Viernes, 27 de mayo de 2022

Reflexión a las lecturas del domingo de la Ascensión del Señor C ofrecida por el sacerdote Don Juan Manuel Pérez Piñero bajo el epígrafe "ECOS DEL DÍA DEL SEÑOR"

Domingo de la Ascensión del Señor

Con un lenguaje solemne el salmo responsorial proclama el contenido de esta Solemnidad: “Dios asciende entre aclamaciones, el Señor al son de trompetas”. En efecto, terminada la misión que el Padre le encomendó realizar en la tierra, Jesucristo asciende hoy al cielo y se sienta a la derecha del Padre, es decir, en igualdad con el Padre.

A primera vista, puede parecernos extraña la alegría con la que celebramos esta fiesta. Lo más normal hubiera sido que, después de despedir al Señor, los apóstoles hubieran vuelto  a casa llorando, con gran pena y tristeza; sin embargo, nos dice el Evangelio, que “se volvieron a Jerusalén con gran alegría; y estaban siempre en el templo bendiciendo a Dios”. Y en la oración de la Misa, le pedimos al Señor que nos conceda “exultar santamente de gozo y alegrarnos con religiosa acción de gracias…”.

¡Y nos alegramos por Jesucristo y por nosotros!

Por Jesucristo, porque vuelve al Cielo revestido de nuestra condición humana glorificada. Es el momento culminante de su exaltación y de su victoria sobre el pecado, el mal y la muerte; y así, vive en el Cielo intercediendo por nosotros hasta su vuelta gloriosa que esperamos, o mejor, que anhelamos. Es lo que dicen a los discípulos aquellos varones vestidos de blanco de la primera lectura: “Así como le habéis visto marcharse, así volverá”.

Y nos alegramos también por nosotros porque, como decimos hoy en el prefacio de la Misa, la Ascensión de Jesucristo “es ya nuestra victoria y donde nos ha precedido Él, que es nuestra cabeza, esperamos llegar también nosotros como miembros de su cuerpo”.

Y San Pablo dice: “Dios, rico en misericordia, por el gran amor con que nos amó, estando muertos por los pecados, nos ha hecho vivir con Cristo, por pura gracia estáis salvados, nos ha resucitado con Cristo Jesús, y nos ha sentado en el Cielo con Él” (Ef 2, 4).

Por tanto, para San Pablo la Ascensión de Jesucristo y nuestra glorificación en el Cielo son dos realidades inseparables como decíamos antes. ¡Nuestro destino definitivo está ya, por tanto, determinado, está cumpliéndose ya!

Y Jesús recuerda a los suyos su condición de apóstoles, es decir, de enviados, para ser “sus testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaría, y hasta los confines del mundo”. Para ello les advierte que no se alejen de Jerusalén; que tienen que aguardar “la promesa” de la que les ha hablado: el Espíritu Santo.

La segunda lectura nos presenta la entrada de Cristo en el Santuario del Cielo como Sumo Sacerdote de la Nueva Alianza, para ponerse ante Dios intercediendo por nosotros.

El texto nos anima a acercarnos a Él, “con corazón sincero y llenos de fe, con el corazón purificado de mala conciencia, y con el cuerpo lavado en agua pura”. Y añade: “Mantengámonos firmes en la esperanza que profesamos porque es fiel quien hizo la promesa”.

                                                                                   ¡FELIZ DÍA DEL SEÑOR!


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Viernes, 20 de mayo de 2022

Reflexión a las lecturas del domingo sexto de Pascua C ofrecida por el sacerdote Don Juan Manuel Pérez Piñero bajo el epígrafe "ECOS DEL DÍA DEL SEÑOR"

Domingo 6º de Pascua C

 

Cuando va a morir alguien en una familia, se procura que todos estén preparados para afrontar esa realidad que está llena de dificultades y sufrimientos, lo que se llama “el dolor de la separación”. Pensemos, por ejemplo, en una madre joven.

Estos últimos domingos de Pascua, en vísperas de la Ascensión, observamos cómo Jesucristo también prepara a sus discípulos para su muerte, para su marcha de este mundo al Padre.

¿Y cómo lo hace? De una forma muy concreta: con una serie explicaciones y recomendaciones y con la promesa del Espíritu Santo. De eso trata el Evangelio de este sexto Domingo de Pascua en el que celebramos en España la Pascua del Enfermo.

Es muy importante para los discípulos la promesa del Espíritu Santo a quien Jesús llama el Paráclito, es decir, el Defensor, que será quien les enseñe todo y les vaya recordando todo lo que les ha dicho.

