un liberado por Cristo, Pablo, que nos dice: “Por Él lo perdí todo, y todo lo estimo basura con tal de ganar a Cristo y existir en Él…”

¿Y qué vería el apóstol en Cristo para hablar de esta manera?

Por todo ello, es lógico que este domingo proclamemos todos en el salmo responsorial:  “¡El Señor ha estado grande con nosotros, y estamos alegres!”

                                                                                                                                                 ¡FELIZ DÍA DEL SEÑOR!


Publicado por verdenaranja @ 13:09  | Espiritualidad
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