Viernes, 03 de junio de 2022

Reflexión a las lecturas del domingo de Pentecostés C ofrecida por el sacerdote Don Juan Manuel Pérez Piñero bajo el epígrafe "ECOS DEL DÍA DEL SEÑOR".

Domingo de Pentecostés C

 

¡Por fin, hemos llegado al día de Pentecostés! ¡Cuántas gracias debemos dar al Señor que nos ha concedido la gracia incomparable de celebrar, un año más, estos cincuenta días de alegría y de fiesta que constituyen el Tiempo de Pascual, y que culminan con esta gran solemnidad!

Hay una pregunta en el antiguo Catecismo que dice: ¿Qué celebramos el Domingo de Pentecostés? Y contesta: “Que Jesucristo ha enviado sobre los apóstoles el Espíritu Santo y que continúa enviándolo sobre nosotros”.

¡Qué importante y luminosa es esta respuesta! Porque no se trata sólo de un acontecimiento del pasado, que de, algún modo, se hace presente en la Liturgia de la Iglesia, sino que, además, se trata de un acontecimiento, que se está realizando siempre en la vida del pueblo de Dios: Jesucristo sigue enviando su Espíritu sobre nosotros, sobre cada uno de nosotros, especialmente, en el sacramento de la Confirmación que es como “nuestro pentecostés”.

Y es lógico que comencemos preguntándonos: ¿Y quién es el Espíritu Santo? Y nos responde el Credo: “Creo en el Espíritu Santo, Señor y dador de vida, que procede del Padre y del Hijo, que con el Padre y el Hijo recibe una misma adoración y gloria, y que habló por los profetas”.

La primera lectura de hoy nos presenta la Venida del Espíritu del Señor sobre los apóstoles. ¡Qué hermoso y espectacular resulta todo! ¡Cómo los transforma y los capacita para la misión!

Pero los apóstoles no sólo recibieron el Espíritu Santo sino también la misión de darlo a todos los cristianos. ¡Y cuánto interés mostraban en que lo recibieran todos! El libro de los Hechos de los Apóstoles nos presenta algunas ocasiones en que esto sucede.

La segunda lectura nos recuerda que, sin el Espíritu Santo no podemos hacer ni decir nada, ni siquiera lo más elemental: que Jesús es el Señor, el Hijo de Dios.

Y en realidad, ¿qué es un ser humano sin espíritu? Un muerto, un cadáver. Y decimos expiró, es decir, exhaló el espíritu. ¡Sin espíritu, por tanto, no hay vida, no hay nada! Pues eso sucede al que no recibe el Espíritu Santo: Que es un cadáver en el ser y en el hacer cristianos. Por eso, en el sacramento del Bautismo se recibe ya, de un modo inicial, el Espíritu Paráclito, y, en plenitud, en la Confirmación.

El Evangelio de hoy nos presenta cómo Jesús, el mismo día de la Resurrección, al atardecer, infunde en los apóstoles el Espíritu Santo. ¡Jesús Resucitado se convierte en el dador del Espíritu, que es el don, el fruto, más importante de la Pascua!

Lástima que tantos cristianos estén como aquellos de Éfeso, que no sabían ni siquiera que había un Espíritu Santo; pero tuvieron la dicha de que Pablo se los explicara y lo hiciera bajar sobre ellos (Hch 19, 1-7).

Uno de los síntomas del desconcierto actual en la vida cristiana, es la cantidad de jóvenes y adultos que dejan de confirmarse. ¡Y les parece que no tiene importancia, que no pasa nada! Pero el asunto es grave, entre otras cosas porque se trata de uno de los tres sacramentos de Iniciación Cristiana, es decir, de los que hacen o construyen un cristiano. ¡Por eso, el que no se confirma no puede sentirse cristiano del todo! ¡Es como una casa a medio hacer! Ya decía San Pablo: “El que no tiene el Espíritu de Cristo no es de Cristo” (Rom 8, 9).

¡Qué importante es, por tanto, que contemos con el Espíritu del Señor! ¡Que lo invoquemos y acojamos con frecuencia en nuestro acontecer cristiano! De modo personal y en grupo como hace la Acción Católica.                    

¡ECOS DEL DÍA DEL SEÑOR!


Publicado por verdenaranja @ 11:41  | Espiritualidad
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