En la primera lectura, constatamos la presencia y la acción del Espíritu en los apóstoles en el llamado “Concilio de Jerusalén” y cómo se identifican con Él hasta el punto que dicen: “Hemos decidido el Espíritu Santo y nosotros…”

En este momento, recuerdo las enseñanzas de Juan Pablo II en la encíclica sobre el Espíritu Santo “Dominum et Vivificantem”, y sus magníficas explicaciones de las palabras de Jesucristo a los discípulos en la Última Cena, acerca del don de su Espíritu. En los primeros días de esta semana, el Evangelio nos presentará, cada día, alguna de aquellas enseñanzas del Señor.

El Espíritu Santo va a recordarles constantemente la Palabra de Jesús y eso hará que vivan en su amor y guarden su Palabra, y entonces el Padre también los amará y vendrán y harán una morada en sus corazones. Es el tema tan importante de la inhabitación de la Santísima Trinidad en nosotros.

Se nos dice que los evangélicos sinópticos, en la despedida de Cristo, centran su atención en su Venida Gloriosa, mientras que San Juan prefiere el tema de esta nueva presencia de Jesucristo en nosotros de la que nos habla con toda claridad: “Me habéis oído decir: me voy y vuelvo a vuestro lado”.

¡Cuántas reflexiones podríamos hacer acerca de esta asombrosa presencia del Hijo de Dios en nuestros corazones, y, al mismo tiempo, cuántas cosas podríamos preguntarnos! Por ejemplo: ¿Acogemos y atendemos esa presencia del Señor en nuestro interior o la tenemos un tanto olvidada? ¿No seremos, a veces, inconscientes de esa sublime grandeza? ¿Estaremos, como San Agustín, buscando a Dios por fuera mientras lo tenemos tan adentro? ¿Nos esforzamos por mantenernos en gracia de Dios para no perder, por el pecado grave, esa maravillosa presencia de Dios en nuestra vida?

A la luz de esta realidad, pensamos hoy en nuestros enfermos que están llamados a vivir, de un modo particular, esta presencia continua de Dios en nuestro interior. Siempre me gusta decir que la ayuda, la atención, a una persona enferma no se puede reducir a la comida, la ropa y las medicinas. Necesita algo más, mucho más: la asistencia espiritual, la ayuda de Dios, que viene garantizada por la oración y los sacramentos, especialmente, el de la Unción de los Enfermos, que debemos recibir con el tiempo, la preparación y las disposiciones adecuadas.

Y Jesucristo les deja también a los discípulos su paz que es la verdadera paz, que está constituida por el conjunto de las bendiciones divinas. Y esta paz se la deseo a todos, de corazón, este Domingo de Pascua, especialmente, a los enfermos y a los que les atienden.

                                                                                                            ¡FELIZ DÍA DEL SEÑOR!


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Viernes, 13 de mayo de 2022

Reflexión a las lecturas del domingo quinto de Pascua C ofrecida por el sacerdote Don Juan Manuel Pérez Piñero bajo el epígrafe "ECOS DEL DÍA DEL SEÑOR".

Domingo 5º de Pascua C

                                                 

Cuando muere una persona querida recordamos sus palabras, sus gestos, y, sobre todo, sus encargos y recomendaciones de despedida.

Las palabras del Señor del Evangelio de hoy tienen acento de despedida. Se trata de un fragmento de la Última Cena en la que el Señor nos deja el mandamiento del amor como su última recomendación, su último encargo: “Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros como yo os he amado”.

El Tiempo de Pascua es muy apropiado para reflexionar sobre ello porque contemplamos a Cristo Resucitado que se ha entregado hasta la muerte por nosotros; y comprendemos así mejor su contenido y su alcance. San Juan lo expresa con mucha claridad: “En esto hemos conocido el amor, en que Él dio su vida por nosotros. También nosotros debemos dar nuestra vida por los hermanos”. Para el apóstol, el amor a los hermanos “hasta dar la vida” es una consecuencia inmediata del amor que Jesucristo nos ha tenido. Por tanto, por mucho que amemos a los demás, siempre nos quedará mucho camino. ¿Quién puede amar como Jesucristo nos amó? Pero se nos presenta como un objetivo inalcanzable para que luchemos y nos esforcemos por acercarnos lo más que podamos a ese ideal y nos preserva de la tentación de pensar que ya no necesitamos amar más, que con lo que hacemos ya es suficiente.

S. Agustín nos dice que, cuando alguien nos invite a una comida, tenemos que mirar bien lo que nos ponen delante porque después, tendremos nosotros que corresponder con otra comida. Esto lo refiere a la Eucaristía en la que se nos da el Cuerpo y la Sangre del Señor; y nos enseña que los mártires han sido aquellos que lo han hecho con mayor perfección: han tomado de la mesa la Sangre de Cristo y luego han entregado la suya.

Pero tenemos que subrayar que el Señor nos ha dejado el Mandamiento Nuevo como “la señal” de que somos discípulos suyos (Jn 13, 35). Por tanto, indica con vigor la diferencia entre el ser o no ser cristiano de cada uno. ¡Qué importante es todo esto! Y nos servirá para conocer dónde hay un cristiano de verdad y dónde no. No se trata, por tanto, de fijarnos a ver si hace esto o lo otro, si hace mucho o poco, si tiene muchas cualidades o pocas, si habla y se expresa bien o no. Resulta todo más sencillo: ¿Se esfuerza por amar como Jesucristo? Es cristiano. ¿No lo hace? Que no se esfuerce por darnos razones de su identidad cristiana. Sencillamente, si era cristiano ha dejado de serlo. Bien lo entendió San Pablo cuando escribió lo que llamamos el himno de la caridad del capítulo trece de la primera carta a los Corintios: Ya podríamos hacer grandes cosas, nos dice, como entregar a los pobres todo lo que tenemos o dejarnos quemar vivos, ¡si no tenemos amor, de nada nos sirve, en nada nos aprovecha!

San Juan nos presenta esta realidad con una gran claridad y firmeza, cuando escribe: “Si alguno tiene de qué vivir y, viendo a su hermano en necesidad le cierra las entrañas, ¿cómo va a morar en él el amor de Dios? (1 Jn 3, 17).

En este Tiempo de Pascua, la primera lectura nos presenta algunas veces la vida de las primeras comunidades cristianas, donde, a pesar de las deficiencias de todo lo humano, todos se amaban y nadie pasaba necesidad. Y, como contemplamos en la lectura de hoy, eran comunidades misioneras, evangelizadoras. Y ya sabemos que el mayor gesto de amor que podemos hacer a otra persona, es llevarla al conocimiento de Jesucristo como hacían Pablo, Bernabé y todos aquellos primeros cristianos. Si lo hacemos así, nuestras comunidades se parecerán a la Iglesia del cielo de la que nos habla la segunda lectura con dos imágenes atrayentes: una novia arreglada para su esposo y un hogar familiar feliz de donde ha desaparecido todo mal.

                                                                                                                                                          ¡FELIZ DÍA DEL SEÑOR!


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S?bado, 07 de mayo de 2022

Por gentileza de Aliette ESPIEUX. Association Hozana | Alternante en Webmarketing & Communication

¡Felices los mansos!

“Felices los mansos, porque ellos heredarán la tierra” (Mateo 5:5).



Jesús presenta la mansedumbre como un camino hacia la plenitud y la santidad; si analizamos este pasaje, podemos ver una vez más que, el mensaje de Jesús derriba las apariencias, pues en un mundo aparentemente dominado por los poderosos, ¡en realidad son los mansos quienes heredarán la tierra!

Por otro lado, debemos tener presente que la mansedumbre se muestra como todo, menos como un camino fácil, una renuncia, o una resignación. A decir verdad, ¡se trata de una gran y hermosa virtud que debemos cultivar cada día!
Pero, quizá te estás preguntando, ¿cómo podemos cultivarla?. A continuación, te proponemos unas cuantas ideas:

  • Haciéndola germinar junto a la paciencia y la humildad. Al respecto, muchos santos nos han mostrado que estas tres virtudes se alimentan mutuamente. Te invitamos a seguir el ejemplo de San Francisco de Asís, quien diariamente rezaba la oración de la mañana diciendo: “Hoy quiero mirar al mundo con ojos llenos de amor. Ser paciente, comprensivo, humilde, suave y bueno”: ¡Dejémonos inspirar por la dulzura radiante, generosa y siempre renovada de la Creación!
  • Contemplando a Jesús. Cuando exploramos la Biblia, vemos que los Evangelios contienen numerosas escenas que nos dejan ver la mansedumbre y dulzura de Cristo, reflejada a través de sus miradas, palabras y gestos. De hecho, meditar en los Evangelios, nos permite comprender cómo la mansedumbre de Cristo puede transformar nuestra realidad. Por ejemplo, en el capítulo 11 del Evangelio de Mateo, Jesús nos dice: “Obedezcan mis mandamientos y aprendan de mí, pues yo soy manso y humilde de verdad. Conmigo podrán descansar” (Mateo 11.29).
  • Orando: Como toda virtud, podemos pedirla a Dios y él nos la dará sin condiciones. ¡Pidamos a Jesús que transforme nuestros corazones, con esta sencilla, pero poderosa oración!: “Jesús, manso y humilde de corazón, haz mi corazón semejante al tuyo”.

¡Que vivan los mansos! ¡Que la mansedumbre de Cristo brille sobre toda la tierra!

 

Escrito por: Alice Ollivier de Hozana.org 

 


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Por gentileza de Aliette ESPIEUX. Association Hozana | Alternante en Webmarketing & Communication

¡Una oración que alimenta!

El Evangelio de Mateo relata que, cuando Satanás intentó tentar a Jesús en el desierto, Él le respondió con un versículo de la Biblia: "No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios" (Deuteronomio 8:3)

El término manducación proviene del latín manducare que significa comer o masticar. En el catolicismo, la manducación se refiere a una forma de oración que ayuda a alimentarse profundamente de la Palabra de Dios, y que nos recuerda las palabras que el Señor dijo al profeta Ezequiel: "Después me dijo: Hijo de hombre, alimenta tu vientre y llena tus entrañas con este libro que yo te doy. Yo lo comí y era en mi boca dulce como la miel” (Ezequiel 3:3).

De hecho, esta oración meditativa se remonta a los primeros tiempos de la Iglesia Cristiana, era practicada principalmente por los Padres del Desierto. Además, al ser un tipo de oración tan sencilla y sobria, se adapta fácilmente a nuestra cotidianidad actual.

La manducación consiste en repetir un versículo bíblico con el propósito, no solo de memorizar la Palabra, sino también de "comerla", es decir, de saborearla, deleitarse en ella, absorberla y alimentarse de sus nutrientes espirituales.

No en vano San Juan Crisóstomo decía “no os contentéis con mirar esas palabras adorables. Es menester alimentarse de ellas, asimilarlas: la verdadera causa de nuestros males es la ignorancia de la Palabra de Dios”.  

Por eso, cada mañana podemos escoger un versículo que podamos manducar el resto del día, pues  la Palabra viva de Dios nos sana y transforma interiormente; puedes tomarlo de la liturgia del día o buscar uno relacionado con tus circunstancias actuales: una prueba, para aplacar la ira y calmarse, o simplemente para dar gracias a Dios. “¡Que la palabra de Cristo habite en ustedes con toda su riqueza!” (Colosenses 3:16).


Publicado por verdenaranja @ 12:31  | Espiritualidad
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Por gentileza de Aliette ESPIEUX. Association Hozana | Alternante en Webmarketing & Communication

 

¡Que la alegría del Domingo de Pascua dure una semana  entera!

 

¿Quién alguna vez no ha deseado que la fiesta continúe un poco más, o que el domingo dure una semana entera? Pues bien, en Semana Santa, ¡esto es posible!

Sin duda alguna, la resurrección de Cristo constituye la verdadera fuente de la alegría cristiana, por lo tanto, resulta difícil celebrar un suceso de tan gran magnitud y expresar la alegría que nos causa en un solo día, o incluso en dos, si incluimos el lunes de Pascua. Por esto, ¡la octava de Pascua nos invita a prolongar la fiesta durante 8 días!, es decir, desde el Domingo de Pascua hasta el Domingo de la Divina Misericordia.

De este modo, el tiempo se detiene durante una semana para permitirnos saborear plenamente este gran misterio de la fe cristiana, y deleitarnos en la victoria de Cristo sobre la muerte.

Tengamos presente que, en un mundo en el que todo va tan deprisa, resulta de gran provecho tomar un tiempo para dejar que la alegría de la Pascua penetre en nuestras vidas, por eso ¡te invitamos a celebrar con mucho gozo la fiesta de la Pascua!:

- ¿Qué tal si vamos a misa al menos una vez durante este periodo para volver a descubrir las oraciones del día de Pascua?

- ¿O qué te parece si durante esta semana llevamos una prenda o accesorio de color blanco cada día, no solo para recordar nuestro bautismo, sino también para mostrar nuestro apoyo a los nuevos bautizados en la vigilia pascual?

¿Sabías que, en la Edad Media las personas tenían una semana libre y algunos fieles la aprovechaban para ir a peregrinar? Pues bien, aunque en la actualidad no dispongamos de una semana completa para disfrutar la Pascua, esto no impide poder aprovechar el lunes de Pascua para hacer una pequeña peregrinación cerca de nuestra casa, o simplemente para meditar sobre el tema de la Resurrección mientras caminamos, ¡de este modo prologaremos la alegría de la pascua un poco más!


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Viernes, 06 de mayo de 2022

Reflexión a las lecturas del domingo cuarto de Pascua C ofrecida  por el sacerdote Don Juan Manuel Pérez Piñero bajo el epígrafe "ECOS DEL DÍA DEL SEÑOR"

Domingo 4º de Pascua C

 

Una de las imágenes más hermosas y atrayentes de Jesucristo es la que nos lo presenta como Buen Pastor. Es lo que sucede cada año el cuarto domingo de Pascua.

En el Tiempo Pascual esta imagen adquiere un relieve especial porque nos presenta a Jesús como el Pastor Bueno que ha entregado su vida por las ovejas y ha resucitado. Este domingo la Liturgia de la Iglesia proclama: “¡Ha resucitado el Buen Pastor que dio la vida por sus ovejas y se dignó morir por su grey. Aleluya!”

En el texto breve del Evangelio, Jesucristo nos presenta un resumen de su condición de Pastor: “Mis ovejas escuchan mi voz, y yo las conozco y ellas me siguen, y yo les doy la vida eterna; no perecerán para siempre y nadie las arrebatará de mi mano…” ¡Qué hermoso!

De este modo, encontramos nuestra seguridad en Él. No es vana aquella confianza de la que nos habla S. Pablo: “Bien sé de quién me he fiado” (2Tim 1, 12).

Se nos invita, por tanto, este domingo a reflexionar y a orar saboreando lo que proclamamos en el salmo responsorial: “Somos su pueblo y ovejas de su rebaño”.

Y esto hemos de llevarlo a la práctica siendo ovejas buenas de tal Señor, porque le escuchamos, le seguimos y le damos a conocer.

La segunda lectura nos enseña que el Buen Pastor está en el cielo donde atiende con amor, ternura y eficacia infinitas, a los que han llegado de “la gran tribulación” y “están ante el trono de Dios dándole culto día y noche en su templo”. Y ya sabemos que, al mismo tiempo, quiere también continuar siendo el Buen Pastor de su pueblo peregrino en la tierra. Esto se realiza a través de su cuerpo, que es la Iglesia, en el que hay “diversidad de ministerios y unidad de misión” (Ap. Act., 2). Y todos tenemos que ayudarle a realizar esa tarea según la vocación de cada uno.

A todo ello puede ayudarnos la celebración de la Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones que se ha unido, desde hace más de 50 años, a este domingo IV de Pascua.

¡Qué necesidad tenemos de que aumenten las vocaciones en nuestras Iglesias de antigua tradición cristiana! ¡Somos tan pocos para tantas necesidades! ¡Oración y acción es la respuesta! ¡Don y tarea que decimos siempre!

Ante todo, la oración, porque la llamada viene de Dios, y la respuesta se apoya en Él y en su gracia. Pero hace falta también la acción. Solemos decir que Dios no tiene un teléfono u otros medios materiales para hacer llegar sus llamadas en directo, a cada uno sino que cuenta con las mediaciones humanas. Y cuantas más sean las mediaciones humanas más serán las llamadas, las vocaciones, que eso significan. Por tanto, ¡el que haya más o menos vocaciones también depende de nosotros!

Pero, por otro lado, hay muchos países donde hay muchas vocaciones. ¡Son los países de misión! Desde hace unos años la Jornada de las Vocaciones Nativas se ha unido a la Jornada de Oración por las Vocaciones. Esta Institución Pontificia se llama la “Obra de S. Pedro”, que nació como ayuda a los jóvenes de los países de misión que querían ser sacerdotes, y hace poco tiempo que se ha ampliado a las mujeres, que tengan también la ilusión de consagrarse al Señor. El Papa San Juan Pablo II pedía que no se perdiera ninguna vocación “por falta de recursos económicos”. De ahí la colecta que se hace este día para esa finalidad en nuestras parroquias y demás comunidades cristianas.

Es impresionante, por tanto, el panorama que se nos ofrece este domingo: ¡Por un lado, la falta, a veces alarmante, de vocaciones! ¡Por otro, abundancia de vocaciones, pero con dificultades para llevarlas a término!

En resumen, ¡felicitémonos porque Cristo es nuestro Pastor y porque ha puesto en nuestras manos tanta responsabilidad!

                                                                                                                                          ¡FELIZ DÍA DEL SEÑOR!


Publicado por verdenaranja @ 11:17  | Espiritualidad
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